En la rebelión contra la naturaleza llegamos al segundo arrojo, que parecía dejarnos frente a una disyuntiva —madurar, o aceptar la disolución del Yo—. La automatización retira la supervivencia como principio organizador; deja a la criatura frente a la finitud, sin la tarea antigua que ocupaba sus días. Pero, ¿y si la maduración se aplaza al hacer regresar la supervivencia?
Regresa con un rostro diferente, el de la necesidad producida por el mismo orden que comenzaba a resolverla. El sistema técnico que reduce el trabajo necesario, multiplica los recursos, el mismo que promete administrar la enfermedad, interviene el medio hasta deteriorar las condiciones que permitían habitarlo. Cuando la automatización se acerca a retirar la primera coartada, la crisis planetaria la devuelve bajo una forma renovada.
La humanidad queda cerca de preguntarse qué hacer una vez resuelta la supervivencia; antes de responder, se encuentra otra vez obligada a sobrevivir; el segundo arrojo encuentra así un contramovimiento.
Esto no debe entenderse como conspiración; ninguna lo explica. Nadie se reúne para decidir la destrucción del planeta con el propósito oculto de escapar del abismo. Ocurre mediante decisiones parciales y responsabilidades desplazadas; renuncias de costo siempre excesivo en el presente. Cada agente reconoce una parte del problema; atribuye al conjunto la capacidad de resolverlo, y así el resultado se orienta sin que exista, en ningún momento, una voluntad unificada.
Y, sin embargo, podríamos hablar, con cautela, de una intencionalidad inconsciente, pues existe una dirección defensiva, previa a cualquier deliberación, que responde al temor de perder la supervivencia como coartada. Nada de psique secreta hay en la civilización —lo defensivo describe la convergencia de innumerables evasiones individuales e institucionales, que terminan produciendo una función común. Se trata de intención sin sujeto que la sostenga. La civilización sabe, aunque ese saber no se traslada a la acción definitiva.
Las señales, con todo, sobran: se acumulan, los modelos anticipan escenarios, las temperaturas se registran, las catástrofes se frecuentan. El conocimiento existe; distancia aún lo separa de la forma de vida que tendría que modificarse a partir de él. Se sabe como se sabe cuanto amenaza un hábito —manteniéndolo a suficiente distancia para continuar.
El fumador que tose y evita al médico sospecha el daño; incluso alcanza a describirlo. El diagnóstico convertiría la sospecha en obligación. Antes de recibirlo, conserva su margen de ambigüedad, el hábito todavía repetible. Su deseo consciente apunta a otra parte; teme, en cambio, la transformación impostergable que el conocimiento impondría. Prefiere el daño incierto a la decisión cierta.
Así es también la inercia: le sobra el desconocimiento. Alcanza una comprensión extensa de lo que la destruye; permanece, aun así, inmóvil; consiste en impedir que el saber se metabolice en dirección. La tos, sin diagnóstico, es advertencia y permiso a la vez.
La crisis climática funciona de manera semejante: cada nuevo umbral anuncia la necesidad de una transformación; cada aplazamiento conserva la forma de habitar que lo produjo. La humanidad elige, una y otra vez, conservar lo que la destruye —nunca su destrucción como finalidad. La diferencia alcanza para absolver cada acto por separado; desaparece, sin embargo, al contemplar el movimiento completo. La omisión, repetida, se hace dirección.
En La inercia llamé sujeto inercial-superviviente a quien ha convertido la supervivencia en cosmovisión. Su precariedad rara vez resulta inmediata; organiza la existencia alrededor de una seguridad que nunca termina de llegar. Siempre falta ahorrar algo más, reducir otro riesgo, alcanzar una garantía adicional. La meta se aplaza porque su llegada retiraría el motivo del movimiento —si la supervivencia quedara resuelta, tendría que decidir.
La civilización técnica ha acumulado recursos y capacidades con el propósito declarado de liberar al humano de la necesidad; organiza, sin embargo, cada aumento de potencia alrededor de una nueva amenaza que exige continuar. La automatización promete retirar el trabajo; la inestabilidad climática abre tareas de adaptación. El tiempo liberado termina, otra vez, en la reparación del medio que la misma productividad contribuyó a deteriorar.
Así, la segunda rebelión provoca el daño; el daño hace indispensable a la segunda rebelión.
Esa misma rebelión intentó corregir la indiferencia de la naturaleza: la incertidumbre resultaba intolerable para la consciencia. Intervino el cuerpo, la enfermedad, la reproducción, el ambiente, esperando reducir el azar. Las correcciones abrieron otra inestabilidad; fueron exigiendo intervenciones adicionales. Al descubrir que el abismo permanece, la rebelión acepta el límite de su control, o lo intensifica.
Madurar, en cambio, exigiría admitir que ninguna técnica, por abundante que sea, responderá la pregunta que la originó, pero la inercia elige intensificar.
El deterioro climático justifica esa intensificación más allá de la comodidad. La tecnología, después de prometer solo bienestar, se presenta como condición de supervivencia; sistemas imprescindibles conforme el medio pierde su hospitalidad. La tecno-naturaleza ya no necesita atraer, ahora basta con que mantenga respirables sus interiores.
Lo que permanecía como fondo —la atmósfera, la temperatura, los ciclos del agua— se convierten en infraestructura; la Tierra empieza a adquirir la arquitectura existencial de un planeta extraño. En vez de viajar a Marte, el ser humano reproduce en su propio planeta la necesidad de vivir dentro de una cápsula marciana.
Lo destruido se sustituye por sistemas que exigen mantenimiento y el mantenimmiento perpetuo sella la sustitución.
Así se consolida el bucle. La tecno-naturaleza produce las condiciones que después justifican su necesidad; detenerla parece imposible, las vidas dependen ya de las correcciones que administra. Cada solución parcial, imprescindible; el conjunto, sin decidir. El sistema hereda la inocencia operativa que antes pertenecía a la naturaleza, aunque con una diferencia —conoce las consecuencias y, aun así, no tiene una instancia capaz de metabolizarlas.
La supervivencia queda restituida como coartada.
En el primer arrojo, la naturaleza la imponía. Bajo esta posibilidad se presenta como consecuencia de una forma histórica que fracasó en abandonarla. La criatura, a punto de quedar libre para decidir, emplea su potencia en reconstruir las condiciones que su propia marcha hizo precarias.
Esto modifica la bifurcación propuesta antes. La tecno-naturaleza lograba desactivar al Yo eliminando la angustia; predecia el deseo, intervenia el dolor, aplazaba la vejez, construia un organismo satisfecho que continuara sin experimentarse como finito. Quedaba abierta una objeción —¿y si la angustia persiste?, ¿y si ninguna predicción o placer logra apagar del todo la consciencia de insuficiencia? A esas preguntas, la emergencia ofrece otro procedimiento. Si la angustia se resiste a la supresión, halla en la ocupación su segundo cauce.
Una consciencia así, absorbida por la supervivencia, diluye el tiempo y la distancia necesarios para metabolizarla. Atareada la satisfacción resulta secundaria. La crisis proporciona tareas y el horizonte de algo mejor, de una sistema cada vez más estable. Frente a una temperatura que aumenta, la pregunta ontológica parece un lujo. La angustia sin objeto encuentra uno.
El problema es que las condiciones de distribución actuales no tienen porque cambiar. La tecno-naturaleza distribuiría dos regímenes amplios y complementarios, según la posición que cada sujeto ocupa dentro de sus esferas materiales.
El primero de esos regímenes protege: los estratos con los recursos suficientes habitarán interiores protegidos donde la supervivencia habrá sido prácticamente resuelta. La temperatura, regulada; el aire, filtrado; el alimento, producido en circuitos controlados; la enfermedad, anticipada; el deseo, administrado por sistemas capaces de aprenderlo antes de que llegue a expresarse. La consciencia de finitud perderá relieve, en ellos, bajo esa saturación de bienestar —el organismo persistirá mientras el Yo se desvanece, poco a poco, detrás de la comodidad de nunca preguntarse.
El segundo, en cambio, expone a los que queden fuera de esos interiores; la crisis climática les devolverá la supervivencia como forma de vida. El tiempo que la automatización prometía liberar se irá en la búsqueda de necesidades basicas y la constante adaptación; vivirían en el constante mantenimiento de infraestructuras cada vez más frágiles. Ningún sedante hará falta —la urgencia ocupará, por sí sola, la región donde podría abrirse la pregunta. En los primeros, la abundancia cubre el abismo. En los segundos, lo cubre la necesidad.
Los primeros perderán el Yo bajo una esfera que anticipa cada deseo; los segundos conservarán la herida de la finitud, aunque sin la distancia necesaria para metabolizarla. La intemperie física los deja expuestos, jamás intemperiantes: los reduce a una reacción continua, obligándolos a consumir la vida en el esfuerzo de mantenerla.
De ahí que la desigualdad adquiera una profundidad ontológica. Los privilegiados comprarán distancia respecto de las consecuencias materiales, y con ella una prolongación confortable; quienes queden fuera de sus interiores perderán el presente resolviendo las condiciones mínimas de su continuidad. Unos comprarán futuro. Los otros gastarán su duración sobreviviendo.
Las burbujas protegidas necesitarán trabajadores que reparen y abastezcan sus sistemas; la población expuesta dependerá de esas mismas infraestructuras para resistir las condiciones que el orden técnico contribuyó a producir; ambos regímenes se sostendrán mutuamente. La tecno-naturaleza ofrecerá protección a cambio de subordinación, y justificará su expansión mediante la vulnerabilidad que administra.
Con todo, excepciones cruzan ambos extremos: la riqueza podría conservar el Yo y la precariedad aún podría decidir. En ambos, llegan a darse criaturas capaces de advertir el mecanismo. Hablamos, más bien, de las orientaciones que las condiciones favorecen: la saturación dificulta sentir el abismo, la supervivencia dificulta habitarlo. Una lo seda; la otra secuestra su tiempo.
Así, el segundo arrojo queda suspendido en ambos extremos. A quien podría liberarse de la supervivencia, se le retira la angustia; a quien todavía logra sentirla, se le devuelve la supervivencia. El primero es sedado antes de decidir; el segundo, simplemente, demasiado ocupado para hacerlo. Aunque basta, en el fondo, con dividir a la humanidad entre organismos protegidos que dejaron atrás la pregunta, y organismos expuestos que perdieron el tiempo para hacerla.
Entre estos últimos, la evasión reparte sus condiciones de forma desigual. Los que queden expuestos a temperaturas inhabitables reciben la supervivencia como coartada impuesta, jamás como uso libre de ella, porque la esfera dominante desplaza hacia él el costo físico de conservar su propia orientación. Convertir así la catástrofe ajena en un problema técnico propio: ese es el privilegio.
De ahí que tampoco se derive, sin embargo, un rechazo de la intervención, pues el daño ya producido exige respuestas; renunciar a ellas en nombre de una pureza natural abandonaría a quienes reciben sus consecuencias. La técnica protege la vida mientras transforma las condiciones que originaron el deterioro, o preserva la misma forma de habitar mediante una administración indefinida de sus efectos; la diferencia esta en la orientación. Mientras la primera acepta el límite, la segunda construye un mundo que nunca necesite aceptarlo.
Aun así, la crisis climática hace visible la dependencia de la criatura al revelar los bordes materiales de su esfera, demostrando que ninguna inteligencia la sitúa fuera de la naturaleza. Todavía podría abrir la maduración. Para que esto ocurra, el conocimiento tendría que dejar de ser mera información. Saber tendría que convertirse en decisión.
Hasta que esto ocurra, cada catástrofe producirá más gestión que transformación. La humanidad actuará como el fumador que instala un sistema para filtrar el aire de la habitación, compra medicamentos contra la tos, aprende a medir su oxigenación sin apagar el cigarro. Habrá sabido, en todo momento, de su enfermedad. Habrá construido, en cambio, una vida alrededor de administrarla.
Así también el segundo arrojo deja de conducir, únicamente, hacia la maduración o la disolución. Entre ambas se abre una demora que puede prolongarse indefinidamente —la emergencia perpetua: una civilización siempre demasiado amenazada para decidir, y a la vez suficientemente protegida para seguir igual. La supervivencia fue, para nosotros, la primera coartada.
La tecno-naturaleza amenaza con convertirla en la última.