
Si partimos de las preguntas: ¿por qué hacemos lo que hacemos?, ¿por qué nos levantamos todos los días?, ¿por qué emprendemos? La respuesta concilia en la voluntad, la voluntad de vivir. La voluntad es nuestro motor espiritual; el motor que, a su vez, mueve al cuerpo.
Como todo motor, necesita de un combustible. El combustible que se elija debería hacerse con cuidado. De su búsqueda dependerá la supervivencia del individuo; cambiar repentinamente de combustible atrofiará el motor en el intento; es indispensable desarmarlo para la posterior producción de uno nuevo. Requiere un renacimiento que emerge de las cenizas.
A diferencia del combustible mecánico, el combustible de la voluntad lo produce el individuo: la refinería es la mente. Su producción oscila en la constante tara que condiciona la continuidad de una vida inerte o la naturalidad en la práctica del buen vivir.
Lamentablemente, la elección del resentimiento como combustible es común. Lo cierto es que el resentimiento no produce ningún tipo de aleación. Es una sustancia dura, áspera, no transforma; tan solo, directa e insulsamente, crea al resentido, que se obliga a alimentar su voluntad por medio del resentimiento que le tiene al otro: sus padres, sus hijos, sus amigos, sus colegas, sus familiares, su país, una raza, un grupo o el mundo entero. El resentimiento puede abarcar la vida en todos sus aspectos; es la droga que simula al vigor. La diferencia es que depende del abundante riego de odio para germinar. Cada dosis es un envenenamiento al cuerpo, un arañazo al ser; suma densidad a la nube que difumina al espíritu.
El resentido, cuando emprende, es fuerte, soporta fuertes dosis de sufrimiento. Finalmente, entre más sufrimiento, más resentimiento se genera; más combustible, más fuerza obtiene. Es posible que, mediante dicho método, alcance el aparente éxito — sería lo mínimo a cambio de vivir; de lo contrario, su motor envenenado terminaría en el crimen — . Ciertamente, el resentimiento puede ser el combustible impulsor si es direccionado engañosamente por el camino positivo; de lo contrario, el crimen es su inevitable destino. Engañoso, puesto que terminará vendiendo el alma; está condicionado a la búsqueda incesante de resentimiento para continuar alimentando su fuente de éxito, su fortaleza. Deberá fabricarlo al provocar conflictos artificiales. De otro modo, se quedaría sin combustible: ¡sería suicida!
El resentido incita a la ofensa. Vive buscando una excusa para odiar; no puede escapar del pasado, fuente rica en resentimiento.
El resentido vive en la paranoia y, paralelamente, en la culpa.
Ser prisionero del resentimiento impacta en el carácter, en las emociones, en lo físico; aunque buenos en el arte del camuflaje… son expertos en reprimir su vulnerabilidad. Como el adicto a una droga venenosa, no se dobla, el resentimiento lo apadrina; es su fuerza y, al mismo tiempo, su sentencia: mientras tenga su dosis, continuará viviendo. Es un envenenamiento lento y seguro; entre más tiempo pase evadiendo el inevitable derrumbe emocional, más afecta su vitalidad al negarse a sí mismo. Es otro caso de inmovilidad vital, pero destaca por su ceguera impulsora que arrastra insensatamente a quien esté cerca.
Al resentido le es imposible agradecer al otro; olvida que el otro es parte esencial de su formación: todos, de cierta forma y a ciertos niveles, son maestros de todos. Cada supuesta victoria persiste en el nombre del odio; el resentido se visualiza como el victorioso. En efecto, el resentido tan solo busca ganar, sin importar la vaciedad del concepto, vaga y diminuta parte de las ficciones humanas; ve su vida en blanco y negro, una vida reducida al campeón de una carrera monocromática.
Ahí cae en la común fantasía del semidiós: ese ser que se aprovecha de la inocencia. No empatiza con nadie a menos que le sirvan para sus fines, no escucha a nadie a menos que lo sienta por encima de él, no agradece a nadie. Sus logros son producto de su obstinada voluntad; se olvida de que nadie llega solo; el otro, en cambio, es quien debe agradecer por el privilegio de pasar por su filtro acreciente.
El resentido no voltea a ver con amor al mundo: lo ve como aquel a vencer, lo ve como el campo de batalla. Cada supuesta victoria reafirma su grandeza, su superioridad, más no su agradecimiento. Debe imponer su idílica divinidad. El resentido cae en el delirio de la inefabilidad: del otro como idiota, un miserable producto de la manipulación, ¡mas nunca la fuente de su éxito!
El resentido mira al mundo por encima, sueña con tender cables para controlarlo cual marioneta; los otros son herramientas utilizables, sugestionables a la servidumbre, soldados al servicio de su arrogancia.
El resentido no cesa la escalonada a la cima de la pirámide; debe ser el número uno: un loable deseo cuando se trata de ideales, un ignominioso deseo cuando se busca la victoria maledicente. Cada peldaño que sube, “que gana”, necesita más combustible; necesita generar conflictos artificiales sobre el conflicto natural de la vida, necesita nuevas víctimas de las cuales sentirse resentido para nutrir su fortaleza; debe “superarles”, demostrarles su magnificencia. Es misión el constante despertar de una delirante envidia inmanente al resentido.
Así, su resentimiento lo pende de los altos niveles mundanos, aunque caiga en la apariencia. Su voluntad de poder lo guía a la masacre de sus señalados, en vez de ser un mecanismo natural para su propia trascendencia y, a su vez, para la trascendencia del de al lado. Peligrosamente, aquí es cuando ocurren catástrofes históricas. De ahí que sea tan importante identificar al resentido en todos los niveles: socialmente, para evitar las vergüenzas de la historia; individualmente, para ahorrarse convivencias fútiles.
Hablamos aquí, esta, del resentido de los polos, no de los intermedios. Es decir, el resentido que se encamina a su victoria. Hay, sin duda, resentidos intermedios, resentidos mediocres: aquellos que murmuran a las espaldas del que busca salir de la media; aquellos que le temen al singular, que temen perder la comodidad de su igualdad cobarde, que huyen de los ideales. El vano, envenenado por la vanidad y la envidia. Tal tipo de resentido es tan solo parte de la masa libidinosa que depende del empuje del singular para no extinguirse. Son extras en el teatro, escenografía. No representan un peligro más que para sus propias vidas. En cambio, el resentido victorioso es peligroso para todo el que permanece bajo su manipulación. El resentido mediocre es, a efecto de este pensamiento, un tema aparte.
Como siempre, hay una opción alterna. Cuán diferente es el uso del miedo como combustible. El miedo es inevitable; el resentimiento es una elección. Todo aquel que se lanza a la vida se lanza con inevitable miedo: a la incertidumbre, a lo desconocido, al fracaso, a la muerte. Sin embargo, llenarse de miedo como fortaleza crea la química exacta para la formación del vigor.
El vigor es la alquimia entre la voluntad de vivir y el miedo.
No es necesario buscar conflictos artificiales para producir miedo; con seguir el saludable curso de la vida es suficiente: el constante cambio. Cada cambio traerá nuevos miedos, pero, a su vez, vendrá cargado de vida, de vitalidad, de más fuerza. Emprender es una rica fuente de miedo; la aventura hacia un nuevo porvenir es fiel generadora inagotable de combustible. El resentido, en cambio, no puede cambiar. ¡Le tiene terror al abandono de la apariencia! Debe permanecer donde guarda una imagen de éxito. Desde ahí produce eficazmente su combustible para no perecer; desde ahí es fácil la manipulación de sus frágiles súbditos maleables.
Cuando se lanza a la vida aceptando el miedo, necesariamente debe convertirse en vigor; de lo contrario, el miedo paraliza, se convierte en pánico y, todo aquel que se detiene, se lo comen. Abrazar el miedo es una prueba para el valiente. El miedo es un elixir vital y simultáneamente mortal. Una vez que el miedo se convierte en vigor, inmediatamente se es agradecido, porque se encaró al miedo como condición paralizante, se derribaron las paredes de los límites personales, se hipnotizó al miedo; se siente el correr de la ambrosía vitalizadora. Saltar al ruedo para finalmente transformar el miedo en vigor es el preámbulo al amor: el éxtasis de superar el pasado, de superar al yo prejuicioso. El amor es producto del vigor, ¡que, a su vez, es el camino desenfrenado hacia la trascendencia!
El resentimiento, en cambio, nunca se transforma en amor; su forma final se delinea en la rápida victoria, mas no en el desarrollo, que requiere tiempo y convicción, que requiere fracasos intermedios. El resentido no puede darse el lujo de fracasar; aun en el fracaso debe aparentar victoria. Siempre debe andar por el camino corto, por el camino certero; no puede arriesgarse a la grandeza, la verdadera grandeza, esa que va cargada de incertidumbre, sacrificio y dolor espiritual. La verdadera grandeza requiere confrontarse a sí mismo; requiere aceptación.
Encajar en los rieles de tu propia vida, de seguir incluso en la tragedia, lleva a la comprensión de lo que significa el buen vivir; se aclara el conflicto en el existir. No se huye del conflicto: se sumerge en el conflicto, se urde en la crudeza de la existencia; el conflicto que revela el miedo como agente impulsor y como agente paralizante en un solo elemento. Es la misma dualidad paradójica que acompaña todos los aspectos de la vida. Se trata del conflicto natural que no depende del artífice conflictivo por encima de la conflictividad natural del todo. Sin embargo, del lado del resentido es un simple reflejo de su individualizada voluntad, no de poder, sino de dominio. Se trata de subir peldaños, ¡mas no de vivir! Cada prueba superada no lo acerca al amor: se queda en el placer. No logra verse como parte de un todo; está, en cambio, por encima del todo. Él es así, delirantemente, el generador del conflicto.
En ese punto se acepta la transgresión, se acepta ser parte de algo más grande; se cambia la voluntad de dominio por el fluir. Se acepta la fugacidad del existir, pero, al mismo tiempo, la eternidad del mismo. El miedo es el combustible saludable, la sustancia prima plástica que permuta en el amor para trascender: ¡es la natural práctica del buen vivir!
Epílogo
Erick Obaya indaga en la raíz de lo que impulsa al ser humano a moverse, a emprender, a soportar el peso de la existencia y a persistir ante su propia finitud. La fuerza originaria reside en la voluntad de vivir, esa energía espiritual que anima el cuerpo y que demanda un combustible elaborado en la mente para manifestarse con consistencia. Dos sustancias principales alimentan esta voluntad: el resentimiento y el miedo, cada una con su textura propia, su potencia y su efecto transformador en el interior del individuo.
El resentimiento se presenta como un material áspero, denso y corrosivo que genera una intensidad inmediata y aparentemente inquebrantable. Quien lo utiliza como combustible encuentra en él una capacidad brutal para actuar, para soportar dolores prolongados, para conquistar espacios externos y para mantener una dirección fija a través del conflicto. Este impulso se sostiene mediante un odio sostenido hacia figuras concretas o abstractas — padres, parejas, hijos, colegas, instituciones, el entorno social, otra etnia o el mundo en su conjunto — . El ciclo se autoalimenta: el odio engendra más resentimiento, el resentimiento reclama más odio, y así se perpetúa una dinámica que produce paranoia, aislamiento emocional, delirios de grandeza y una sensación de superioridad moral o existencial. Existen resentidos que permanecen en la mediocridad, murmurando y saboteando desde las sombras, y otros que logran victorias visibles, que dominan y acumulan poder; en ambos casos, la dependencia del conflicto externo mantiene al individuo en un estado de tensión perpetua. El resentimiento endurece el alma, bloquea la gratitud, impide la empatía genuina y convierte cualquier logro en una victoria hueca. Quien vive de él vende una parte esencial de sí mismo, pues la energía obtenida depende de destruir o denigrar al otro, y esa destrucción termina volviéndose contra el propio ser.
El miedo, en cambio, emerge como una respuesta natural e inevitable ante la incertidumbre, el fracaso, la pérdida, el ridículo y la muerte misma. Obaya lo considera el combustible auténtico cuando la voluntad de vivir lo atraviesa y lo refina. Este proceso de transmutación exige habitar el miedo en su crudeza, sin negarlo ni combatirlo de forma evasiva, permitiendo que su energía primal se integre al movimiento de la existencia. La voluntad actúa entonces como agente transformador, disolviendo las resistencias que convierten el miedo en parálisis y convirtiéndolo en vigor, una esencia vivificante que infunde al cuerpo y al espíritu con una intensidad limpia y expansiva.
Este vigor genera gratitud profunda por la fugacidad de todo lo que existe, una apreciación que arraiga el presente y dota de peso cada instante. De él brota un amor que afirma la vida en su vulnerabilidad expuesta, un amor ontológico que se manifiesta en la apertura al otro y al mundo sin pretensiones de posesión o control. El individuo aprende a fluir en el conflicto inherente de la existencia, integrando el sufrimiento como elemento que amplifica la profundidad vital en lugar de huir de él o romantizarlo. La trascendencia no consiste en superar la condición humana, sino en habitar plenamente el tránsito de las experiencias, en moverse con el flujo de lo efímero sin aferrarse a ilusiones de permanencia. El miedo, así transmutado, deja de ser amenaza para convertirse en el medio que sostiene una presencia auténtica, donde la vida se vive con mayor densidad y apertura.
Ambas vías coexisten en la experiencia humana como opciones permanentes. El resentimiento ofrece una potencia rápida y destructiva que puede llevar a logros externos impresionantes, pero que agota el interior y lo deja vacío de conexión verdadera. El miedo, cuando se transmuta mediante la voluntad, provee un combustible más sutil y duradero que eleva la existencia hacia una afirmación plena, donde la gratitud, el amor y la trascendencia emergen como frutos naturales de haber atravesado la fragilidad sin evasión. Obaya revela, en esta disección cruda, que el motor de la vida depende del material con el que se alimente: una elección que determina no solo la dirección del movimiento, sino la calidad y la profundidad de la presencia en el mundo. La voluntad de vivir, nutrida de manera consciente, transforma el conflicto en creación, la finitud en intensidad y la exposición en amor.