La intemperie I

Capítulo I: El invernadero humano.

Su casa es su mundo, cruzada la puerta de calle desaparece el exterior que es un rumor y una amenaza temible. Lo mismo que su religión o su templo. El mundo ordenado, sin incertidumbre. Afuera el calor, el frío, el desconocido.

I. Esferas

Esferas, las llama Sloterdijk; mundos, les dice el habla común. “Ese es su mundo”, se dice de alguien que pasó de realizar una actividad a vivir plenamente dentro de ella. La permanencia en una actividad cristaliza la rutina; la rutina se describe como un tipo de vida; esos tipos de vida se nombran como el mundo de los individuos.

Para Sloterdijk, las esferas van más allá de ese mundo del habla común; representan una forma de habitabilidad. Abarcan también lo invisible: la atmósfera que hace que una vida parezca natural desde dentro.

Hay códigos que se siguen, afectos que justifican, símbolos que guían, reglas prácticas e implícitas; hay miedos y promesas. Las esferas ofrecen formas de respiro y formas de temer la salida.

El ser humano nunca ha habitado la naturaleza desnuda; Sloterdijk asegura que la vida es inviable fuera de las esferas. Necesita refugios afectivos y simbólicos para no quedar completamente expuesto al frío cósmico.

La esfera es un interior inmunológico: un invernadero que protege. La esfera es toda forma de interioridad habitable.*

Burbuja, globo y espuma

La morfología de las esferas se despliega en la burbuja, microsfera íntima: la estructura de acoplamiento paradigmáticamente bipolar, desde la relación prenatal hasta la pareja; una inmunidad común levantada entre quienes se incorporan recíprocamente en su orientación. El globo, la esfera que pretende envolver las burbujas en su totalidad —el imperio, la nación—, una macrosfera que además de cobijar organiza lo que sus habitantes reconocen como mundo. La espuma, la coexistencia de múltiples interiores adyacentes: burbujas cercanas y separadas a la vez, cada una sostenida por las membranas y condiciones que comparte con las demás; se presionan y dependen unas de otras sin fundirse en un único interior.

La escala de cada morfología participa en su distinción: la burbuja es una microsfera; el globo, una macrosfera. La cantidad de integrantes, sin embargo, no basta para definirlas. De dos desconocidos dentro de un elevador no emerge una burbuja por el simple hecho de encontrarse próximos, de la misma forma que una multitud reunida en un estadio tampoco levanta un globo por ser numerosa. La burbuja emerge donde la proximidad despliega un interior íntimo; el globo, al quedar una multiplicidad de interiores organizada bajo una representación que pretende contener el mundo; la espuma, si numerosos interiores comparten límites y condiciones de existencia sin abandonar su diferencia.

Se ignoran los habitantes de una ciudad y, aun así, participan de una misma espuma urbana —las mismas calles, las mismas redes eléctricas, la misma contaminación; modifican, sin saberlo, las condiciones de vida de quienes nunca encontrarán. Más que un mundo íntimo, comparten las membranas que mantienen sus mundos próximos. La espuma comparte paredes, no necesariamente una atmósfera afectiva común.

La espuma, además, no siempre se encuentra contenida dentro de un globo, aunque ambas morfologías se superpongan. Un globo mantiene bajo un mismo horizonte a una multiplicidad interna de burbujas; la espuma se configura, asimismo, cuando el globo pierde presión y deja tras de sí numerosos interiores que continúan coexistiendo sin una imagen total que los reuna.

La desarticulación gradual del cosmos cristiano medieval en Occidente ofrece un ejemplo. Dios ocupaba el centro; la creación proporcionaba la forma del todo; la Iglesia administraba su lectura. El campesino, el monarca, el sacerdote y el artesano habitaban posiciones distintas, si bien todos eran situados dentro de la misma representación del mundo.

La pérdida de presión de ese globo dejó una espuma todavía cargada de pretensión globular. Imperios, naciones, ideologías y sistemas económicos intentaron levantar nuevas totalidades dentro de la pluralidad resultante. Ninguno recuperó de manera definitiva el monopolio del horizonte anterior; coexistieron y se enfrentaron. El neoliberalismo representa uno de esos intentos. Es el globo que pretende convertir el mercado en un paradigma que atraviese la totalidad de la vida.

La génesis del interior

Ahora, toda esfera se habita desde un cuerpo. La criatura recibe una organización viviente heredada, previa a cualquier elección, desde la cual algo de lo real se le manifiesta. Las esferas, en cambio, son interiores relacionales que se forman mediante el acoplamiento y, en la vida humana, mediante símbolos, prácticas, instituciones y técnicas. Incluso cuando anteceden a una vida individual y son recibidas como naturales, guardan una génesis.

Algunas esferas son diseñadas; otras emergen antes de que sus habitantes adviertan su forma. Las esfera guarda una morfogénesis; rara vez necesita un constructor. Una pareja genera una burbuja sin planificar cada uno de sus códigos, así como las familias transmiten una atmósfera que ninguno de sus integrantes recuerda. Las naciones heredan símbolos e instituciones instaurados por generaciones anteriores. La esfera admite ser instituida, impuesta, heredada o formada mediante la coanimación de sus habitantes. En todos los casos, continúa a través de las prácticas que la sostienen y termina por presentarse, desde dentro, como una forma natural de habitabilidad.

La esfera conserva un carácter contingente, aun cuando la repetición la haya sedimentado como natural; la morfogénesis implica la posibilidad de su descompresión. Reconocer su procedencia inaugura la reversión: la razón descubre la contingencia de la forma y la voluntad decide interrumpir las prácticas que continúan reproduciéndose en el sujeto.

Sin embargo, la advertencia racional es insuficiente para transformar a una esfera sedimentada, necesitará nuevas prácticas. La lucidez de uno de sus habitantes, por sí sola, no descomprime una institución o un globo entero, pero desabsolutiza su dominio hasta modificar su existencia colectiva. El sujeto habrá de intervenir sobre las relaciones, las prácticas y las condiciones materiales que sostienen su continuidad. La reversión mantiene, por ello, una escala subjetiva y otra relacional.

La reversión reconfigura la percepción del sujeto y, con ello, sus respuestas. El cuerpo, implicado en ese proceso, es entrenado, fatigado, disciplinado y también enfermado por las esferas, que modifican sus umbrales. La distinción cuerpo-esfera separa, así, la organización viviente que no producimos desde cero de los interiores relacionales e históricos con los cuales aprendemos a habitarla.

Burbuja, globo y espuma nombran las morfologías de esos interiores. El cuerpo es la organización viviente desde donde las esferas se forman y sobre el que intervienen, modificando su estar en el mundo que, a su vez, despliega su Umwelt singular.*

¿Y la cultura? Es el proceso mediante el cual las formas humanas de habitabilidad se forman, conservan, transmiten y transforman. Proporciona códigos a la intimidad, memoria a los grupos, diferencias a la espuma, horizontes a los globos. Participa en la morfogénesis de las esferas en todas sus escalas. El globo surge cuando una de sus atmósferas se dilata hasta pretender constituirse en la atmósfera envolvente del mundo.

La esfera, además, guarda una procedencia que desborda la historia que se sedimenta en ella. Las diversas formas históricas fueron producidas por criaturas concretas, corporalmente constituidas: sus disposiciones afectivas, cognitivas y perceptivas participaron en la forma derivada de esos encuentros. Relaciones repetidas devienen en costumbre y las costumbres se legitiman; las formas de protección sobreviven a las criaturas que inicialmente la necesitaron. Para descomprimir una, entonces, habrá que perseguir su morfogénesis hasta los cuerpos que participaron en gestarla.

El horizonte invisible

La pareja forma una burbuja; un edificio donde conviven distintos hogares toma la forma de espuma. La nación constituye un globo al entregar a sus habitantes una historia, pertenencia capaz de situarlos dentro de una representación común del mundo.

La rutina es la repetición por la cual una esfera se sedimenta. Lúcida cuando quien la sostiene observa los bordes del interior que genera; obediente si la repetición estrecha la percepción hasta impedirle advertir que vive dentro de una forma construida.

La esfera delimita un horizonte y este cumple una función distinta en cada morfología. Para la pareja, se concentra en la intimidad compartida: los gestos del otro forman parte del espacio donde cada uno aprende a orientarse; el sonido con el que llega, los silencios que anuncian una molestia. Quien entra desde fuera desconoce todavía esos códigos; los que viven dentro apenas necesitan explicarlos.

Los habitantes de un edificio conservan atmósferas distintas mientras comparten el mismo inmueble. La pared que aísla es también la pared que comunica. En la espuma no hace falta un horizonte único.

Los vecinos de un edificio se ignoran, se rechazan y, aun así, dependen de la misma escalera. Cohabitar difiere de vivir en armonía. También el conflicto y la indiferencia son formas de proximidad. Los interiores cohabitan, aun diferenciádose, no dejan de afectarse.

Para los habitantes de un globo, el horizonte actúa como un código común que ordena la realidad y hace legibles sus posiciones dentro de ella. Su pretensión de totalidad reside en esa vocación envolvente: antes que determinar puntualmente cada acto, busca posicionarlo todo en su interior.

Algunos globos históricos no les bastó con contener la vida bajo un horizonte común; aspiraron a administrar cada uno de sus actos; radicalizaron la pretensión de totalidad. El globo contemporáneo continúa por esa vía, buscando prescribir toda conducta y modulando el campo de posibilidades dentro del cual la conducta se despliega.

Alguien habita la burbuja de su pareja; forma parte de la espuma del edificio; se reconoce dentro del globo de una nación y habita, simultáneamente, el horizonte globular de una religión que sitúa su vida dentro de la creación divina. Una misma vida participa de todas esas morfologías. Sale de un interior para entrar en otro sin abandonar necesariamente los anteriores. Las esferas se superponen, se contienen, se atraviesan.

El temblor de la membrana

El horizonte, casi siempre invisible, tiembla si deja de funcionar o alguien intenta atravesarlo: la pareja advierte sus códigos en cuanto un gesto deja de significar lo mismo para ambos; los habitantes del edificio piensan en las tuberías al interrumpirse el flujo del agua y reconocen el régimen de propiedad cuando alguien intenta desalojarlos.

Las esferas desarrollan formas de amortiguar ese temblor. El globo conserva su presión repitiendo los relatos que ocultan sus bordes; la burbuja sostiene la imagen idealizada del amado para impedir que sus contradicciones revelen la fragilidad del interior compartido.

El temblor revela la membrana de la esfera. Una vez visible, esta se desgarra, se cierra de nuevo o se conserva como decisión consciente de la intemperie. Aprender a escuchar ese temblor sin apresurarse a silenciarlo: en eso consiste, en parte, la apuesta de este libro.

Mientras funciona, el horizonte desaparece detrás de lo que ofrece. Su eficacia consiste en presentarse como la forma natural del mundo.

Cabe habitar ciertas esferas durante toda una existencia; la premisa intemperiante es preservar la noción de un afuera respecto de ellas. Las esferas protegen, el problema es dejar de reconocer su formación; ignorando el interior como tal, el cobijo dicta los límites de lo posible. La protección captura al olvidar su contingencia: el invernadero se transforma en jaula; la esfera, en mundo.

La membrana abierta

Acepto el diagnóstico: el ser humano necesita esferas. Aunque me resisto a su consumación en jaula. Después de ver el cobijo, quiero ver el reverso: la intemperie.

¿Es posible habitar una esfera consciente de la intemperie?

Solo mediado, lo real deviene habitable y cognoscible para nosotros: queda claro. Dentro de los límites de nuestras mediaciones todavía se abre una forma de exploración. Esta no se reduce a una colección de vivencias: la forma misma de exploración resiste congelarse en una sola esfera. Esa resistencia es lo que busco.

Desarrollar una protección que no dependa del cierre, que la membrana de la esfera sea flexible, expansiva y que, en esa expansión, se observe a las esferas.

La esfera protege porque envuelve.

Yo quiero protegerme aprendiendo a exponerme sin romperme.

Sin romper toda protección y sin convertir la vulnerabilidad en espectáculo. Habitar una esfera que aún regule lo que entra y que siga reconociendo cuánto soportar antes de desgarrarse. Una esfera que no necesite ocultar sus bordes; que no pretenda hacerlos pasar por el final del mundo.

La consciencia de intemperie permite habitar una esfera sabiéndola tal —en última instancia, conociendo su morfogénesis y las prácticas que reproducen su continuidad. Mirar la intemperie es mirar también el afuera que la esfera administra y la procedencia de los límites que mantiene a distancia. Mirar esa procedencia abre la posibilidad de habitar una protección que se sostenga sin clausurarse y que, al advertir sus propios bordes, logre observar otras formas de mundo sin reducirlas inmediatamente a la suya. Es ahí donde la expansión de mundo se hace posible.**

* Cabe concebir el cuerpo, únicamente por vía analógica, como una esfera recibida: una organización primigenia que antecede a la construcción de la criatura y desde la cual lo real cobra relevancia para ella. La analogía se detiene ahí. Ahora, la configuración singular que adquiere su vinculación con el mundo mediante la experiencia y la práctica adoptará la denominación de Umwelt singular, concepto que se presentará en el capítulo II.

** Esta noción de esfera roza el estar-en-el-mundo heideggeriano sin identificarse con él: la diferencia —por qué aquí se pregunta por el cristal que refracta y no por el Ser que se desoculta— se desarrolla en capítulo II, apartado V.

II. La vertical esférica

Las esferas distribuyen posiciones entre sus habitantes al fijar las formas de vida aceptables y proyectar una figura hacia la cual dirigirse. Quien las habita aprende, junto con sus códigos, a reconocer lo elevado y lo degradado, lo que merece admiración y cuanto, por su proximidad, amenaza con envilecerlo.

Las esferas entonces erigen una vertical. Distinguir, para comprenderla, su sustrato material —alimento, aire, temperatura, alguna continuidad en los flujos de los que depende: las condiciones, en suma, de las que la vida y el interior dependen para sostenerse— de la escala valorativa que levanta sobre él; ese suelo excede siempre la decisión de cualquier esfera. La criatura necesita respirar antes de interpretar la respiración; un edificio debe responder a la gravedad antes de representar una visión del mundo.

La norma esférica se erige sobre ese sustrato: designa, más que una regla explícita, el grado de adecuación a partir del cual alguien resulta reconocible como integrante, indicando qué cuerpo, conducta, vínculo, productividad, inteligencia o forma de existencia será recibida como suficientemente normal. Por encima de ella, el ideal —la figura que concentra las promesas del interior y hacia la cual sus habitantes son orientados—; debajo, distintas formas de inferioridad; más abajo todavía, cruzado el umbral de pertenencia, lo abyecto: lo que la esfera deja de reconocer como una variación de sí, una presencia que suele ocultarse y en la sombra se le intenta corregir o se le expulsa.

Ideal, norma, inferioridad y abyección constituyen la escala mediante la cual una esfera distribuye altura.

El horizonte tantálico

El ideal llega a encarnarse en un santo, un héroe, una celebridad, una pareja ejemplar, un empresario; con la misma frecuencia, en una forma abstracta: pureza, éxito, productividad, belleza, estabilidad, autenticidad. La norma diverge, a menudo, del promedio efectivo de los habitantes: una sociedad se encuentra compuesta mayoritariamente por sujetos endeudados y, aun así, presenta la autonomía económica como condición ordinaria de la adultez, o se organiza alrededor de familias desarticuladas conservando una imagen familiar que exige, sin tregua, su propia realización —la norma es, en suma, lo que el interior reclama para su pleno reconocimiento, antes que lo efectivamente realizado por sus habitantes.

El ideal no necesita siquiera ser alcanzable: basta con presentarse lo suficientemente próximo para orientar la conducta y suficientemente lejano para conservar el movimiento, de modo que la esfera promete que cualquiera podría alcanzarlo si observa correctamente sus reglas, y cuando esa promesa fracasa, atribuye el fracaso al habitante y preserva intacta la altura —el santo permanece posible: faltó, apenas, la fe; el millonario sigue representando una recompensa accesible: faltó, apenas, la disciplina; la pareja perfecta conserva su realidad intacta: se la eligió mal, o se la amó de manera insuficiente.

El ideal es un horizonte tantálico: hace caminar a la esfera sin permitirle llegar.

Dentro del globo cristiano, Jesús ocupa esa posición ejemplar: es la figura admirada que distribuye el significado de la bondad, el sacrificio, la pureza y la redención desde arriba. Así, ciertas reconstrucciones históricas capaces de devolverle ambivalencias ordinarias provocan un temblor que excede la discusión biográfica. A la esfera poco importa la posibilidad de que fuera, tal vez, otro hombre: percibe que el punto desde el cual ordenaba su escala comienza a descender hacia la norma.

La encarnación cristiana ya aproxima la divinidad al cuerpo; preserva, con todo, la distancia mediante la ausencia de pecado. El dolor y el miedo se integran en el ideal: confirman su sacrificio. Otros impulsos, en cambio, comprometerían la perfección desde la cual orienta. Humanizar al ideal, así, lo acerca solo en ocasiones; otras veces lo priva de la altura que permitía habitar debajo de él.

Las alturas de la pertenencia

Diversos globos se superponen dentro de su espuma y compiten por orientar una misma vida; responde el mundo contemporáneo a una multiplicidad de ideales en competencia. Desprecia un sujeto el dinero bajo una moral religiosa y, dentro de la esfera económica, se siente inferior por carecer de él, o admira la delgadez corporal, reivindica la aceptación de todos los cuerpos y, ante el suyo propio, experimenta vergüenza. Las escalas coinciden solo parcialmente, y su contradicción atraviesa al habitante, haciendo que ascienda dentro de una esfera y descienda dentro de otra.

La pareja conserva alguna imagen, apenas pronunciada, de lo que debería ser el vínculo. Determinados gestos elevan al amado hacia el ideal que sostuvo el enamoramiento; otros lo aproximan a una inferioridad que el interior intenta corregir. La burbuja también sostiene su propia vertical. La persona amada admite tolerar una falta que, repetida o agravada, la haga descender por debajo de la base afectiva necesaria para continuar reconociéndola como pareja; el temblor sobreviene cuando quien sostenía el ideal revela una forma que la burbuja ignora cómo integrar.

La evaluación misma conserva, con todo, su legitimidad, pues una esfera incapaz de establecer umbrales pierde, también, su capacidad de proteger; el vínculo necesita distinguir el cuidado de la agresión. El problema comienza cuando una distinción funcional se expande hasta ordenar la totalidad de la criatura; cuando el incumplimiento de una norma empieza a determinar cuánto vale su existencia.

Corregido, ridiculizado, compadecido o utilizado como advertencia, el inferior todavía pertenece. El abyecto, en cambio, es arrojado hacia una región donde su sufrimiento deja de interpelar con la misma intensidad: más allá del estrato económico más bajo, el indigente ocupa un lugar que llega a quedar expulsado de la escena perceptiva misma. Se aprende a rodear su cuerpo como parte del mobiliario urbano, interpretando su deterioro como consecuencia natural de una falla propia. Así conserva el globo su promesa: quien se encuentra debajo confirma, sobre todo, lo que le ocurre a quien incumple sus reglas —apenas, de paso, la insuficiencia del sistema. De ahí que la abyección sea la posición que protege al ideal.

Ahora, las configuraciones difieren por cada morfología esférica. La burbuja distribuye altura dentro de la intimidad —el amado ejemplar, la traición intolerable—, el globo instituye escalas que pretenden ordenar poblaciones enteras —ciudadano y extranjero, civilizado y salvaje, creyente y hereje, productivo e inútil— y la espuma aproxima interiores que sostienen ideales contradictorios entre sí, obligando a cada uno a exhibirse frente a los demás: como los comercios dentro de un centro comercial, las esferas se presentan como formas preferibles de habitabilidad y buscan atraer hacia sí la atención.

La orientación de la mejora

Cuando otra esfera se muestra más cerca del ideal dominante, el interior amenazado compensa: quien carece de riqueza declara vacía la vida del rico y reivindica la autenticidad familiar de la suya; el habitante de un país precarizado afirma que la abundancia de otras sociedades ha destruido su comunidad; aquel que encuentra cerrado el ascenso dentro de una escala económica levanta otra donde su carencia se presente como superioridad moral. La compensación conserva, muchas veces, algo de verdad —la riqueza llega a generar aislamiento, y una sociedad precarizada llega a conservar formas intensas de solidaridad—; su función esférica, con todo, comienza cuando esa diferencia se absolutiza para impedir que el interior experimente su propia inferioridad.

Las esferas comparten ideales; se comparan, sobre todo, mediante los valores alternativos que construyen para resistir la escala que las degrada.

La vertical es, así, móvil: la misma cualidad asciende o desciende según el interior que la reciba. La agresividad llega a degradar al sujeto dentro de una esfera pacificada y a elevarlo dentro de un grupo que depende de su capacidad de intimidación; la obediencia adopta, según el caso, la forma de virtud religiosa o competencia laboral —la altura de un rasgo depende, en cualquier caso, enteramente de la esfera que se la concede.

Lo que llamamos mejora depende de esa orientación: las transformaciones mejoran algo únicamente respecto del sustrato que desean conservar, dirigido hacia un ideal. La avenida más amplia mejora la circulación del automóvil; fragmenta, a la vez, el mundo del peatón. Una vivienda automatizada disminuye algunos movimientos al tiempo que aumenta la dependencia técnica; un sistema de vigilancia protege frente a ciertas amenazas a la vez que irrumpe en la intimidad de quienes pretende cobijar; las mejoras contienen habitantes implícitos.

La ingeniería responde a condiciones físicas reales; estas condiciones admiten, con todo, más de una forma: dentro de lo posible selecciona soluciones compatibles con cierta manera de vivir. La llamada ciudad desarrollada antes del automóvil conserva la memoria de cuerpos, animales, accidentes geográficos y velocidades distintas de la planificada para su circulación: los materiales disponibles, el clima, el suelo y las leyes físicas participan en su forma, y también lo hacen el régimen de propiedad, la distribución del trabajo, la expectativa de intimidad y la imagen de futuro que sus habitantes desean construir. La materia restringe; la esfera selecciona; el ideal llama mejora a la selección.

Hacia la base descienden, con el tiempo, las adquisiciones históricas: la electricidad, el automóvil, el teléfono, el acceso digital exceden las necesidades biológicas originarias; una ciudad llega a organizarse, con todo, de tal manera que prescindir de eso sea comprometador para su funcionalidad. Requisito, lo que alguna vez fue ventaja —así lo transforma la esfera al incorporar sus propias invenciones al sustrato de la vida, olvidando después que alguna vez se organizó de otra manera; se olvida que la base también tiene historia.

La intemperie mantiene otros criterios al aguardar una distancia crítica frente a todas las formas, sin volverse por ello indiferencia ni apertura ciega a cualquier irrupción, de modo que una esfera consciente de sí conserva umbrales al distinguir lo que sostiene la vida de lo que la destruye para decidir hacia dónde orientarse. Su madurez reside en recordar que su escala fue producida, que toda altura permanece relativa, incapaz de convertir a una criatura en medida absoluta, y que el ideal mismo mediante el cual se organiza queda siempre abierto a revisión.

La vertical esférica permite comprender cómo los interiores distribuyen posiciones, aunque todavía falta aprender a leer en sus formas la criatura que necesitó distribuirlas: toda escala deja huellas —en la arquitectura y en la ley, en la disposición de una mesa, en los cuerpos que reciben visibilidad y en los que la mirada aprende a omitir—, un trazado que será legible, más adelante, mediante el mundograma.

El mandato convertido en deseo

El ideal de la esfera, una vez sedimentado en el Umwelt singular, pierde, con frecuencia, su apariencia de exigencia exterior, pues el habitante llega a experimentarlo como deseo propio; el ascenso prometido por el interior adquiere la intimidad de una vocación, y la riqueza, la santidad, la belleza, la productividad o el reconocimiento parecen entonces llamadas procedentes de sí —el sujeto cree estar desarrollando lo que verdaderamente es.

Esto deja intactas, con todo, las capacidades adquiridas durante el ascenso: aquel que persigue un ideal esférico llega a aprender, disciplinarse, crear una obra, despliega potencias reales. Por eso la dificultad consiste en distinguir qué parte de ese desarrollo pertenece a sus potencialidades y cuál depende de la mirada que habrá de certificar su superioridad —una potencia sobrevive, muchas veces, a la pérdida del ideal que inicialmente le concedió forma; la obediencia, en cambio, queda desorientada cuando desaparece la escala que prometía recompensarla. La vertical esférica llega a suplantar así la orientación de la criatura.

La función posterior de la limpieza consistirá en distinguir, siempre provisionalmente, entre la presión mediante la cual una potencialidad busca forma y el mandato mediante el cual una esfera reclama continuidad, pues toda voz interior llega ya mezclada, incapaz de resolver por sí sola la diferencia —habrá que observar, en cambio, la recurrencia, la procedencia y las transformaciones que cada orientación provoca.

III. El interior de varios

La familia, el grupo de amigos, el equipo y otras formas colectivas introducen una problemática distinta en la morfogénesis esférica. No son burbujas por el simple hecho de reunir a pocas personas. La espuma tampoco es tal por contener una pluralidad. Entre la intimidad bipolar y la coexistencia de interiores germina la posibilidad de una atmósfera común producida por varios: un interior irreductible a los vínculos particulares que lo atraviesan. Resta interrogar mediante qué fuerza el cobijo se despliega del dos hacia el grupo.

De la biunidad al interior pluripolar

Antes de aprender a contarse como uno, la criatura humana habita una biunidad. Feto y placenta; madre e hijo. Dos polos se abren recíprocamente y producen, en esa misma apertura, el espacio que los contiene. La burbuja encuentra su modelo originario en la díada. El mínimo originario, según Sloterdijk, no es el individuo, es el par.

Eso no significa que la intimidad permanezca sujeta al número dos. La primera burbuja revienta. El tercero, el cuarto y el quinto irrumpen en un interior que ya no logra excluirlos: hermanos, familiares, compañeros, desconocidos; nuevas voces que perturban la biunidad y obligan a la criatura a ingresar en un mundo donde la existencia deja de encontrarse completamente cobijada por un solo acompañante.

Sloterdijk llama campo bipolar al producido entre dos polos y campo pluripolar al que surge cuando la intimidad se distribuye entre varios. En el primero participa un grupo diádico; en el segundo, uno multipolar. Los términos describen la cantidad de polos que intervienen en la producción de un interior y la forma en que su presencia logra coanimarlo.

Un conjunto de individuos no genera, por la mera concurrencia de sus cuerpos, un campo pluripolar. A menudo coinciden dentro de la misma habitación mientras permanecen extraños entre sí. El interior nace tan pronto como surge una atmósfera capaz de alterar a cada participante, tejida de lenguaje compartido, memoria, cuidado mutuo, una regulación implícita de las distancias. Es la certidumbre de que la presencia o ausencia de cualquiera desorganiza algo perteneciente al grupo.

Llamaré interior pluripolar a esa atmósfera común.*

La inteligencia compartida

Al multiplicarse los polos se modifica la estructura misma de la intimidad; no es suficiente con introducir más cuerpos dentro de una burbuja. Cada participante mantiene relaciones particulares con los demás; existen cercanías distintas y ritmos que no se distribuyen uniformemente. El interior de varios se sostiene precisamente al integrar esas diferencias sin exigir que todas sus relaciones adquieran la misma intensidad.

Sloterdijk describe estos interiores como consubjetivos e interinteligentes. Son consubjetivos porque la forma que adquiere cada sujeto depende parcialmente del campo que habita. Nadie es amigo o hermano de manera aislada: esas dimensiones aparecen dentro de una relación que las hace posibles. Son interinteligentes dado que sus integrantes aprenden a leerse y ajustan la propia conducta ante las variaciones de los demás.

La inteligencia del interior se encuentra distribuida.

Sin que ello derive a una comprensión total capaz de transparentar el secreto. Los participantes perseveran en su opacidad. El fenómeno requiere únicamente que ciertas señales adquieran, dentro del vínculo, una legibilidad inaccesible para quien permanece fuera. Como una frase que desata la risa de cinco amigos mientras deja indiferente al desconocido. La atmósfera adquiere sensibilidad ante sus propios movimientos.

El estado de un individuo atraviesa el interior, conmociona a los demás y retorna sobre quien lo produjo. Sloterdijk denomina resonancias esféricas a esa circulación. Una sentimiento como la alegría o los celos, aunque proveniente de uno de los integrantes del grupo hace vibrar el campo común. Una esfera no necesita ser armónica para resonar. El conflicto como la amenaza también coanima.

Las escalas de la intimidad

En seis amigos que se frecuentan durante años, cada par guarda una relación particular. Dos comparten una intimidad mayor; otros se conocen desde antes; algunos sostienen entre sí una tensión que el resto aprende a regular. Existen, por tanto, distintas burbujas diádicas. Sin embargo, cuando se reúnen acontece una atmósfera que no pertenece a ninguna pareja, como ese humor que únicamente funciona dentro del grupo. La llegada de uno modifica el clima tanto como la ausencia, que deja una forma incompleta. Así, el grupo de seis produce un campo pluripolar.

Observado desde otra escala, ese mismo grupo revela una estructura de espuma. Las distintas parejas constituyen células relativamente autónomas que comparten paredes y transmiten sus modificaciones. Una ruptura entre dos altera el comportamiento de los demás; una nueva pareja presiona las relaciones anteriores. Las células no se funden, pero tampoco permanecen separadas.

El campo pluripolar nombra la atmósfera común; la espuma, la estructura diferenciada de los interiores que la componen.

La misma configuración se manifiesta como célula al observarse desde fuera y revela una espuma al recorrer sus relaciones internas. Vista desde la calle, una casa con las luces encendidas a la hora de la cena parece un solo interior. Adentro, cada silla de esa mesa guarda su propia intimidad: la que solo existe entre dos hermanos, la que se siente cuando el padre y el hijo se quedan solos lavando los platos. La esferología adquiere una estructura fractal: una parte reproduce, en otra escala, la complejidad del conjunto.

¿Que pasa en una relación poliamorosa? si A, B y C mantienen vínculos amorosos entre sí, coexisten tres relaciones diádicas: A con B, A con C y B con C. Cada una guarda una memoria y modulación afectiva propios. Si, además, los tres producen acuerdos y rituales que existen únicamente al encontrarse conjuntamente, se despliega un campo íntimo tripolar.

En una relación en V, en cambio, A mantiene vínculos amorosos con B y C mientras B y C no forman pareja. Las dos burbujas comparten un polo y se afectan sin fusionarse, en una configuración inicialmente espumosa. Si los tres forman un hogar y desarrollan una orientación común, se genera además un interior doméstico pluripolar, aun ante la ausencia de reciprocidad erótica entre la totalidad de los miembros.

La diferencia no está en la cantidad o en fusionarse. Tampoco una pareja de dos elimina la opacidad de sus integrantes. La díada resguarda la opacidad propia de cada individuo. La brecha consiste en la capacidad del vínculo: varias burbujas permanecen adyacentes o conciben, en un mismo acto, una atmósfera que envuelve al conjunto.

Evita confundirse la pluralidad de polos con la forma globular. En un interior, múltiples presencias hallan cobijo sin requerir la pretensión de totalidad. El globo surge cuando la pertenencia emplaza bajo su horizonte el campo entero de lo posible.

Tres personas bastan para erigir un globo si las amarra una lógica puramente doctrinal, donde se dicotomiza la alteridad entre quienes pertenecen y quienes quedan excluidos, demandando de cada integrante la lectura íntegra de su existencia a través del credo. Una nación, en contraste, pierde su potencia globular aunque congregue a millones si se encuentra incapaz de proyectar una imagen total contenedora. La morfología, entonces, depende de la pretensión del interior, no de la cantidad.

La ambivalencia de la solidaridad

La fuerza mediante la cual varios llegan a experimentar que pertenecen juntos recibe en Sloterdijk el nombre de solidaridad. Antes que una virtud moral, constituye una transferencia de la coanimación íntima: eso que la pareja experimenta como pertenencia recíproca se extiende hacia familias, comunas, equipos, grupos y pueblos. Los participantes comienzan a sentir que la conservación del interior les concierne y que la alteración de uno repercute sobre los demás.

La solidaridad es la fuerza que convierte la proximidad en implicación.

Sin embargo, la solidaridad sloterdijkiana no debe confundirse con una virtud necesariamente benigna. Nombra, en lugar de la bondad de sus integrantes, la capacidad de producir un interior común. Exige obediencia y nivela lo que sobresale. Una secta, una pandilla o incluso el grupo complaciente que describo en la inercia, también saben cuidar a los suyos — y por eso mismo castigan a quien deja de necesitar de la pertenencia que le brinda, tal como también llega a hacerlo una familia. La cohesión de una esfera no garantiza la libertad de quienes la habitan.

Con la extensión de la intimidad originaria hacia estos campos multipolares, la criatura ingresa en lo que Sloterdijk llama una psicosociosfera ampliada. Aprende a producir cobijos entre varias presencias y a transferir la memoria de la primera biunidad hacia formas más complejas de convivencia. Familia, amistad, escuela y comunidad se convierten en regiones donde la necesidad psíquica de interioridad se articula con una pluralidad social.

El sujeto adulto aprende a habitar muchas burbujas.

Participa de burbujas diádicas, interiores pluripolares, espumas y globos que se entrecruzan y disputan su orientación. Ninguna de esas formas lo contiene por completo, aunque cada una interviene, en grados distintos, en eso que consigue percibir como mundo. La cuestión supera la simple adscripción a un grupo: atañe a las facetas del individuo que emergen en su interior, a cuáles cobran fuerza y cuáles conviene mitigar para mantener el cobijo compartido.

La dosis de intemperie

Ahora, cada nuevo polo porta una diferencia que el campo precedente todavía ignora cómo contener. El tercero altera la distribución de la díada; el hijo introduce un porvenir no decidido en la trama familiar. Al llegar un nuevo integrante este impele al grupo y lo obliga a revisar la atmósfera mediante la cual lograba reconocerse. La esfera atraviesa la disyuntiva de dilatarse alrededor de esa presencia, recluirla en su periferia, expulsarla o endurecer sus normas para blindarse ante la modificación.

Nunca se abandona un interior, la intemperie no es el experimentar el afuera. La intemperie irrumpe en su propio entramado cuando alguno de sus integrantes deja de confirmar la forma común. Desde un deseo inesperado, una discrepancia, la transformación de alguno de sus integrantes, hasta la partida definitiva transparentan la membrana que el hábito mantenía velada. La esfera descubre entonces cuanta intemperie es capaz de incorporar antes de cerrarse o romperse.

La intemperie, más que referirse al exterior, refiere a eso que el interior todavía no sabe contener.

Al determinar la duración e intensidad, la membrana de las esferas regula los flujos que la atraviesan. En los interiores compartidos se distribuye la presión al determinar quién habrá de recibirla, cuánto tendrá que soportar y qué recursos esféricos acudirán a resguardarlo. Se trata de una dosificación de intemperie.

Por consiguiente, denominaré dosis de intemperie a la magnitud, duración y clase de exterioridad que un interior esférico logra acoger antes de clausurarse o fracturarse. Tal dosis expone la membrana a una presión que la compele a responder y, mediante dicha respuesta, modifica su capacidad futura de exposición. Cabe emparentar este proceso con el principio inmunológico de la vacunación: la vacuna introduce el componente amenazante a través de una dosis controlada que adiestra al organismo para reconocerlo y reaccionar ante encuentros posteriores. Las esferas, en tanto sistemas inmunológicos frente a la intemperie, aprenden a soportar determinadas causas de temblor mediante encuentros graduales con lo que compromete su estabilidad.

El temblor advierte que una exterioridad ha alcanzado las formas que sostenían el interior, haciendo perceptibles unos bordes que, mientras permanecían resguardados, podían ignorarse; el temblor consiste así, en la activación de la membrana. Si la presión rebasa los recursos disponibles para acogerla, la esfera queda expuesta a desgarrarse antes de que el sujeto metabolice lo ocurrido. Su ruptura abrupta desorganiza al sujeto, arrojándolo hacia una exposición intolerable o empujándolo a erigir una esfera aún más rígida.

Una esfera desarrollada no equivale por entero a su inmunización. Su flexibilidad, en cambio, sí corresponde a un incremento de su tolerancia al aprender a recibir intemperie; de igual modo, se endurecerse o anestesia al trasladar la presión hacia otro de sus habitantes. En ambos casos parece soportar más, aunque solamente en el primero se ha ampliado su capacidad de intemperie. En ese sentido, la clausura también desarrolla defensas.

Ninguna causa, por tanto, contiene una dosis universal. Su magnitud depende de la profundidad de intemperie que alcance —las regiones del mundo o de que consiga desestabilizar— y de la configuración presente de quien la recibe. Una pérdida capaz de transfigurar a un sujeto puede aniquilar el mundo de otro; la irrupción que hoy desborda una esfera resulta asimilable mañana, cuando su membrana haya aprendido a recibirla. La dosis de intemperie emana del encuentro entre la presión ejercida y el interior que intenta metabolizarla; constituye una magnitud dinámica y relacional. El concepto se desarrollará en el capítulo III.

Cuando uno enferma o atraviesa una crisis, los demás absorben parte de la presión y evitan que quede destruido. La solidaridad participa entonces en esa dosificación. El interior aumenta así la cantidad de intemperie que sus habitantes logran soportar. Aunque también suele distribuirla de manera desigual. Como en una familia que conserva su equilibrio haciendo que uno de sus integrantes cargue permanentemente con el cuidado o una pareja que protege su forma anterior desacreditando la transformación de quien comienza a salir de ella. Un grupo descarga su conflicto sobre el integrante más vulnerable o arroja las consecuencias de su cohesión sobre quienes permanecen fuera. Basta con retirar el cobijo cada vez que la transformación amenaza la distribución acostumbrada de los lugares; nadie necesita ordenar la renuncia. Es la forma en que distribuye el costo de conservar la cohesion lo que revela el estado de desarrollo de una esfera.

Los límites de la apertura

Ahora, en constraste, la apertura absolutizada es una esfera fijada camuflada en intemperie. Un interior incapaz de recibir diferencia se cristaliza, mientras que aquel obligado a admitir cualquier irrupción disuelve la membrana que lo hacia habitable. La intemperie no consiste en la maximización del riesgo. El intemperiante, del que hablaremos en el capítulo III, sostiene la dosis capaz de transformar a sus habitantes sin destruirlos. La esfera ofrece resguardo ante el afuera y, simultáneamente, constituye el cimiento a partir del cual resulta viable experimentar una porción de la intemperie.

Algunos interiores protegen a sus habitantes para que se expongan. Otros los protegen de toda exposición hasta hacerlos incapaces de soportarla.

El intemperiante también sostiene vínculos, no queda fuera de estos interiores. Su diferencia comienza al observar el modo en que tales atmósferas lo constituyen y la parte de sí que niega para no alterar el clima. La mira conscientemente, sin rehuirla, lo que le imposibilita determinar plenamente su propio devenir.

Habitar lúcidamente un interior de varios significa conservar la conciencia de que su atmósfera ha sido producida. Sus códigos se prestan a revisarse; sus solidaridades, a descomprimirse; sus bordes, a atravesarse. La esfera subsiste en tanto quienes la habitan continúen decidiendo hacerlo y mientras el cobijo no se arrogue el derecho de presentarse como mundo.

Cuando los cuerpos se dispersan, algo de su coanimación sobrevivie. Los recuerdos conservan la atmósfera más allá de la presencia inmediata. El interior se deposita en formas capaces de convocarlo nuevamente.

El símbolo guarda el aire de una esfera ausente.

* Interior pluripolar no constituye una cuarta morfología esférica. Retoma aquello que Sloterdijk describe como participación en un campo bipolar o pluripolar y como formación de interiores consubjetivos e interinteligentes mediante grupos diádicos o multipolares. Aquí se utiliza para nombrar la atmósfera común producida por varios polos; la espuma describe, en cambio, la estructura plural de las células relativamente autónomas que coexisten dentro o alrededor de ella.

IV. La descompresión simbólica y el fondo: animalidad y abismo

El ser humano acude al símbolo como mecanismo de compresión: una forma transmisible que concentra una multiplicidad de significados y evita que una experiencia deba atravesarse desde el principio ante cada nueva ocurrencia.

La comprensión conceptual exige recortes; la ciencia misma separa una región del exceso para hacerla inteligible. Ninguna criatura finita podría comprender si estuviera obligada a sostener simultáneamente la totalidad de relaciones que atraviesan lo observado. La reducción simbólica constituye, precisamente, el mecanismo que hace habitable una parte del exceso.

El problema nace al olvidar la compresión. Ante ese olvido, el símbolo se petrifica como evidente, ocultando su forma provisional. Sustituye la complejidad en lugar de orientar dentro de ella. La forma diseñada para aproximarse a lo irreductible termina por clausurar la experiencia antes comprimida, bloqueando una observación más profunda.

El símbolo funciona, por tanto, como habitabilidad o como clausura. Como habitabilidad, da figura provisional a lo que todavía excede el campo de comprensión disponible: señala lo que aún no encuentra concepto y abre, mediante ese señalamiento, el primer paso de una posible comprensión. Como clausura, evita una complejidad que sí podría atravesarse —ante el temor a la intemperie que esa complejidad genera, prefiere el sujeto una simplificación defensiva—. En el primer caso, el símbolo conduce hacia la pregunta; en el segundo, la reemplaza.

La muerte no se agota en ninguna representación; con todo, cabe estudiar las formas mediante las cuales cada cultura ha intentado significarla. Incluso cuando lo simbolizado permanece parcialmente inaccesible, resulta viable conocer el símbolo como tal. El símbolo, además de señalar una demasía, archiva la manera en que una comunidad ha percibido esa demasía y las formas de vida que organizó a su alrededor.

La doble genealogía del símbolo

Ningún símbolo llega como una realidad evidente, los símbolos acumulan afectos que atan durante generaciones. Descomprimirlos consiste en abrir su genealogía, seguir el proceso por el cual llegaron a significar lo que terminó por creerse sin dudar y preguntar qué zonas de intemperie hicieron habitables.

La historia devuelve contingencia a lo tenido por natural.

El símbolo, además de una historia colectiva, tiene una biografía afectiva; se inserta en una memoria singular. La cruz representa sacrificio y redención dentro de una tradición, mientras que para alguien, antes de significar nada de eso, es el crucifijo de madera que colgaba sobre la cama de su abuela — el mismo que ahora guarda sin saber bien por qué no logra deshacerse de él. El dinero organiza relaciones económicas, a la par que condensa, en el espacio íntimo, la sobremesa donde un padre calculaba en voz alta cuánto faltaba para fin de mes, o la escena de pedir un préstamo familiar a regañadientes, soportando el examen minucioso de las propias faltas antes de recibirlo.

Descomprimir un símbolo exige una doble genealogía: la histórica, que revela cómo una comunidad llegó a cargarlo de sentido; la afectiva, que muestra cómo una vida concreta quedó marcada por él. Donde la historia devuelve contingencia a lo tenido por natural, devuelve la biografía singularidad a lo asumido como universal. Su descompresión tiene como finalidad revelar la intemperie que oculta.

La configuración animal

Recurrencias hay, con todo, que ninguna genealogía local agota. Culturas distantes imaginan figuras semejantes incluso cuando la transmisión histórica no alcanza para explicar su afinidad. Esto no exige imaginar que una imagen completa haya viajado secretamente entre ellas: basta con que sus integrantes compartan una configuración de especie. La semejanza de sus condiciones permite que generen soluciones simbólicas convergentes.

Somos una especie animal con una forma propia, como la forma de un perro que lo diferencia del murciélago y ambos de nosotros. A esa configuración completa la llamo animalidad, para no olvidar que toda particularidad humana sigue siendo la particularidad de un animal.*

La animalidad designa la configuración completa del animal que somos —cuerpo, instintos, afectividad, cooperación, capacidad narrativa, disposición técnica, notablemente, la capacidad de advertir y decidir ante los impulsos que nos constituyen—: no el argumento reducido a unos cuantos instintos básicos compartidos con otras especies —como la sexualidad o la agresividad, que también incluye— ni una región inferior opuesta a la razón. Fuera de esa animalidad no se encuentra la consciencia: es, precisamente, una de las formas que ésta ha adquirido.

Que estas capacidades pertenezcan a la animalidad humana abre apenas la posibilidad de su ejercicio pleno. El ser humano tiende a habitar un mundo cristalizado, dominado por una esfera que se hace pasar por la totalidad de lo existente, donde la observación y la decisión permanecen sedadas. Es decir, en la inercia.

La consciencia de la insuficiencia

La representación temporal introduce, entre las capacidades de la animalidad humana, una tensión dentro de sí. El animal humano recuerda lo perdido, anticipa lo que podría perder, reconoce que su propia continuidad terminará. El mismo animal que se apega imagina el abandono; ante la búsqueda de conservación anticipa su muerte. El ser humano construye una identidad sabiendo que su continuidad desaparecerá.

A esa tensión la llamo abismo.

El abismo es la no forma que se abre cuando una orientación de la animalidad se confronta con la consciencia de su propia insuficiencia. Así ocurre con la orientación hacia la conservación: la consciencia de finitud revela que ninguna orientación —tampoco esta— se consuma definitivamente. El abismo no surge después del conflicto, como su consecuencia; es el conflicto mismo en su estado de irresolución permanente, la incapacidad de construir una forma que cancele la incertidumbre. La animalidad abre mundo; la consciencia de su insuficiencia revela la fragilidad de ese mundo ante el cierre latente. Ambas dimensiones coexisten divididas por la imposibilidad de una última forma.****

Dinamismos que rebasan el miedo genera esta tensión. La finitud intensifica el objeto de su amenaza: el apego adquiere peso ante la inminencia de la pérdida; la decisión existe en tanto la posibilidad elegida sacrifica las demás; se condensa el instante por su misma imposibilidad de conservación. El abismo constituye la experiencia de la animalidad humana tras descubrir su propio límite. Su correcta metabolización funciona como impulso, evitando el repliegue en una esfera cristalizada.

Así, el abismo suele negarse o administrarse mediante los símbolos de las esferas; simultáneamente, se ofrece a la observación y, en última instancia, a su metabolización, dejando intacta la contradicción de su origen. Metabolizarlo implica modificar la relación con él: lo que antes empujaba exclusivamente hacia el repliegue empuja hacia la lucidez para decidir e impulsa a actuar.

Las figuraciones del abismo

Lo que Jung denominó una imagen arquetípica emerge cuando una tensión del abismo adquiere figura.** Se manifiesta siempre revestida de cultura, haciéndose visible a través de símbolos concretos; su forma general se infiere al comparar sus distintas expresiones históricas.

La Madre organiza la orientación hacia el cuidado y la dependencia; detrás de ella surge la posibilidad del desamparo, la aniquilación que amenaza a la cría sin sostén. El Héroe organiza la agencia y la autoafirmación; detrás surgen el fracaso, la insignificancia y la muerte que ninguna proeza logra cancelar. La Sombra da figura a lo que una identidad excluye para sostenerse; detrás se encuentra el miedo a perder el dominio sobre la propia animalidad y descubrirse compuesto también por eso que se niega.

El desamparo, la insignificancia y la fragmentación son un mismo abismo bajo tres máscaras; la misma imposibilidad de clausura se presenta ante diferentes orientaciones animales. El apego tropieza con la pérdida; la agencia, con su insuficiencia; la identidad, con eso que debe excluir para conservar su forma.

La catalogación permite advertir las configuraciones recurrentes, sus transformaciones y las diferencias adquiridas en cada cultura. La propuesta consiste en diseccionarlas: examinar la orientación animal que organiza la imagen en contraste con la posibilidad de pérdida que la atraviesa y, como resultado, el símbolo histórico que la hace visible. Así, estas figuras enriquecen el catálogo arquetípico.

Ahora bien, el origen de una recurrencia formal rebasa en ocasiones la consciencia directa de finitud. La dualidad surge de la simetría corporal; el ciclo, de los ritmos biológicos y astronómicos; determinadas figuras geométricas, de las regularidades perceptivas. Todo ello pertenece a la animalidad: surge primero como configuración de especie, luego se carga de sentido frente al abismo.

El abismo irrumpe cuando esa regularidad comienza a mediar la relación de la criatura con la pérdida: representa el uróboros un ciclo en virtud de la percepción de los ciclos del animal humano, adquiere densidad existencial cuando intenta contener la desaparición dentro de una imagen de retorno, y en ese retorno mismo irrumpe, otra vez, el abismo. El ciclo nace, primero, de la percepción biológica de sus propios ritmos; solo después deviene forma de hacer habitable la finitud, frente al miedo a morir.

Cuanto menos explica la relación con el abismo el origen formal de una imagen, tanto más explica la fuerza existencial que termina adquiriendo.

Distingamos entonces cuatro momentos analíticos. Primero, el abismo como conflicto compartido por la animalidad humana al adquirir consciencia de su finitud. Segundo, la imagen arquetípica como figuración recurrente de una de sus tensiones. Tercero, el símbolo que le otorga una forma histórica. Y cuarto, la biografía afectiva que singulariza esa forma dentro de una vida.

La genealogía histórica, con todo, se agota al llegar a la imagen arquetípica que ese símbolo vestía: ahí toda comunidad se limitó a elegir el ropaje. Ninguna historia explica por qué existe la Madre o el Héroe, solo por qué se llamaron así, se representaron así, se veneraron así en un lugar y momento determinados; la existencia misma de esas figuras queda fuera de su alcance. Más allá de ese piso, la historia deja de explicar. Lo que sigue explicando es la animalidad y su conflicto con la finitud: el abismo del que la imagen es, precisamente, figuración.

Estos momentos existen siempre entrelazados. Nadie encuentra a la Madre en estado puro: encuentra una madre particular, una diosa, una patria, una lengua, una tierra o una figura protectora. La imagen arquetípica se hace visible dentro del símbolo, y éste sólo actúa mediante una vida concreta que lo recibe. No es que existan estratos separados de manera independiente. La distinción permite seguir el trayecto mediante el cual una tensión animal se proyecta en imagen.

La autoridad interior del símbolo

Conocer la historia de un símbolo deja intactos, casi siempre, los vínculos condensados en él, y a la vez les arrebata toda inocencia. Descomprimir un símbolo le restituye contingencia al revelar las fuerzas que participaron en su formación. La observación histórica abre entonces la tarea de advertir la fuerza que el símbolo todavía ejerce dentro del sujeto y llevarla hasta la decisión.

Al recorrer la historia de un símbolo, las contradicciones que participaron en su construcción terminan con su inocencia. La genealogía histórica impide seguir recibiéndolo como una forma natural; la afectiva impide que el sujeto se refugie en la idea de que, por haber comprendido su historia, ha dejado ya de ser gobernado por él.

El conocimiento intelectual participa en la descompresión y continúa mientras el símbolo conserve una autoridad inconsciente sobre el sujeto. La historia revela lo que el símbolo ha hecho en el mundo; la observación de sí revela lo que todavía hace dentro de quien lo porta.***

La premisa consiste en conservar la consciencia de que también el símbolo, como la esfera, tiene bordes claros y que su descompresión es parte del camino para advertir la esfera que los contiene.

El símbolo hace habitable una tensión al envolverla en una forma; reproduce, en miniatura, la estructura de una esfera. Esa envoltura mantiene la capacidad de seguir abierta, consciente de la inmensidad que le rebasa, o de cristalizarse hasta sustituirla. Descomprimir un símbolo va más allá de su destrucción; implica recuperar la visión de la intemperie que intentó hacer habitable.

* Hablar de especie ya es hablar de animalidad. No hay, en este marco, una naturaleza humana que nos exceptúe del resto de los animales; hay una naturaleza animal específicamente humana. La cultura no aparece sobre una criatura vacía: constituye una de las capacidades de ese animal y modifica la manera en que sus disposiciones se manifiestan. Desarrollo esta postura en Animalidad.

** Jung distingue entre el instinto como modo típico y heredado de acción y el arquetipo como modo típico y heredado de aprehensión. En su formulación biológica, la herencia consiste exclusivamente en disposiciones formales ligadas a la estructura cerebral y a la historia evolutiva de la especie, antes que en imágenes mitológicas completas. El inconsciente es colectivo debido al origen transpersonal de esas formas, compartidas por los miembros de la humanidad por encima de la biografía individual.

El pensamiento de Jung, sin embargo, no permanece siempre dentro de ese límite. Al desarrollar el carácter psicoide del arquetipo, la sincronicidad y el unus mundus, su propuesta se aproxima a un fondo donde psique y materia dejan de ser regiones completamente separadas. La diferencia con la hipótesis presentada aquí se encuentra en dos puntos. Primero, no resulta necesario postular una realidad psíquica exterior al individuo: basta con la configuración biológica compartida por la especie.

La segunda diferencia se encuentra en el nivel de lo heredado. Jung propone una pluralidad de disposiciones arquetípicas preexistentes. Aquí no se considera que la Madre, el Héroe o la Sombra sean heredados como arquetipos separados. Lo recibido es una configuración animal capaz de abrir el abismo al adquirir consciencia de su finitud. Las imágenes arquetípicas emergen como figuraciones recurrentes de las distintas tensiones de esa animalidad: apego y desamparo, agencia e insignificancia, identidad y fragmentación, conservación y muerte.

La catalogación jungiana permite identificar las figuras que deberán diseccionarse. La hipótesis aquí desarrollada busca ofrecer un principio generativo más elemental: orientación animal, amenaza de pérdida, figuración arquetípica e investidura cultural. Sigue siendo una conjetura filosófica obligada a mostrar, en cada caso, los mecanismos biológicos y afectivos mediante los cuales una tensión llega a convertirse en imagen. Lo que intenta es localizar la fuente común que alimenta su continua elaboración.

***El intemperiante descomprime la bandera o la religión más allá de su condición de artefactos históricos. Indaga, asimismo, en su representación interna: la memoria que activan, la herida que tocan y el miedo que administran. La genealogía histórica termina con la inocencia del símbolo; la genealogía afectiva impide que el sujeto se considere exterior a eso que analiza. El proceso culmina cuando el símbolo pierde su autoridad inconsciente: entonces se abandona o conserva como una forma decidida, habitada con consciencia de sus contradicciones y sus bordes. Esta figura se presentará más adelante.

**** Esta es la forma general del abismo: orientación animal + consciencia de su insuficiencia. La orientación hacia la conservación, desarrollada aquí, es una de sus derivaciones; la orientación hacia el conocimiento —el límite del propio Umwelt frente a lo real— genera una derivación estructuralmente idéntica, desarrollada en el capítulo II. De esta confrontación se sigue, además, una exigencia: no clausurar el abismo una vez reconocido, lo que en La rebelión contra la naturaleza se nombra voluntad del abismo. Su estructura permanece constante a través de la historia; lo que cambia es su forma fenomenológica en cada época — de esto trata Hacia la cultura del abismo II, con el paso del nihilismo del vacío al nihilismo de la saturación.

V. Antiintemperie

El ser humano tolera, hasta un límite, lo incomprendido: frente a lo complejo, o a lo que excede las categorías disponibles, intenta reducir.

Reducir conserva, por sí mismo, su vínculo con el conocimiento. Comprender exige un recorte. Se reduce para distinguir, para hacer habitable.

Hay una reducción que abre la comprensión y otra que busca terminar con ella. La primera sabe que su forma es provisional: recorta para observar y continúa dispuesta a regresar sobre lo que ha dejado fuera. La segunda se apresura a declarar suficiente su recorte. Reduce para clausurar la mirada.

A ese segundo movimiento le llamaremos antiintemperie.

La antiintemperie comienza cuando la criatura se encuentra ante algo que, por su complejidad, amenaza con exponer la insuficiencia de la esfera desde la cual observa. Entonces impide la descompresión de la forma. Lo inclasificable amenaza porque mantiene abierta la pregunta, y sostener una pregunta aproxima al sujeto hacia los bordes de su propio mundo.

La reducción del otro

Incluso en el nivel más doméstico, encontrarse ante una persona compleja —alguien que no se logra colocar dentro de una casilla conocida— incomoda. Su conducta contradice la identidad que se le había atribuido; sus palabras quiebran la narración con la que se le intentaba comprender. Entonces se le caricaturiza, se le moraliza o se selecciona solamente lo mínimo para devolverle a una categoría reconocible.

No se le soporta en su intemperie.

La reducción protege, en ese caso, menos de la persona que de lo que su irreductibilidad expone. Si el otro no cabe en las categorías disponibles, esas categorías dejan de parecer naturales. La esfera desde la cual se le observaba revela sus bordes. Al fijar al otro, el sujeto intenta fijarse a sí mismo; al clausurar lo extraño, protege la forma desde la cual había aprendido a juzgarlo.

El abismo se abre tanto ante lo inmenso como ante lo más cercano: en una persona que resiste toda explicación, en una pérdida que desorganiza la narración de una vida. Una pregunta sin respuesta lo abre al enfrentarse a la insuficiencia de una forma que arrastra a la criatura hacia la imposibilidad de una clausura definitiva —hacia la incertidumbre, la pérdida posible, la insignificancia o la finitud que la esfera intentaba mantener cubiertas. Lo que parecía un problema exterior termina abriendo el fondo de quien lo observa.

La antiintemperie es una reacción ante esa proximidad. Frente a la no forma que reaparece, el sujeto apresura una forma y la declara suficiente. El símbolo deja de funcionar como una compresión provisional y se cristaliza. La bandera ocupa el lugar de la historia; el diagnóstico, el de la persona; la identidad, el de la vida; la consigna, el del conflicto. Lo simbolizado desaparece detrás del símbolo que prometía hacerlo visible.

El símbolo resulta, así, pieza fundamental para comprender una esfera; representarla es, apenas, su función menor. El símbolo la administra al distribuir sus formas de respiro y organizar sus miedos; anticipa reacciones y modula distancias. Cuanto más cristalizada la esfera, menos necesita mostrarse —el mismo horizonte que desaparece detrás de lo que permite—, y sus símbolos reparten de antemano lo admirable y lo despreciable, lo propio y lo extraño, lo normal y lo anormal.

Las redes sociales y los medios contemporáneos son la expansión técnica de una inclinación humana; intensifican la pulsión de clausura. La clasificación inmediata y la reacción veloz funcionan porque encuentran una criatura dispuesta a reducir para resguardarse; la repetición de símbolos es la forma consumada de esa disposición.

La provisionalidad de la respuesta

Vivir en la pregunta abierta preserva el conocimiento y trata la indecisión como límite —no como mérito—. Responder y elegir siguen siendo necesarios: actuar es su consecuencia. Una respuesta se asume como provisional y conserva, aun así, su valor de respuesta; una decisión transforma una vida y se sostiene por fuera de toda pretensión de verdad universal. La intemperie exige recordar que las formas son formas.

Clausurar provisionalmente es necesario para vivir. La antiintemperie cobra forma tras el olvido de esa provisionalidad, en el punto en que la respuesta niega el residuo que no ha logrado contener y la decisión exige que ninguna otra posibilidad la interrogue.

Mientras la clausura obliga a lo observado a coincidir con una respuesta previa, la pregunta acompaña. Persiste ante lo incomprensible y sostiene la atención hasta que lo observado modifique la forma con la que intentaba comprenderlo.

La pregunta abierta es una forma más exigente de atención. La antiintemperie comienza cuando la necesidad de habitar se convierte en urgencia de clausurar.

VI. Antiesfera

En el momento en que la esfera deja de proteger la vida mediante una forma para sacrificarla en pos de preservar la protección misma, muta en antiesfera: una inversión inmunitaria que ataca directamente lo que le pertenece o lo destruye indirectamente con la desmesura de su defensa.

La antiesfera, como cualquier esfera, conserva un interior, mantiene la distinción entre dentro y fuera, conserva, incluso, la apariencia del cobijo. Por eso es algo diferente al simple opuesto de la esfera o un afuera. La esfera hace habitable una porción del mundo; en la antiesfera la protección se independiza de lo que protegía: sus habitantes existen para garantizar la continuidad del interior.

La cristalización designa la esfera que restringe la percepción y dificulta la salida, es decir, impide que cambie; la cristalización hace que los integrantes de la esfera olviden que es una forma entre otras, haciendo pasar sus límites por los límites del mundo. Aun cristalizada, sigue orientando y ofreciendo cuidado, y conserva la vida mientras evita ese cambio. Hay familias, por ejemplo, que consideran natural e irreemplazable su organización y, pese a ello, siguen proporcionando amparo a sus integrantes, como hay instituciones que absolutizan sus procedimientos y continúan cumpliendo la función para la que fueron erigidas.

La antiesfera no solo contiene la lógica de una esfera cristalizada, también empieza a comerse a sí misma. La familia que oculta la violencia para conservar su imagen de unidad y la institución que sacrifica a quienes le dieron origen para perpetuar sus procedimientos son los ejemplos anteriores que pasan de la cristalización a la antiesfera. El habitante paga por su protección con una parte creciente de sí. La forma que prometía resguardarlo lo utiliza como material de su reproducción; la identidad mutila la potencia y pierde la aptitud para confirmar el relato con el que el sujeto se reconoce.

La antiesfera prescinde de que la esfera se encuentre previamente cristalizada. Surge tras un cierre prolongado, si el interior ha olvidada sus bordes, este terminará defendiendo su forma contra la vida que contiene; súbitamente aparece por la irrupción de una amenaza que provoca una hipertrofia reactiva de la protección. En el primer caso, la esfera se cristaliza antes de invertir su función; en el segundo, la cristalización y la inversión ocurren dentro de un mismo movimiento defensivo. Apenas una parte de las esferas cristalizadas llega a convertirse en antiesfera; algunas antiesferas, a su vez, nacen sin cristalización previa, cuando la urgencia por impedir la descompresión provoca una respuesta inmunitaria que violenta.

La esfera cristalizada ha olvidado sus bordes: el habitante queda confinado a imaginar únicamente el interior y recibe cuanto lo contradice como una anomalía que debe reducirse hasta caber en sus categorías. Niega la existencia de un afuera, lo deslegitima o expulsa lo que lo hace visible; todavía procura, mediante ese cierre, conservar la vida interior dentro de una forma que considera definitiva. La respuesta inmunitaria de la antiesfera, en cambio, destruye lo que hacía habitable el interior, sea porque convierte una parte de sí en enemiga, o porque responde a una amenaza exterior con una intensidad que termina lesionándola a ella misma. La defensa se vuelve contra el cuerpo que debía proteger: actúa como una enfermedad autoinmune que identifica tejidos propios como enemigos o como una respuesta inmunitaria desproporcionada que, frente a una amenaza real, deteriora el organismo que intenta defender. La protección continúa actuando, solo que ha perdido la relación con su finalidad; combate para conservar el organismo mientras lo deteriora. La esfera cristalizada captura la vida dentro de una forma; la antiesfera pone la vida al servicio de la captura, incluso cuando esa captura termina devorando la esfera misma. La antiesfera es la inmunidad que ha perdido la medida de lo que protege: unas veces convierte lo propio en enemigo; otras, responde a un enemigo real destruyendo también el cuerpo que intenta conservar.

La restitución destructiva

En La única opción, Chan-Wook Park, la esfera profesional del protagonista se encuentra cristalizada desde el principio. La pérdida del empleo es una amenaza tangible contra su estabilidad material; lo que sucede después es asunto distinto. Expulsado de la industria, continúa percibiéndose desde sus jerarquías: la cristalización hace que la vertical esférica perdida continúe sedimentada en él. Solo imagina una existencia que restituya la identidad perdida. Las demás posibilidades están presentes; todas quedan, para él, privadas de la dignidad de una vida posible. El título de la película, «la única opción o no hay otra opción, traducido literalmente de su titulo en ingles», expresa la clausura perceptiva, aun ante las alternativas presentes —invisibles, porque el sujeto perdió la aptitud para reconocerlas como tales—.

Las acciones posteriores son las que hacen pasar de esa esfera cristalizada a la antiesfera. Man-su busca recuperar esa identidad sacrificando las vidas que ya no caben dentro de ella; asesina a quienes compiten por el puesto, arriesgándose él y a su familia; pone en el filo del peligro la esfera que intenta proteger y la que intenta recuperar. La amenaza material, por sí sola, queda corta frente a esto; Man-su pone su vida y la de los demás al servicio de la forma que necesita restaurar. A la industria le sobra ordenar: la sedimentación en él actúa por sí sola; la antiesfera sobrevive exenta de murallas externas y de soberano que la administre, y persiste interiorizada como jerarquía de relevancias. Mientras la vertical continúe actuando, convertirá a los otros en obstáculos para su reincorporación. Son esas mismas acciones —las que ponen en riesgo la esfera— las que terminan por convertirla en antiesfera.

A su vez, su esposa completa la inversión al decidir callar para preservar la posición alcanzada; la esfera familiar condiciona la protección a mantener la mentira que conservará su apariencia. Man-su sacrifica a otros para recuperar su identidad profesional; ella sacrifica la verdad para mantener la identidad familiar. Dos antiesferas que se sostienen una a la otra: él ejecuta y ella calla. La casa se queda, la familia continúa reunida, el protagonista recupera un lugar dentro de la industria. Todas las formas parecen haber sobrevivido; ha desaparecido lo que justificaba su conservación.

Man-su convierte en cuerpos extraños a otros integrantes de la misma esfera y los elimina para restituir su posición; la respuesta autoinmunitaria aparece primero en la esfera profesional. La esfera profesional se ataca a sí misma a través de él: destruye a sus propios miembros para conservar la distribución de relevancias que los enfrenta y que, incluso después de haberlo expulsado, continúa actuando en su interior.

Los crímenes de Man-su buscan recuperar la identidad que sostenía a su familia, poniendo en peligro lo mismo que pretenden proteger. Si fuera descubierto, la familia perdería la estabilidad que justificó sus actos y se desintegraría por completo. Como Curtis en Take Shelter, Man-su se convierte así en el agente inmunitario que, intentando defender la esfera desde su interior, termina atacándola: la protección como amenaza endógena contra lo protegido.

Su esposa llega después del ataque, solo que reorganiza la esfera familiar para absorber sus consecuencias y prevenir su revelación; una adaptación defensiva frente al daño. Ella convierte la verdad en un cuerpo extraño, puesto que su revelación destruiría la unidad recuperada. La familia deviene antiesfera tanto por la agresión de Man-su como por la respuesta con que intenta contenerla. Una antiesfera se derrama así sobre la otra: la profesional ejerce violencia física directa; la familiar la metaboliza como secreto. Él pone en riesgo a la familia para conservarla; ella sacrifica la verdad para que sobreviva aun después del peligro causado por uno de sus propios integrantes.

La protección que anticipa la ruina

En Take Shelter de Jeff Nichols, tenemos otro ejemplo de antiesfera con una forma diferente. La película nos sirve de imagen para notar que la antiesfera también surge cuando la protección se levanta contra una posible amenaza futura, consumiendo el presente que debía conservar. Es decir, a la amenaza le basta con ser prevista o intuida. Curtis construye un refugio para proteger a su esposa y a su hija de la tormenta que anticipa, visible solo para él. El impulso inicial todavía parte de la protección que conforma una esfera. Su miedo nace del cuidado —teme perder lo que ama—, pero el refugio empieza a exigir el sacrificio de lo refugiado.

Curtis se endeuda, utiliza recursos de la empresa, pierde el trabajo, compromete la atención médica de su hija y erosiona la confianza de su esposa. En el intento por defenderla de una catástrofe futura, Curtis traslada a su familia hacia una catástrofe económica presente. Estas acciones mutan la esfera en antiesfera. Resulta irrelevante que la esfera familiar estuviera cristalizada previamente; su cristalización ocurre como respuesta a la amenaza. Aquí aparece otra vía hacia la inversión autoinmunitaria: la esfera no solo degenera por negar durante demasiado tiempo la intemperie, también lo hace cuando la intemperie irrumpe con una intensidad que excede lo que sus habitantes logran metabolizar. Curtis cobra conciencia de la exposición —comprende que la estabilidad familiar está expuesta a quebrarse—; esa conciencia queda corta frente a una consciencia intemperiante con la aptitud para sostener esa advertencia y transformarla en una decisión proporcional. El refugio exterioriza esa metabolización fallida: la protección se hipertrofia para contener un afuera que comienza a percibirse en todas partes, hasta exigir que la familia se ponga al servicio del cobijo construido para protegerla.

Aun si la amenaza fuera real —y el final de la película lo presenta como la metáfora en que la familia queda incluida, por lo cual ahora todos ven la tormenta—, esa confirmación no justifica ni hace habitables retrospectivamente todas sus decisiones. Que la amenaza sea real no impide que la protección construida contra ella devenga autoinmunitaria. La enfermedad no legitima cualquier aislamiento; la guerra no justifica que una sociedad destruya, para defenderse, cuanto hacía valiosa su supervivencia. La realidad del peligro no garantiza la habitabilidad del refugio.

Cuando la tormenta parece haber pasado, Curtis teme salir del refugio, encerrado en la protección que él ha construido, solo, para el resto de la familia. Se niega a salir; aun así, Samantha tiene la llave y le exige que sea él quien abra. Liberarlo desde fuera está a su alcance; hacerlo dejaría intacto el interior desde el cual continúa percibiendo la amenaza. Curtis debe decidir cuándo el cobijo ha dejado de proteger y ha comenzado a encarcelarlo. Abrir la puerta simboliza aceptar que toda protección es, en algún punto, temporal frente a la exposición, y que, ante tal exposición, la esfera que se intenta proteger —en este caso, familia completa— debe participar en su coanimación y protección, incluida desde el momento mismo en que la amenaza se intuye.

Por ello, Take Shelter muestra una antiesfera incipiente cuya inversión logra interrumpirse. Samantha impide que el miedo de Curtis se convierta en el soberano de la familia: conserva la esfera compartida y persiste junto a quien la está deformando; suspende, en cambio, su colaboración con la forma que está tomando. Lo obliga a compartir su vulnerabilidad y devolver a los demás participación en la interpretación de la amenaza. Al final, cuando ambos observan la tormenta, Curtis comparte, por primera vez, el lugar de demiurgo de la esfera familiar. La amenaza se comparte: comparece ante los dos; la respuesta empieza a ser coanimada, en lugar de imponer a toda la familia la sincronización con el miedo de uno solo.

Samantha ocupa, en ese sentido, la posición inversa a la esposa de Man-su. Ambas se encuentran ante un hombre que pone en riesgo a la familia en nombre de lo que pretende protegerla; una detiene la inversión y la otra la completa. Samantha se niega a abrir desde fuera la puerta del refugio, porque hacerlo conservaría intacta la captura interior de Curtis: exige que él participe en la descompresión de la esfera que construyó. La esposa de Man-su, en cambio, cierra desde dentro la puerta de la casa: conoce la violencia que la prolongó y decide guardar silencio para que la forma familiar siga en pie. Samantha arriesga la continuidad aparente del interior para recuperar su habitabilidad; la esposa de Man-su sacrifica su habitabilidad para conservar la continuidad aparente. Una protege a los habitantes de la esfera; la otra protege la esfera de lo que sus habitantes tendrían que reconocer.

La respuesta inmunitaria de Take Shelter es, antes que estrictamente autoinmune, una reacción hiperinmunitaria ante una amenaza prevista, de realidad todavía incierta. Curtis actúa como un sistema defensivo que, intentando anticiparse al agente exterior, se inflama hasta lesionar el organismo antes de que la amenaza termine de irrumpir. La respuesta protectora destruye otras defensas de la familia —empleo, recursos, atención médica, confianza— y fabrica en el presente parte de la catástrofe que intentaba evitar. El refugio mantiene, a veces, la distinción entre lo propio y el enemigo; convierte, por desmesura, al organismo entero en el campo de batalla de una amenaza futura.

Estos ejemplos presentan dos temporalidades de la antiesfera. Man-su destruye vidas para restituir el mundo perdido del que obtenía su identidad; Curtis sacrifica el presente para impedir la desaparición del mundo que todavía conserva. Uno queda capturado por lo que fue; el otro, por cuanto podría ocurrir. En ambos casos, la protección muta en antiesfera; lo que debía ser protegido termina como ofrenda en sacrificio a la protección.

Los habitantes de la antiesfera la coaniman mediante actos separados que protegen una parte del interior porque anticipan lo que perderían si este se descomprimiera, y el resultado común termina dañando a todos. De ahí que la inversión ocurra con independencia de una voluntad central. La mentira compartida conserva a la pareja, la familia o la nación como nombres mientras disuelve las relaciones que alguna vez hicieron de esos nombres un cobijo, como la casa en La única opción, que sigue de pie aun después de haber perdido su habitabilidad.

La dependencia del enemigo

La comunidad que se cohesiona alrededor de una catástrofe, un enemigo, una herida, cualquier amenaza, también llega a devenir en antiesfera, pues su desaparición pondría en riesgo la pertenencia construida para enfrentarlos; la comunidad, inadvertidamente, empieza entonces a necesitar lo que teme.

El peligro distribuye funciones, convierte la vulnerabilidad compartida en una forma de pertenencia; funciona inmunológicamente mientras esa organización se mantenga al servicio de la vida amenazada. Esa misma defensa absolutizada, ocupando dimensiones de la existencia que ya no necesitan obedecerle, termina fabricando el anticuerpo que ataca al cuerpo que debía proteger, pues tiende a sacrificar la flexibilidad necesaria para que la comunidad se transforme. La amenaza, antes motivo organizador de una esfera, se autoinmuniza decidiendo qué existirá dentro de ella.

Esparta, después de conquistar Mesenia, sometió a una población ilota mucho más numerosa que liberó, con su trabajo agrícola, a los ciudadanos espartiatas para la preparación militar. La amenaza no era imaginaria y los mismos que sostenían materialmente la esfera estaban en condiciones de rebelarse contra ella. Esparta debía vigilar a la población que la alimentaba porque su propia organización había convertido ese alimento en enemigo. La defensa respondía a un peligro real; era la dominación espartana la que reproducía continuamente las condiciones del peligro.

El trabajo del ilota liberaba al guerrero para la milicia; la vigilancia del guerrero encadenaba al ilota a la tierra. La tradición atribuye a los éforos una declaración periódica de guerra contra ellos y a la krypteia la vigilancia y eliminación de quienes parecieran especialmente aptos para sublevarse. La esfera no esperaba ya que el enemigo irrumpiera desde el exterior: lo llevaba enquistado, un cuerpo sometido del que dependía y al que debía mantener como una amenaza permanente. La protección se alimentaba de lo mismo que decía combatir. Cada acto represivo confirmaba la necesidad de la represión siguiente, pues hacía más necesario contener a los que acumulaban nuevas razones para rebelarse.

La respuesta inmunitaria terminó por extenderse sobre la totalidad de la existencia. La educación, la alimentación común, la propiedad, la reproducción, el reconocimiento y la ciudadanía quedaron subordinados a la producción del guerrero. Esparta no solo preparaba guerreros para combatir cuando fuera necesario: limitaba su reconocimiento como ciudadanos a los que seguían encarnando la forma militar. Esto dificultaba la incorporación de nuevos ciudadanos y propiciaba la concentración de la propiedad. Aquel que no lograba aportar lo requerido para las comidas comunes perdía su posición dentro del cuerpo cívico. La rigidez de estas obligaciones redujo progresivamente el número de espartiatas con plenos derechos. La esfera destinada a garantizar su supervivencia terminó consumiendo el cuerpo que debía preservarla. No fue derrotada únicamente por enemigos más fuertes: la forma en que había aprendido a defenderse debilitó demográficamente a sus propios defensores.

En la Política, Aristóteles observó que los espartanos se mantuvieron seguros mientras estuvieron en guerra y que declinaron después de conquistar un imperio, porque solo habían aprendido el arte bélico y no sabían vivir en la paz. La virtud que los había hecho aptos para una circunstancia era la misma que los inhabilitaba para las demás; lo que la protegía frente a una amenaza determinada le impedía transformarse ante nuevas condiciones. Esparta entrenó guerreros fuertes, listos para salvarla y, al absolutizarlos, condenó a la ciudad que solo sobrevivía en guerra; la defensa acabó devorando la plasticidad de la esfera, que no terminó de derrotar al enemigo pues, al hacerlo, habría perdido la forma mediante la cual se reconocía.

El miedo al enemigo exterior que contiene las disputas internas y reúne a la comunidad ante una amenaza compartida. Los romanos tuvieron un nombre para este movimiento: Metus hostilis. Un término empleado por Salustio para interpretar la función cohesionadora que había desempeñado el enemigo exterior, especialmente Cartago. Salustio sostenía que la presencia de Cartago había retenido cierta concordia entre el Senado y el pueblo romano, mientras que, después de su destrucción, la ambición, la avaricia y la discordia encontraron un cuerpo privado de afuera sobre el cual regresar. Escipión Nasica habría defendido incluso que Cartago debía ser preservada, pues temía que Roma, privada de un adversario lo suficientemente fuerte para reunirla, dirigiera contra sí misma las fuerzas acumuladas para enfrentarlo. El enemigo protegía a Roma de Roma. La desaparición de la amenaza abrió una intemperie interior para la cual la República no había aprendido otra forma de coanimación.

Esparta y Roma revelan dos desenlaces de la comunidad formada por la amenaza. Esparta conserva al enemigo en su interior y absolutiza la defensa hasta debilitar a sus propios defensores; Roma destruye al adversario exterior y descubre que parte de su concordia dependía de él. Una se consume manteniendo la forma necesaria para vigilar al enemigo; la otra se desgarra cuando ya no logra reunirse frente a él. La antiesfera, por eso, necesita que el peligro continúe, exagera sus dimensiones —la inmunidad que se sobreinfla ante una amenaza apenas posible, como le ocurre a Curtis en Take Shelter—, traslada el peligro hacia alguno de sus integrantes —el hereje, la bruja— o impide directamente que su desaparición transforme la forma construida para combatirlo, como le pasó a Esparta. Si el enemigo persiste, la comunidad respira mediante él; si desaparece, deberá aprender otra manera de respirar o terminará buscando dentro de sí el cuerpo contra el cual seguir defendiendo su identidad.

La defensa emancipada

Al trasladar el peligro hacia alguno de sus integrantes, la amenaza atraviesa las murallas y se manifiesta como hereje, como la bruja, el disidente o ese vecino a quien, por diferente, se le atribuye el síntoma de una infección escondida. La esfera identifica como cuerpo extraño una parte de su propio cuerpo y la destruye para recuperar una integridad que la persecución continúa desgarrando. Cada enemigo descubierto confirma la necesidad del aparato que lo busca; su ausencia es siempre prueba de que el peligro ha aprendido a ocultarse y no de que se ha derrotado. La defensa queda emancipada de la amenaza que la originó y fabrica indefinidamente los cuerpos que la mantendrán siempre necesaria.

Las formas que toman una amenaza como fundadora suelen terminar enfrentadas a la misma pregunta: si el enemigo justificaba su existencia, ¿qué la justificará ahora? Algunas órdenes militares nacidas para proteger la cristiandad modificaron sus funciones; otras se extinguieron. La Orden Teutónica, por ejemplo, mantuvo al antiguo enemigo cuestionando la autenticidad de su transformación: cuando la conversión de Lituania debilitó la legitimidad de la cruzada, la guerra dejó de proteger a la cristiandad del pagano y empezó a proteger a la organización militar de un mundo en el que el pagano amenazaba con desaparecer del todo. Rara vez la antiesfera necesita inventar un peligro desde la nada: no hace falta más que exagerarlo, impedir que termine de desaparecer o sospechar de cualquier indicio de que la paz ya sería posible.

Aun así, la inversión alcanza su forma terminal cuando la esfera prefiere destruir la vida antes que sobrevivir transformada. En 1945, ante una derrota inevitable, el régimen nazi ordenó mediante el llamado Decreto Nerón la destrucción de las infraestructuras industriales, energéticas y de transporte que la población alemana necesitaría para continuar viviendo. El proyecto que afirmaba proteger y regenerar al pueblo terminó dispuesto a arrastrarlo consigo porque ese pueblo ya no lograba conservar la forma que pretendía imponerle. La defensa se independizó por completo de lo defendido. Primero sacrificó partes de la comunidad en nombre de su purificación; después expuso a todos a una guerra de aniquilación; finalmente, cuando ya no logró salvar su forma, decidió que tampoco la vida merecía sobrevivirla.

La comunidad que se reunió para sobrevivir a una catástrofe termina por necesitarla para sobrevivirse como comunidad. Ha dejado de protegerse de la amenaza y requiere que la amenaza persista para conservar la forma construida para enfrentarla; pertenencia, jerarquías, distribución de relevancias; se protege con ella, por ella, gracias a ella. El peligro, respirado durante demasiado tiempo, deja de acechar y se vuelve el aire mismo que respiran. Si desapareciera, no encontrarían la paz: hallarían la intemperie de no saber quiénes son, privados de lo que les enseñó a reunirse. La destrucción les presta su incendio, ya que no saben arder de otro modo.

Las formas de la clausura

La antiintemperie es el movimiento general que clausura cuanto expone la insuficiencia de una forma. La cristalización fija ese movimiento y lo sedimenta en el olvido de que toda clausura conserva una génesis desmontable. La antiesfera señala la inversión patológica de la protección, el momento en que la respuesta inmunitaria comienza a destruir la vida que la justificaba mediante su conservación. Surge tras la sedimentación prolongada de una esfera cristalizada, o aparece como reacción inmediata ante una intemperie que desborda la aptitud de sus habitantes para metabolizarla.

La esfera protege la vida mediante una forma. La esfera cristalizada confunde esa forma con la vida. La antiesfera destruye la vida antes que permitir la transformación de la forma. La cristalización olvida el afuera; la antiesfera destruye el adentro intentando defenderlo.

VII. El intemperiante

A quien vive en la constante expansión de mundo —habitando esa esfera de membrana flexible que le empuja a ver la esfera desde la que habita y las de su alrededor— le llamaremos intemperiante. Un caminante de la intemperie. El que habita un movimiento: el de expandir su esfera sin dejar que ninguna se haga pasar por el mundo entero.

Para el intemperiante no hay un mundo humano único. El mundo humano está compuesto de mundos, y cada uno guarda su propia gramática y afectos.

Su exploración es inevitable en cuanto advierte que vive en un constructo heredado, que cada esfera abre una forma distinta de vida, una percepción particular. No debe leerse como un obsesivo del catálogo o un turista de identidades. No explora con finalidad cerrada, como quien busca elegir la prisión más cómoda o vive en el intento ansioso de probarse todas las identidades disponibles. El simple acto de querer ver ya consuma la consciencia de que hay algo más allá de la esfera en la que se vive.

Ver una esfera es advertir sus bordes, las paredes que conforman el invernadero. Cuando se advierte la esfera en la que se está sumergido, esta pierde su inocencia: deja de hacerse pasar por mundo y se revela como una forma entre otras posibles. La visión de los bordes integra ya un acto intemperiante, en tanto la consciencia de intemperie empuja a expandirse con cada advertencia esférica.

Abandonar la esfera o quedarse, esas son las posibilidades después de advertirla. La diferencia radica en que, una vez desmontada su naturalidad, quedarse es una elección. Siempre que sea decidido, la consciencia de intemperie pervive. La jaula comienza al perderse la consciencia de los bordes, confundiendo la estancia con el único mundo posible.

Si el intemperiante tiene una esfera, es esta: la práctica de no cristalizarse en una. Aprende a vivir en el vértigo de la contingencia sin convertir ninguna esfera humana en naturaleza.

El tránsito interior

El intemperiante ha aprendido a observar las esferas en las que se incluye hasta obtener una distancia suficiente para hacerlas visibles. Su posición es la del tránsito interior: contempla una esfera desde otra, compara sus reglas, atraviesa sus símbolos, regresa la mirada hacia la forma desde la cual observa. Esféricamente situado, habita el pasaje entre esferas sin cristalizarse en ninguna.

Expuesto a mandatos que desconoce, aun así, se diferencia por la disposición a advertirlos y a dejar que esa advertencia lo transforme, incluso cuando alcanza lo que defendía como su identidad más propia. Morirá, acaso, antes de haber descomprimido todas las formas que participaron en su existencia; durante ella, eso sí, habrá atravesado algunas, recomponiendo su relación con lo recibido. La transformación acontecida conserva su realidad ante lo que sigue inadvertido. Nadie necesita conquistar una exterioridad absoluta para dejar de estar enteramente conducido por una forma.

La disciplina de la apertura

La antropotécnica intemperiante es la disciplina que ejercita esta disposición. Sus momentos de observación e intensificación se desarrollarán en próximos capítulos. La observación acompaña a la criatura en su acontecer: dentro del hacer elegido, en sus relaciones, ante una pérdida, durante una conversación o al encontrarse con algo que resiste su interpretación. La intensificación concentra fuerzas en una dirección decidida. Su concentración responde a la finitud: no hay tiempo para realizar cuanto se descubre posible, y al elegir un hacer, a la par, se renuncia a otros. Una renuncia advertida no conlleva la cristalización, puesto que es factible apuntar una existencia a una actividad y mantener esa existencia abierta a la observación de la vida que esa entrega habilita o deja irrealizada.

La observación no es un cristal que se asoma desde afuera: observar implica observarse observando. La observación está mediada por una lengua, por distinciones culturales, por deseos, por expectativas. La procedencia de todo eso suele desconocerse, y exigir conocerla para comenzar a observar solo alimentaría la serpiente que se muerde la cola. De ahí la importancia de la curiosidad, de la duda, de propiciar y variar los encuentros: otras criaturas han advertido algo para lo cual aún carecemos de palabras; una obra enrarece lo que recibíamos como natural; una conversación revela que nuestra pregunta llevaba incorporada una respuesta y acaso nos hace pensar dos veces lo que ya habíamos definido, independientemente de que el otro tenga esas intenciones, pues el encuentro per se abre mundo. La cultura proporciona diferencias que alteran la lectura de la propia vida; ofrece, asimismo, argumentos cada vez más refinados para conservarla intacta.

Fuera de los libros acontece ya esta apertura: una criatura observa, otra deshace la evidencia de lo observado. La dimensión filosófica participa de esa apertura cuando la pregunta alcanza las condiciones desde las cuales se vive y admite que su examen comprometa al que iza la pregunta. Ahí reside lo filosófico. Conocer autores amplía las voces que nos hablan; convertirlos en autoridad nos arroja, de rodillas, a la obediencia. Por eso el intemperiante aprende de otras miradas: su mundo guarda siempre un punto ciego que sus propios ojos no alcanzan.

Advertir las reglas invisibles de una esfera, inapreciables para quienes la habitan, propende a degenerar en una forma de superioridad: una mirada condescendiente hacia quien permanece confinado dentro de una esfera que uno ha logrado advertir. Tal posición traiciona la práctica intemperiante; constituye meramente otra altura, un modo alternativo de erguirse sobre los demás. Aquel que se cree exterior a todas las esferas acaba por cristalizar la suya.

La posibilidad colectiva de esta práctica abre el horizonte de una sociedad de singulares: criaturas que se intensifican en haceres distintos, coaniman interiores, reciben la transformación de sus integrantes. Seres que se resisten a la tentación de hacer de esa transformación inmediatamente una amenaza contra la pertenencia. Sus construcciones comunes, intensamente vividas y contingentemente advertidas, conservarían la función de una divinidad intemperiante. Esa sociedad necesitaría condiciones materiales que sostengan las decisiones, pues la disposición a transformarse queda, penosamente, limitada por cuanto la existencia debe gastarse en asegurar su subsistencia. Heredaría la cultura del abismo junto con la posibilidad de examinar esa herencia. Incluso la roca que desvía el río terminaría agrietándose, dejando pasar el agua que insiste contra ella.

La lectura del miedo

El intemperiante enfoca su atención en las reglas de la esfera tanto como en los miedos subyacentes de sus habitantes. Reconoce que la esfera es una forma de cobijo, no de estupidez. Una esfera constituye, prioritariamente, un refugio. El intemperiante mira a través de la esfera: ve el miedo del que protege. Ver el miedo genera empatía antes que desprecio. Comprende la necesidad de la esfera al conocer el fondo del que surge.

Humano, sigue siendo, el que permanece en una esfera cristalizada. Habita, dicho sin rodeos, un mundo sedado. Sus capacidades no han desaparecido, aunque están bajo una fuerte dosis de anestesia esférica. La pregunta y la decisión continúan ahí, pero reducidas al campo que la esfera admite. El mundo se empequeñece sin que el sujeto alcance a percibir la reducción.

El intemperiante comprende ese estado porque también es vulnerable al miedo. No mira desde una serenidad sin fisuras. Siente apego, teme la pérdida, necesita pertenencia y busca continuidad en la narración de su vida. Su diferencia consiste en impedir que el miedo clausure de inmediato la forma mediante la cual intenta protegerse.

El impulso persiste dentro de la criatura, aun cuando se opta por contenerlo. Reprimido, arremete contra ella y reaparece como compulsión; la somatización es su forma de insistencia. El intemperiante aprende a observar hasta dónde logra contener un impulso y cuándo conviene escucharlo hasta integrarlo a una decisión. Decidir sobre la animalidad constituye, en el fondo, una forma de habitarla. La capacidad de decidir pertenece también al animal que somos.

El miedo muestra qué orientación ha sido amenazada, qué pérdida se anticipa — la insuficiencia que intenta cubrirse es su raíz común; se convierte entonces en información sobre la propia animalidad. El intemperiante se expone para metabolizarlo: lo somete a mediación, lo transforma en impulso, en fuente de lucidez. Lo que la esfera intenta conjurar se vuelve el temblor capaz de mantenerla abierta.

Una práctica reversible

Recristalizarse, convertir la intemperie en identidad: ese es el riesgo que corre el intemperiante; hallar en la lucidez otro símbolo de superioridad completa esa recaída.* El intemperiante es una condición siempre reversible. Designa una práctica —no un título, una esencia o una nueva especie humana.** Se es intemperiante siempre que se observa y se descomprime; decidir sostiene, por sí solo, la intemperie aplicada sobre sí misma.

Hay una sola limitación que acepta: la imposibilidad de acceder a la realidad desnuda. Esa aceptación, lejos de cegarlo, agudiza su lectura de las esferas humanas. Mantener la consciencia del abismo afina su percepción y sostiene la práctica de limpieza —sobre lo cual hablaremos en el siguiente capítulo— como una disciplina permanente.

Cuidado con la confusión: no estamos ante un movimiento geográfico. El intemperiante cruza formas de mundo. Su vida mantiene abierta la percpeción de un transito interior. Si bien admite una apariencia rutinaria mientras explora esferas, pues una sola ubicación alberga cientos —si no miles— de ellas. El intemperiante es un observador: de la vida, de lo que el humano documenta en palabras. Un humano que ejercita la atención y la escucha; un desmontador y atravesador de esferas.

El intemperiante explora los símbolos que construyen prisiones y también los que intentan escapar de ellas; explora, acentuadamente, lo intangible.

Porque en lo intangible está la puerta de salida.

Y también la estructura del invernadero.

* Sobre por qué esta figura no es el superhombre nietzscheano —no busca altura ni crea valores—, véase el capítulo IV, apartado II.

** Cabe preguntar si esta insistencia en la práctica repite, sin más, la lucidez del hombre absurdo de Camus: bajar la montaña con los ojos abiertos. La diferencia —por qué esa lucidez sola arriesga volverse repetición automática, y qué la transforma en cambio en una vida decidida— se desarrolla en el capítulo II y en el  capítulo IV.

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