En La rebelión contra la naturaleza llegamos, tras desmontar todas las formas de rebelión individual, a la conclusión de que la verdadera rebelión radica en generar una cultura capaz de conservar el abismo —la conciencia de la finitud— y transmitirla. Una cultura del abismo.
Ahora bien, conservar el abismo no es un fin en sí mismo, como si de amor al vacío se tratara; no se busca conservar la angustia por penitencia. El abismo es fundamental, ya que solo sobre ese fondo la vida se vive como experiencia, y porque únicamente al vivirla con esa intensidad ocurre aquello que hace de la existencia algo más que pura continuidad. La cultura del abismo conserva el abismo para preservar la posibilidad del instante.
El mismo movimiento que en aquel ensayo disolvía el abismo es el que disuelve el instante. Un mundo sin abismo es un mundo sin distancia; y sin distancia, como veremos, no hay instante posible. Conservar el abismo es, en el fondo, mantener abierta la grieta donde el instante todavía es posible. La cultura del abismo es, antes que nada, una cultura capaz de sostener instantes.
Queda entonces por entender qué es ese instante que ha de sostenerse, y por qué —siendo lo más valioso— resulta también lo más difícil de alcanzar.
No entiendo por instante simplemente lo inmediato ni lo rápido. El instante no es cualquier placer fugaz ni cualquier interrupción momentánea. El instante es el punto en que la vida suspende, aunque sea por unos segundos, la lógica instrumental que normalmente organiza la existencia. Es decir, durante el instante, el sujeto deja momentáneamente de relacionarse consigo mismo como proyecto.
La mente no se sustrae completa; solo la mente instrumental. Se suspende el cálculo, la administración del yo; esa proyección constante hacia el futuro. Por unos segundos deja de operar la estructura que continuamente pregunta: ¿para qué sirve esto?
Puede ocurrir en la contemplación, en el sexo, en la música, en la creación, en una conversación intensa, en el duelo, en la comprensión repentina de algo que llevaba años actuando bajo la superficie o incluso en la sanación de una herida. Aunque son experiencias distintas, todas comparten el momento en que el sujeto deja de experimentarse exclusivamente como función.
Sin embargo, ahí aparece otra contradicción.
Si el instante es uno de los pocos lugares donde todavía emerge una forma de libertad no administrada, ¿por qué resulta tan difícil alcanzarlo? ¿Por qué no simplemente elegir vivir permanentemente ahí?
Porque el instante, aunque aparezca como irrupción, no surge de la nada.
Podríamos pensar que las sociedades están organizadas alrededor del sacrificio simplemente por escasez. La civilización sería un espejo de la vida que requiere procesos para obtener lo deseado. No todos pueden tenerlo todo dado que los recursos son limitados. Así parecen haberse configurado las civilizaciones desde siempre.
Pero incluso imaginando una abundancia absoluta, donde cada deseo pudiera satisfacerse inmediatamente, el problema persistiría.
Porque el deseo no necesita solamente satisfacción. Necesita anhelo.
El anhelo es aquello que obliga al sujeto a atravesar un proceso. Implica aceptar, incluso de manera inconsciente, que no se puede tener el objeto de inmediato; que para llegar a él habrá que sostener una distancia y sacrificar la satisfacción instantánea. Ese sacrificio no es moral ni ennoblece por sí mismo; tan solo permite que el deseo exista como tal, impidiendo que se consuma antes de cargarse de intensidad.
Anhelar también es visualizar una posibilidad futura. Preguntarse desde dónde y cómo podría alcanzarse. Lo que habría que cambiar. La sensibilidad que tendría que desarrollarse. La posición o aquello que uno debería llegar a ser para sostener lo que se desea. De ahí que el anhelo no solamente apunta hacia un objeto; también transforma al sujeto que anhela.
El anhelo no solo imagina lo deseado; imagina al sujeto capaz de alcanzarlo.
El problema es que entramos en una paradoja: el instante escapa de la lógica instrumental, pero solo emerge a través de procesos que transforman internamente al sujeto.
Incluso esos momentos donde la vida escapa del control dependen de procesos previos. El encuentro sexual necesita trayecto: la lenta sedimentación del deseo. La música no produce éxtasis por el simple hecho de sonar; exige una escucha formada, una sensibilidad desarrollada, cierta historia interior con el sonido. Una obra maestra pasa frente a alguien sin abrir nada si no existe todavía la disposición para recibirla. La creación no surge de la nada: requiere exploración, fracaso, acumulación de intuiciones, contacto prolongado con materiales, obsesiones y formas. La contemplación, finalmente, no es tal por el mero acto de mirar; exige haber desarrollado una atención capaz de sostenerse sin convertirse en utilidad.
Entonces la experiencia de libertad requiere tiempo. No solo tiempo entendido como simple duración. Requiere transformación interna del sujeto. Requiere un proceso para poder emerger. Y ese proceso sirve aún, al menos, a la transformación del sujeto mismo.
La paradoja es que el único punto que parece escapar por completo a la lógica de utilidad necesita servir antes, aunque sea para ese escape.
Así, ese proceso aún sirve para algo. Aunque el problema no es el proceso en sí, porque existen procesos —como el anhelo— que no producen inmediatamente nada útil y que, sin embargo, transforman al sujeto hasta hacer posible el instante. Entonces el problema es lo que se hace de ese proceso; por ejemplo, convertirlo exclusivamente en rendimiento.
Ese proceso, además, transcurre tanto en la luz como en la oscuridad: un dolor sostenido, la catástrofe, incluso el contacto con el odio y la crueldad. La atención que observa es lo relevante, mientras que el signo de lo vivido es la chispa que lo enciende. El instante no está en el objeto ni cae del cielo sobre un sujeto cualquiera; habita en el encuentro entre una conciencia que se condensó y una realidad que funciona como detonante. Sin la condensación previa, la chispa no prende. Sin observación, el odio solo oprime y se olvida; observado, se condensa. Esa es, en el fondo, la diferencia entre vivencia y experiencia: la disposición a estar atento a lo que ocurre, más allá de su intensidad. La atención transmuta la vivencia en experiencia, y solo la experiencia se condensa hasta abrir el instante. Cómo se cultiva esa atención —la antropotécnica intemperiante, en su momento de observación— es asunto de otros textos; corresponde aquí nombrarla como disposición a atender la propia vida, venga de la luz o de la sombra.
La contemplación no sirve… pero transforma.
La tecnología contemporánea avanza bajo la promesa de hacerlo todo inmediato y automático. Sin embargo, es fácil entrever que el exceso de disponibilidad destruye precisamente aquello que promete maximizar. La inmediatez sin proceso diluye el goce: entrega el objeto antes de que el deseo haya alcanzado la densidad suficiente para recibirlo.
El goce surge de una distancia sostenida y de una transformación previa del sujeto. De ahí que un mundo completamente optimizado —que pretende con ello aumentar la experiencia— termine produciendo menos intensidad. Tendrá más acceso y estímulo, más satisfacción inmediata; pero menos experiencia. Más vivencias disponibles; menos instantes capaces de dejar marca.
El instante, para ser instante, debe dejar marca. Por eso dura. No es un recuerdo nada más. Es el punto donde se condensa la experiencia para transformar al sujeto. El instante es ese momento entre el antes y el después.
Esto revela también que, para llegar a esa condensación, se necesita una experiencia previa: experimentar, explorar, sí, pero con atención a la vida. Precisamente por eso, un mundo optimizado diluiría la experiencia y la convertiría en simple vivencia.
Una vivencia es estar despierto, hacer lo que se tiene que hacer, lo que se cree debido o, simplemente, aquello que satisface de manera inmediata. Una vida con solo vivencias es una vida en la inercia. Tiene un resultado, mas no necesariamente una observación que concentre lo vivido hasta derivar en transformación. Es pura continuidad: premisa de un mundo optimizado, clímax de una sociedad utilitaria.
De ahí que el sujeto atrapado en esa lógica se asemeje tanto al “último hombre” denunciado por Nietzsche.
La paradoja de una sociedad orientada a la optimización es que su gran anhelo consiste en eliminar las condiciones mismas del anhelo: quiere reducir toda espera y anticipar cada deseo antes de que llegue a formularse. Si el deseo necesita distancia y proceso para existir, una civilización que busca cumplirlo todo de inmediato no está haciendo más deseos posibles; está diluyendo la noción misma de deseo.
Y esto no necesita pensarse como conspiración. No hace falta imaginar una instancia oculta dirigiendo; es suficiente observar la lógica impersonal de la técnica y del mercado, el control sin soberano que describí en La rebelión contra la naturaleza —la antesala de la tecno-naturaleza—: todo tiende a reducir la incertidumbre.
Si esa tendencia se consuma, el costo no será únicamente la pérdida de ciertos placeres: se perdería la posibilidad de la transformación misma. Sin anhelo no hay proceso; sin proceso no hay experiencia; sin experiencia no hay condensación de vida; sin condensación de vida no hay instante. El resultado serán vivencias y estímulos constantes: cada vez menos acontecimientos capaces de dejar marca.
Una humanidad sin transformación comenzaría a parecerse menos a una comunidad de sujetos y más a un enjambre: seres orientados por flujos de estímulo. La lógica de optimización empuja hacia una existencia cada vez más controlable. Nadie lo decidió desde el centro: se moldeó a nuestra forma como criaturas. Es el ser humano mismo el que, consciente de su finitud, quiere controlarlo todo por miedo y quiere todo más rápido para ganarle tiempo al tiempo. No hay conspiración porque no hace falta. Somos nosotros mismos, en nuestra forma más elemental.
Una especie que desarrolló conciencia de su finitud podría terminar usando esa misma conciencia para construir las condiciones de su propia desactivación. Es decir, la supervivencia de la especie junto con la disolución de aquello que hacía de la experiencia humana algo transformativo. Estamos desactivando eso que tanto nos atormenta, y lo estamos haciendo de forma colectiva sin haber declarado explícitamente el proyecto.
Hay que distinguir entre vivencia y experiencia.
La vivencia es aquello que ocurre y atraviesa al sujeto sin necesariamente modificarlo: la rutina, el estímulo que rápidamente es reemplazado por otro. La experiencia, en cambio, deja marca porque observa y reorganiza la forma en que el sujeto percibe.
En ese sentido, el instante es la experiencia en su forma más concentrada: el punto en que una serie de vivencias, observaciones, anhelos, pérdidas y procesos alcanza suficiente densidad para transformar al sujeto.
El instante solo ocurre cuando una transformación interna alcanza cierta intensidad. No basta con que algo suceda afuera; el sujeto debe haber llegado a un punto donde aquello consiga abrirlo. Por eso una canción, un cuerpo, una conversación o un paisaje suelen no significar nada durante años y, de pronto, volverse acontecimiento.
El instante es entonces el momento en que la experiencia finalmente se ve como transformación del sujeto y de su percepción del mundo. A partir de ahí, la experiencia abre un lente diferente. Cambia la forma de mirar. No necesariamente avanza en sentido lineal. Cambia. Explora.
Si esto es así, la vida se revela como una sucesión irregular de instantes transformativos, rompiendo con la idea de una línea continua o una acumulación homogénea de días. Algunas transformaciones reorganizan profundamente al sujeto; otras simplemente curan una zona específica, abren una sensibilidad o permiten mirar algo de otra manera. Sanar un trauma, atravesar una pérdida, comprender un deseo o descubrir una belleza son formas distintas del mismo fenómeno: el momento en que algo acumulado en silencio alcanza suficiente densidad para dejar marca.
De ahí que Gaston Bachelard dijera que lo único durable es el instante: porque transforma. Frente a Bergson, para quien lo real era la duración —el flujo continuo que arrastra consigo el pasado—, Bachelard invierte los términos al posicionar lo real en el punto y no en la corriente. El problema es que su instante irrumpe de forma casi gratuita, desligado del trayecto; un destello que no debe nada al pasado ocurriría porque sí. Por otro lado, la duración bergsoniana, dejada a su propia inercia, es mera vivencia: vida que transcurre sin condensarse. Bachelard acierta al ver que lo que deja marca es el instante, pero este no cae sobre un sujeto cualquiera: solo se abre a una conciencia que se ha sedimentado. Podría pensarse, además, que el instante es inherente al tiempo; pero entonces ocurriría también en una piedra. No lo es: ni en la noción de Bachelard ni en la que aquí describimos el instante es exterior al tiempo vivido. Ambos dependen de la percepción, y por eso nuestro instante es fenomenológico y kantiano. El tiempo no es algo en sí, es la forma de nuestra percepción. Solo sabemos del tiempo como nos acontece.
La duración, entonces, prepara; el instante consuma. Entre el flujo que solo pasa y el destello que nada debe, habita la condensación atenta: el pasado que, recogido por la observación, alcanza la densidad de un instante. La duración simplemente transcurre; el instante deja marca, alterando la forma misma en que el tiempo queda inscrito en nosotros. Así, en su aparente distancia, ambos conceptos se reconcilian.
Entonces el problema ya no consiste simplemente en elegir entre placer inmediato y trascendencia. La cuestión está en cómo conservar experiencias capaces de interrumpir la administración permanente del sujeto.
El instante es una grieta momentánea donde la vida deja de organizarse completamente alrededor de la utilidad. Incluso esa grieta, sin embargo, necesita tiempo, anhelo y observación que transforma para abrirse.
Si alguien encontrara al genio de la lámpara y pidiera como deseo poder desear cualquier cosa, en cualquier momento, para obtenerla de inmediato, a simple vista parecería haber alcanzado la forma más astuta del placer y haber formulado el deseo más inteligente. Paradójicamente, habría alcanzado lo contrario: el fin de una vida habitable.
Irónicamente, nuestra civilización está construyendo ese deseo sin necesidad del genio.
Una existencia sin distancia elimina el anhelo; y sin anhelo, el deseo se vacía. Poder desearlo todo sin querer desear nada: esa es la paradoja.
* Podría objetarse que existen instantes extraños, fogonazos perceptuales que irrumpen sin proceso alguno. Eso se explica mejor desde la función del cerebro que desde la conciencia: son vivencia, no experiencia —atraviesan al sujeto y se van, sin dejar marca—. El instante del que aquí hablo toca lo que permanece, eso que alimenta al Yo, y solo se abre a una conciencia que ya venía transformándose.
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