La inercia

Sobre la vida no decidida.

I.  La orientación invisible

Actuar desde una exterioridad impuesta e invisible, avanzar antes de haber cuestionado y metabolizado la propia acción, son los vectores fundamentales de la inercia. A través de ellos, el sujeto clausura su lucidez, entregándose a una vida que transcurre sin preguntarse desde dónde brota y hacia dónde está siendo dirigida.

Hay otra inercia anterior a la que hablaremos en este ensayo, una continuidad más antigua que cualquier mandato esférico. En La rebelión contra la naturaleza la llamé inercia biológica. La que aquí será discutida corresponde al plano de las formas humanas: ocurre cuando la mera permanencia de una forma decide la dirección de una existencia. Mencionamos esta inercia para advertir que reconocer las esferas cubre solo una parte del fenómeno: aun después de confrontar la inercia que obedece a nuestras formas, queda por confrontar esa otra continuidad que las precede. Distingamos, entonces, ambas inercias.

La tragedia del sujeto en inercia es que hace lo que se hace y desea lo que se desea. Obedece a una atmósfera. De ahí que se sienta libre mientras repite un guion recibido.

La atmósfera inercial obedece a la voz impersonal de la esfera. Es lo que parece evidente antes incluso de ser pensado, que simplemente se hace. Se persigue una existencia preconfigurada debido a la presión invisible de la esfera, que en su diseño ideológico establece los únicos horizontes habitables. La esfera sugiere en lugar de mandar, instaurando un orden inercial donde lo aceptado acríticamente se ve como necesario.

Al dejar de reconocerse su contingencia, la esfera se cristaliza. La inercia entonces se presenta como la continuidad práctica de una vida que reproduce esa orientación y la deja exenta de revisión efectiva. La mera permanencia difiere de la inercia, ya que un hacer intenso llega a sostenerse mediante una rutina elegida, y una esfera consciente de sus bordes llega a conservarse durante una existencia entera.

Además, la esfera ofrece un marco de posibilidades entre las cuales el sujeto elige y, al elegir, se siente autor de su dirección. Algunas prometen cambios profundos —cambiar de empleo, pareja o residencia—: transforman condiciones reales de existencia; aun así, conservan intacta la atmósfera que determina qué merece elegirse. El sujeto decide entre posibilidades antes de interrogar qué las hace deseables. Cambia de posición dentro del interior y confunde ese desplazamiento con haber decidido su rumbo.

La decisión propia se da ante la advertencia de la esfera en la que se está inmerso, reconociendo su contingencia. Exige metabolizar el abismo que esa advertencia abre: atravesar la insuficiencia de sus garantías hasta examinar también el criterio que orientaba la elección.

Entonces la pregunta recae sobre lo que sigue dirigiendo el movimiento; quedarse o marcharse cobran otra raíz. Incluso reconociendo la captura, elegir quedarse toma otra dimensión, pues la advertencia inaugura una posibilidad de transformación. La inercia, sin embargo, persiste después de esa elección, prolongándose en las prácticas que restituyen a la forma la autoridad que el pensamiento ya comenzó a retirarle.

La disposición a transformarse

La transformación, por ello, ocurre durante las nuevas prácticas y comienza en la advertencia racional. Habrá que evitar una exigencia imposible, pues nadie consigue advertir todos los mandatos que participan en su existencia. La observación también llega interpretada; se pregunta mediante una lengua recibida, desde distinciones aprendidas, bajo expectativas de procedencia todavía desconocida. Si cualquier determinación inadvertida bastara para confinar una vida entera en la inercia, ninguna criatura la abandonaría. Entonces hablamos de una disposición, la de descubrir esas determinaciones para que lo descubierto transforme la forma desde la cual se vive. La muerte llega, a menudo, antes de haber advertido todas nuestras esferas; muy diferente es que durante esa existencia algunas hayan perdido su autoridad, otras atravesadas, otras conservadas por decisión propia. Lo que quedó desconocido deja intacta la transformación acontecida, y esa transformación, implicación finita, consuma el arte de la plenitud.

Acumular títulos, por ejemplo, modifica destrezas reales, proporciona conocimientos, abre encuentros; esas travesías llegan, aun así, a quedar subordinadas al mandato de obtener otro título, otra certificación, otra prueba de que la existencia merece reconocimiento. El sujeto aprende mientras la dirección de su aprendizaje queda intacta. La inercia incorpora entonces la novedad como combustible: cambia cuanto resulta necesario para que lo que manda continúe mandando. La transformación que aquí importa destruye su apariencia de necesidad y deja recomponer una vida que ya no obedece del mismo modo; obliga a distinguir el cambio que reproduce una orientación del que alcanza a deshacerla.

No se trata de arrojar al fuego cada travesía. Se conservan destrezas, relaciones, haceres; se deshace la obligación de convertirlos en la justificación definitiva de quien los sostiene; se cambia la relación con ella; cede la necesidad de demostrar quien se es por una actividad y se le incluye, simplemente, a la existencia. La disposición intemperiante acepta ese costo, incluida la pérdida de una representación querida de sí. Su apertura se realiza cuando lo advertido consigue alterar lo que hará después.

Lo determinante radica en el origen interior del acto, con total independencia de su contenido exterior. La misma forma deriva en prisión o afirmación según haya sido atravesada o simplemente heredada. La familia es una decisión luminosa o una consecuencia impensada. La riqueza llega como consecuencia de la intensificación del hacer o como compensación del vacío. Incluso aquel que se retira lo hace ya sea por lucidez o por miedo al mundo. Nada queda purificado por su apariencia: dos vidas idénticas en su forma esconden raíces opuestas, y solo el sujeto sabe —si se atreve a saberlo— desde dónde habita la suya.

II.  La ventaja que decide por nosotros

La primera máscara de la vida inercial se esconde en el talento: hay sujetos para quienes el avance es pura facilidad. Ya sea por el favor del carisma natural, la belleza conveniente, la rapidez de la inteligencia, la destreza física o una posición heredada, estas facilidades iniciales abren un cauce tan fluido que eximen al sujeto de atravesar el abismo y decidir. Después de todo, la vida no se mueve en virtud de una decisión; su avance es el deslizamiento continuo por la pendiente de una ventaja.

El talento empuja; la decisión pertenece a un orden completamente distinto. Empuja con fuerza para fundar reconocimiento y producir recursos materiales; ese impulso genera, aun así, una sensación de éxito heredada que termina por estructurar la identidad de una vida entera antes de que el sujeto atraviese la pregunta por su propio hacer. A salvo de haber atravesado el abismo, de haberse elegido como un hacer propio y sostenido, ello queda integrado en una narración retrospectiva que fija la facilidad como inercia.

La belleza confunde el deseo recibido con una forma de vida. Esa ventaja no elegida abre las puertas del mundo, prodiga reconocimiento y poder, y habilita una vida en la superficie que deja intacta la pregunta por el propio hacer. La belleza, lo mismo que el talento, erige su propia esfera: al tiempo que abre puertas, su propia dinámica aplaza indefinidamente la intemperie. Mientras la ventaja dura, se confunde con una vocación; al caer, revela si había decisión o solo conveniencia.

Sin ese tránsito, incluso lo que se considera éxito termina siendo una forma de vida no decidida: una formulación preconcebida, genérica, de lo que una vida deseable debería parecer. Obtenerlo a través de una facilidad no elegida encierra al sujeto en lo que los demás esperan de él, haciendo del reconocimiento la jaula de la mirada ajena. Traicionarlo implicaría dejar caer esa imposición ideológica del éxito; aun así, el tránsito por la inercia de la belleza o del talento nubla la conciencia de que ese éxito nunca fue una decisión. Era apenas la posición favorable de una esfera que continuó por inercia.

III.  La supervivencia como cosmovisión

Hay que distinguir la inercia de la supervivencia. No todo acto condicionado por una exterioridad le pertenece. Existen necesidades inmediatas que no admiten demora. La supervivencia no es condenable como inercia, porque responde a una necesidad primaria antes que a un mandato simbólico. Sería injusto exigirle libertad abstracta a quien usa toda su energía para no caer. Bajo la inercia o fuera de ella, habrá que comer primero.

Aquel que no vive en esa precariedad primaria suele utilizar la supervivencia como justificación para vivir en la inercia; la supervivencia como principio organizador de la vida. Una vida que justifica sus movimientos en nombre de la supervivencia, que la convierte en ideología. El sujeto acciona bajo la convicción de que necesita más recursos para vivir mejor: ese vivir mejor nunca termina de llegar. Siempre falta algo; hay que asegurar un poco más. El sujeto inercial-superviviente no está sobreviviendo por precariedad: la supervivencia es su cosmovisión.

Una forma de inercia que ve el dinero como sustituto del ser. La decisión queda subordinada a la promesa de una seguridad futura que jamás termina de realizarse. Estudia lo que promete ingresos, se relaciona donde hay conveniencia. Más allá de la naturaleza intrínseca de esas cosas, de si abren o capturan, el conflicto surge al instituirse como criterio de orientación. Establecido el medio como criterio, el fin desaparece, y nadie nota su ausencia.

De ahí que no llegue la abundancia, pues esta parte de la decisión. Ocurre como consecuencia de un sujeto que, en contraste con la inercia, se encuentra en auturgia: el hacer elegido como dirección propia sostenido en intensificación. Los recursos llegan como consecuencia de una dirección interior; lo hacen en la medida necesaria para intensificar ese hacer; llegan como suficiencia. La esfera neoliberal invierte esta relación. Hace creer que primero debe llegar la abundancia material para que después aparezca la vida. Ocurre lo contrario, puesto que mientras más se organiza la existencia alrededor de la supervivencia ampliada, más se aleja el horizonte de la abundancia. La supervivencia convertida en fundamento no debe desaparecer. Si desapareciera, el sujeto perdería el motivo que sostiene su movimiento.

Paradójicamente, se dice perseguir la libertad mientras se evitan todas las condiciones que lo acercarían a ella. Oportunidades llegan y no las toma. Se sabotea, posterga, regresa una y otra vez a los mismos límites. Eso revela la falsedad de lo material como el problema rector. El sujeto inercial-superviviente tiene un problema existencial al colocar la supervivencia como motivo, dado que, si la supervivencia deja de serlo, la pregunta que le aterra responder es inevitable: ¿qué hacer después?

Sin un hacer elegido que otorgue dirección a la libertad, la libertad deviene insoportable. El sujeto necesita seguir corriendo, pues detenerse significaría enfrentar la ausencia de dirección. La carrera de la rata, más que una simple explicación económico-estructural, en este caso, se explica como defensa ontológica. Mantiene al sujeto ocupado para que no tenga que decidir, para no advertir que lo que llamaba mundo era apenas el cobijo esférico de su propia captura.

IV.  La dispersión de las posibilidades

Otra característica de la inercia —disfrazada de apertura— es vivir bajo la creencia de que toda oportunidad debe ser aprovechada, que el sujeto debe permanecer atento a tomar cualquier posibilidad. Rechazar una oportunidad se considera una forma de torpeza. Esta lógica sigue perteneciendo a la inercia. El valor de una oportunidad depende de la relación que mantiene con el hacer elegido. Una vida decidida se pregunta antes si esa oportunidad intensifica su hacer o lo aleja de él.

De ahí que quien vive desde una decisión rechace lo que otros considerarían extraordinario. El dinero y el reconocimiento —imperativos irrechazables bajo la lógica esférica neoliberal— carecen de valor para quien ha decidido su hacer si piden a cambio abandonar la dirección elegida. La inercia del rendimiento opera a la inversa: como carece de rumbo interior, necesita apropiarse de toda posibilidad que aparezca, acumulando oportunidades como quien acumula recursos, para terminar dispersándose en ellas. La obsesión por aprovechar todo revela, paradójicamente, la ausencia de una decisión previa: solo quien no sabe qué busca necesita perseguir todo lo que encuentra.

La decisión es selectiva. La inercia es acumulativa.

Una vida decidida suele parecer más limitada desde fuera en la medida en que renuncia a innumerables caminos posibles; precisamente gracias a esas renuncias, esa existencia logra condensarse. La inercia, en cambio, se dispersa en una multiplicidad de posibilidades que jamás fulguran y, por consiguiente, tampoco transforman; se mantienen inertes. No toda oportunidad debe aprovecharse. La cuestión radica en identificar cuáles pertenecen verdaderamente a la dirección que el sujeto ha decidido habitar.

V. La pasión y su representación

Otra máscara difícil de reconocer, por ser la que mejor imita al sujeto en auturgia, es la pasión falsa. Estamos ante un hacer que reproduce los signos de la pasión, una simulación que usurpa el lugar de una dirección propia durante sus momentos de flaqueza. Quien se encuentra en auturgia no necesita ser comprendido para sostener su hacer. Años dedicados a representar una pasión que nunca llegó a metabolizarse como dirección propia dejan todavía en la inercia.

Lo falso radica menos en el origen cronológico del deseo —pues casi toda pasión recibe materiales de la exterioridad— que en el principio que termina sosteniéndolo. La pasión cobra carácter propio cuando el sujeto la metaboliza y la sostiene con testigos o en soledad. La pasión falsa, en cambio, requiere la mirada de la exterioridad: el acto busca justificarse ante los otros, ante un colectivo o incluso ante una imagen mental. El reconocimiento como condición, en lugar de una posible consecuencia. Despojado de esa mirada, el hacer se vacía al carecer de una raíz interior que lo sostenga.

Encontrar en una práctica un hacer propio, entrar por fascinación, aprender a percibir diferencias antes invisibles; un deseo verdadero que llega a perder solo después su dirección; cuando conservar esa posición pasa a gobernar la práctica. En La única opción, el protagonista no necesitaba haber fingido su amor por la industria del papel para quedar preso de ella: la aportación que realizó fue real; la distinción recibida terminó sirviéndole como prueba permanente de quién era. Recibir un premio y alcanzar una posición no son el problema: nada obliga a rechazarlos. Su hacer siguió moviéndose alrededor de una identidad necesitada de actualización aun cuando el mundo que la reconocía había cambiado. La inercia nace, por tanto, después de una decisión auténtica. Ninguna elección queda decidida para siempre y hasta las obsesiones que abren mundo terminan cerrándose sobre la imagen de quien la cultiva.

Inclinaciones genuinas también llegan a quedar capturadas por la representación que el sujeto construye alrededor; no toda pasión sometida a la inercia es necesariamente falsa. El hacer, inicialmente experimentado como una expansión de la vida, termina subordinado a la necesidad de ser alguien. En Un poeta, no dudamos que Óscar ame verdaderamente la poesía; aunque progresivamente la somete a la exigencia de reconocerse como poeta, haciendo de la identidad algo más importante que el propio ejercicio que habría de sostenerla. La pasión queda al servicio de su representación; cerrada por la perpetuación de la imagen de sí mismo.

A menudo esa falsedad encubre el miedo a la pasión verdadera, pues entregarse de veras a un hacer propio exige atravesar el abismo y arriesgarse sin garantía de reconocimiento. La pasión falsa se instala en la superficie segura de lo que otorga identidad ante los otros: concede pertenencia y cubre el hueco de una vida que por dentro no termina de sentirse como propia. El apego a dicha pasión se sostiene por su función de escudo, pues soltarla implicaría quedar desprotegido ante la pregunta por el propio deseo y ante el pánico de la parálisis.

La pasión falsa ocupa a menudo la casilla contigua: el que monta los escenarios desea ser quien canta sobre ellos; el que elige y cuelga pinturas ajenas en la galería desea ser quien pinta. No hay falsedad inherente en montar un escenario o curar una exposición; ambos haceres constituyen auturgias verdaderas; la falsedad surge cuando la posición adyacente se utiliza como sustituto del hacer que realmente atrae al sujeto. Al habitar la misma industria y tocar el mismo arte, la máscara alcanza su máxima eficacia, tanto para los demás como para uno mismo. La cercanía es la coartada perfecta: hace habitable el mundo del propio deseo, ahorra el precio de exponerse intentándolo y obtiene pertenencia librada de todo riesgo.

La elección de ese lugar suele responder a motivaciones materiales. El sujeto comenzó buscando sobrevivir y su hacer propio lo atemorizó precisamente por su ambigüedad económica. La decisión autúrgica compromete la seguridad material: su verdad es independiente de esa garantía; la incertidumbre que trae consigo pertenece a las contingencias que la auturgia deberá metabolizar, antes que a su prueba de verdad. Atreverse al hacer elegido significa aceptar su falta de garantías. Refugiarse permanentemente en el puesto estable situado junto al hacer atrayente —tocarlo manteniéndose a resguardo de él— se convierte así en una de las formas más limpias de no decidir: posee toda la apariencia de la entrega y nada de su abismo.

No confundamos esto con la pausa legítima. Se habita lo secundario cuando la necesidad es real y no admite espera. Ese espacio, como cualquier forma de generar recursos, no constituye por sí mismo el problema, siempre que la dirección del hacer autúrgico permanezca clara. Quien la conserva no convierte la supervivencia en dirección: resuelta la urgencia, devuelve al hacer elegido su centralidad. Ante las interrupciones materiales, la auturgia persiste y avanza en el repliegue, resguardándose hasta recuperar su intensidad una vez disipada la urgencia. Ahí radica la diferencia. La inercia se consolida cuando la pausa se transforma en un estado permanente por pura deriva.

VI. Los refugios del fracaso

El fracaso como prueba de valor

Desde fuera, la pasión falsa imita la intensidad autúrgica con idéntico fervor. Mientras llega la recompensa externa, ambas parecen lo mismo; solo se distinguen en la caída. Cuando el hacer queda privado de la mirada ajena, lo que continúa conserva densidad autúrgica, en contraste con el simulacro que se apaga al perder su función de refugio.

La pasión falsa tiene un recurso más, que se despliega justo cuando la caída ya ha ocurrido: la transformación del fracaso en prueba de valor.

Hay que aclarar el fracaso del que se habla, porque no es el que se ve desde fuera. No es pasar desapercibido, ni siquiera el fracaso material: quien estuviera en la supervivencia primaria no estaría en la inercia, de modo que este sujeto no carece de lo necesario. Su fracaso es interno. Es una falta de plenitud que se irradia y que los demás, a lo sumo, suponen; solo es verdadera desde dentro. Nadie lo dictamina desde afuera; no hay tribunal externo que lo establezca. El sujeto es el único que sabe que eso que hace no lo intensifica.

Por eso es, en sentido estricto, un autoengaño. Mientras se vive en inercia desde la ignorancia, el sujeto no sufre lo que no ve. Este sabe —de algún modo siempre sabe— y permanece igual. Saber y no moverse convierte la inercia en autotortura. Entonces la intensificación del fracaso cumple la función de flagelarse. Da la falsa sensación de la intensificación autúrgica, cuando en realidad es castigo. El sujeto se castiga por su propia cobardía, por no atreverse, por la culpa de saber y postergar indefinidamente la aceptación. Hace de su encierro una penitencia y confunde la penitencia con entrega.

La forma más común de ese castigo es la del incomprendido: el mundo no lo entiende, su hacer resulta excesivo para los demás. El error se profundiza mediante un mayor enclaustramiento que intensifica el artificio, convirtiendo cada rechazo en el combustible que convalida la narración interna; el fracaso muta así en su medalla. Se consolida una intensidad carente de dirección, nacida de una herida necesitada de justificaciones para evitar el encuentro con el miedo a la aceptación.

En Un poeta, de Simón Mesa Soto, Óscar ha convertido su fracaso en el último refugio de su identidad. Vive bajo la representación del poeta incomprendido, de una sensibilidad demasiado elevada para una sociedad que no alcanza a reconocerla; cada rechazo confirma la excepcionalidad que se atribuye y los infortunios alimentan la narración de una existencia sacrificada al arte. Ha conseguido que su sufrimiento testimonie lo que su obra no ha logrado demostrar. Su inercia consiste precisamente en la necesidad de continuar fracasando bajo los mismos términos, pues abandonar esa representación significaría exponerse a una pregunta mucho más dolorosa: ¿y si no fuera el mundo el que le ha impedido realizarse, sino él mismo quien ha convertido su aspiración en una forma de evitar el verdadero encuentro con su hacer? La poesía, que guardaba la promesa de abrirle un mundo, termina reducida a la servidumbre de una identidad que necesita ser defendida. Escribir únicamente por el impulso de hacerlo ha quedado en segundo plano ante la necesidad de ser el poeta, incluso cuando esa necesidad lo aleja de la poesía.

En su poema final, suplica que no se pierda la fe en ese «poeta triste» que intenta escribir un poema feliz. Incluso en ese intento de abandonar la tristeza, necesita primero reconocerse en ella. La felicidad, una promesa para después mientras que el sufrimiento conserva su función identitaria. Acaso el poema anuncie una primera conciencia de su encierro, pero también deja ver la dificultad de abandonarlo: hasta para imaginarse feliz, Óscar necesita comenzar por representarse como el poeta triste. La figura del incomprendido transforma la frustración en excepcionalidad y llama fidelidad a lo que acaso no sea más que el miedo de quien ya no sabe representarse sin la máscara que lo representa.

Heme aquí, un hombre anticuado dinosaurio, portador de agravios, merecedor de condenas, frágil soñador, mas no pierdan su fe en este poeta triste que está intentando escribir un poema feliz.
La pertenencia que anestesia

Ahora bien, la otra forma es más blanda y más difícil de ver, ya que se sustenta en una aparente compañía: el sujeto apoya su fracaso en el aplauso de un grupo pequeño que le otorga pertenencia. Vive inmerso en un espacio de mera simpatía, un reducto donde le ríen las ocurrencias, le reservan un sitio y lo quieren; pero ese afecto queda atado a que siga siendo el mismo, a que no incomode. Queda así preso de la complacencia, inhabilitado para arriesgarse a la confrontación que lo transformaría, pues ello haría temblar el único escenario donde funciona. El grupo como anestesia. Amortigua el fracaso en lugar de revelarlo.

Lo único que movilizaría a esta otra forma blanda es el contraste, lo que precisamente el grupo difumina, pues las transformaciones exigen el encuentro con algo que resista: una mirada que señale la distancia entre lo que se representa y lo que se es. La mirada ajena no reúne la autoridad para determinar la verdad interior del sujeto; sí llega a aportar la resistencia que su representación evita. La sensibilidad contemporánea, pese a ello, ha vuelto sospechoso todo contraste: en nombre de no herir, suspende la confrontación y tolera lo falso en lugar de ponerlo a prueba. La compasión que elimina cualquier resistencia cree proteger; deja, en cambio, al sujeto intacto en su evasión, privado del roce que habría podido templarlo. La posibilidad del ridículo forma parte de toda exposición autúrgica; ausente ese riesgo, la máscara jamás necesita demostrar que es algo más que una máscara.

El grupo complaciente, además, nivela. Repele lo que sobresale: tanto el talento como la auturgia incomodan a quien encuentra su lugar en el cobijo común. Los integrantes de un grupo complaciente no aceptan de buen grado al que sigue un camino más allá de ese amparo compartido, a quien se sostiene desde su propio hacer y extrae de él una dirección. Ante esa presión, el sujeto inercial se disminuye para encajar; se recorta, se atenúa, paga con su estatura el precio de pertenecer. Carece de defensa, dado que nada lo sostiene desde dentro. El que está en auturgia, en cambio, no se disminuye para complacer: la metabolización de su hacer lo sostiene; se marcha indemne a la pérdida de pertenencia. La diferencia entre disminuirse y marcharse es la diferencia entre quien necesita al grupo para conservar su representación y el que ha encontrado dirección en su hacer. Esto no significa que deba caminar en soledad. Aquel que se encuentra en auturgia encuentra a menudo otros que lo retan y se dejan retar por él. De ese encuentro nace un grupo que, a diferencia del complaciente, incomoda e intensifica, aunque casi siempre reúna a pocos.

La trayectoria estancada

Al no caer, se cobra en lo único que no se recupera. Sucede a menudo que el sujeto habita ese estado durante años, alcanzando una claridad total sobre su situación y, aun así, permaneciendo inmóvil; la inversión ha sido demasiada. Cambiar significaría declarar perdida toda una trayectoria, y la trayectoria pesa más que la verdad. Lo sostiene, además, una promesa: la ilusión de que si insiste, lo logrará. La esperanza llega como el consuelo que justifica seguir gastando una continuidad que se paga con años, y los años tienen un límite que no negocia.

Al final, la promesa nunca termina de cumplirse y cada año que pasa la desmiente un poco más. El autoengaño cede paulatinamente, vencido por el desgaste del tiempo antes que por un despertar de la consciencia. Al ceder, el sujeto descubre que cierto horizonte autúrgico se ha cerrado. El acto permanece disponible mientras dura la vida; no toda trayectoria, aun así, conserva las condiciones necesarias para su condensación. Cada auturgia exige una duración, un cuerpo y una ocasión. La auturgia jamás garantiza la fulguración; toda fulguración necesita tiempo, y el tiempo llega a ser insuficiente. Fingir que todas las direcciones siguen intactas constituye la última versión del mismo escondite.

La trayectoria estancada es una deuda que se paga continuando, hasta que no queda con qué pagarla.

VII. La sedación de la abundancia material

Hay un reverso de todo esto, y es la máscara que se sostiene en el éxito material. Este sujeto aparentemente sí lo logró. Le va bien. Tiene los objetos y las comodidades, y en la esfera neoliberal eso le granjea el reconocimiento de los otros. Detrás del resultado se encuentra la auturgia o se esconde la inercia; una mirada lúcida se niega a inferir la existencia de una decisión a partir de la abundancia material. A este sujeto no lo inmoviliza el fracaso. Lo inmoviliza precisamente que el dinero sigue llegando.

El éxito material funciona como sedante. Las comodidades amortiguan justo lo suficiente para que el vacío no apriete del todo; nunca lo bastante para llenarlo. El sujeto queda hueco bajo una superficie que, ante la mirada de la esfera, simula plenitud. Mientras al fracasado lo empuja la falta, a éste lo retiene la abundancia: no tiene por qué moverse, nada parece faltarle salvo lo único que importa. De ahí que sea la inercia más difícil de romper: no hay caída que la delate ni carencia que la denuncie. Solo el vacío sostenido, sedado por lo mismo que lo perpetúa.

Llegados aquí, es necesario deshacer un malentendido. Ninguna de estas máscaras condena lo que la sostiene. La belleza, el talento, los recursos, el reconocimiento y el grupo: nada de eso constituye inercia por sí mismo. Es posible reunir varios o incluso todos esos elementos y estar en auturgia. Lo determinante es la función que cumplen: si intensifican el hacer o si actúan como mecanismos de ceguera que excusan la ausencia de decisión. La misma ventaja es cauce o refugio, según el caso.

VIII. El yo como cautiverio

Queda la máscara que no se refugia en nada exterior. No utiliza el talento, el dinero ni el grupo: utiliza el propio yo. Es el sujeto en quien la auturgia ha sido capturada por la representación. Se entrega con intensidad genuina a un hacer, y ese hacer es la construcción de su propia imagen. La intensidad es verdadera; lo que se ha clausurado es su dirección.

Hay que distinguir aquí dos sentidos del Yo. Está el Yo vivido: la conciencia situada de la propia finitud y, por consiguiente, la tensión que abre el abismo y mantiene abierta la pregunta. Toda auturgia comienza desde ese Yo, pues es la única conciencia desde la que pensamos y decidimos. Y está el yo representado: la personalidad convertida en imagen y autoimagen, la autocomplacencia, la sublimación de sí mediante la propia inteligencia, apariencia o fuerza. El yo como proyecto de representación. La auturgia se realiza desde el primero; el narcisismo captura el hacer para construir el segundo.

La diferencia es de raíz. La auturgia parte del Yo; no convierte la representación del yo en su finalidad. El narcisista invierte esta relación: hace de cada acto un pedestal para su persona, de modo que toda intensidad regresa a engrandecer la imagen. No explora el abismo: se explora a sí mismo con complacencia. Como todo centro consciente, el Yo tiende a preservarse; el narcisismo convierte esa tendencia en proyecto. La exaltación de la propia imagen es el sedante perfecto contra la finitud. Cuanto más se admira el sujeto, menos siente el temblor de acabarse.

La auturgia capturada deviene así una inercia de segundo orden. Su movimiento es real; aunque orbita alrededor de una imagen ya inmodificable. Vivir el Yo con verdadera intensidad comporta sostener su miedo y rechazar la ilusión de engrandecer su representación: implica mantener presente la finitud y crear atravesándola. Ese hacer atravesado por el abismo es la auturgia. La autocomplacencia hace lo contrario: anestesia la finitud para evitar mirarla. El narcisista decora el abismo con su propia figura. Su energía retorna a la imagen, y hasta lo que logra salir de él es obligado a regresar como reconocimiento. Subsiste acaso un objeto —incluso una gran obra—; pero para el sujeto funciona como un monumento funerario erigido de antemano a ese yo: el cenotafio de su autocomplacencia.

La intensificación verdadera se distingue de la representación narcisista porque deja destrezas transferibles. Haber consolidado una presencia hasta sus últimas consecuencias impide que la caída de una forma destruya por completo al sujeto: persisten en su sensibilidad el ritmo y el temple necesarios para encarar otro límite. Mientras esa intensidad se despliega hacia un nuevo hacer, quien dependía de su representación queda condenado a la nostalgia cuando la imagen deja de sostenerlo. La intensificación deja mundo; la inercia, al caer, deja únicamente pérdida.

IX. Las capturas de la lucidez

La tentación luciferina

El sujeto observa, investiga, desmonta; encuentra una insuficiencia en cada respuesta y busca aclaraciones antes de comprometerse con alguna forma. Preguntar mucho deja intacta, por sí solo, otra posibilidad de inercia: la que mantiene la pregunta abierta; nunca se detiene a jugar. De ahí que esta forma se camufle con la expansión de mundo intemperiante. Parece estar expandiendo su mundo, parece impedir que alguna esfera lo engañe, pretende mantenerse en una apertura constante; si esa supuesta expansión nunca se entrega a experimentar lo que descubre, comienza a girar sobre sí misma. La verdadera expansión incluye la experiencia de vivir, y esa experiencia exige jugar ante la incertidumbre que abre la pregunta.

La expansión de mundo no consiste en revelarlo todo; consiste en fijar lo infijable, como desarrollé en La rebelión contra la naturaleza: sostener el abismo en tanto abismo, conservar abierta la incertidumbre constitutiva del Yo, libre de la exigencia de que ninguna forma la resuelva definitivamente. Fijar el fondo como apertura abre paso a decidir formas, habitarlas, experimentar sus posibilidades; reconocer que su insuficiencia es parte de la condición misma de nuestra existencia. Si esa insuficiencia se convierte en una prohibición de entregarse, se cae en la tentación luciferina. El intemperiante reconoce los bordes y juega dentro de ellos, dispuesto a que la experiencia transforme también la mirada que los había advertido.

Cierto es que la investigación transforma. Investigar constituye un hacer propio, una entrega autúrgica mediante la cual la criatura expande su sensibilidad y descubre regiones antes imperceptibles. La investigación cobra carácter inercial al quedar sometida a la exigencia de esclarecerlo todo antes de vivir, cuando cada descubrimiento justifica aplazar una entrega y cada incertidumbre ilegitima cualquier comienzo. Se vive tratando de explicar la vida y, en ese intento, se posterga lo que la explicación debía dejar experimentar. La criatura conserva todas sus posibilidades porque ninguna ha debido pagar todavía el precio de realizarse.

Esta es la lucidez que pierde el ritmo entre conocer y habitar, la que descomprime las ficciones hasta impedirse experimentar lo que esas mismas ficciones harían emerger; su conciencia de que fueron construidas termina privándolas de toda dignidad de experiencia. Continúa buscando una realidad suficientemente firme para merecer su entrega. Su movimiento es intelectualmente fértil mientras mantiene intacta la orientación que organiza su existencia. La pregunta ha encontrado una forma de no exponerse.

La finitud como regalo

A esta captura la he llamado la tentación luciferina. En Lucifer y el juego puro desplegamos una mística del fondo; dejaré aquí una parte de ella. Dentro de esa figuración, Lucifer es la primera voluntad que configura un mundo desde la implicación del juego puro y pretende conservar sobre lo creado un saber y una soberanía absolutos. Todo debe quedar comprendido dentro de su decisión. Ahí comienza su condena: toda sorpresa compromete la totalidad que reclama. Lo creado, ante él, es evidencia de su construcción, y esa evidencia le impide entregarse a su experiencia. Lucifer, en su creación, advierte siempre su artificio; no le concede realidad a lo que, por haber sido creado, juzga insuficiente. Vive condenado a la falsedad que atribuye a su propio mundo.

Las criaturas frágiles y finitas, formas mediante las cuales la implicación del juego puro se despliega, reciben algo que esa soberanía desconoce: una experiencia las alcanza antes de que consigan explicarla. Ignoran lo que ocurrirá, encuentran algo que excede su anticipación, se entregan a una forma antes de haber agotado sus posibilidades. Su límite hace que la realidad acontezca como descubrimiento. Caer, como criatura finita, en la tentación luciferina es fantasear con una soberanía que no nos pertenece y olvidar el regalo de lo finito: la posibilidad de que algo todavía nos ocurra.

Para nosotros, perseguir esa lucidez absoluta es asumir una condena ajena. Una condena que invierte la que creíamos verdadera: tememos la finitud, mientras imaginamos como liberación una existencia eterna, determinada y conocedora de todo. Una existencia así perdería la posibilidad de encontrarse con algo que no estuviera ya comprendido en ella; no lograría entrar en una ficción para experimentarla con la devoción de quien sabe que su tiempo termina. Lo que llamábamos liberación se revela como abismo de la determinación.

La inercia luciferina se instala, entonces, cuando la observación pierde su vínculo con la intensificación. Habrá que advertir si el conocimiento está abriendo posibilidades de existencia o si se ha convertido en la condición interminable que impide ensayarlas. La criatura finita necesita decidir entre cosas que nunca conseguirá esclarecer por completo. Habita una ficción consciente de sus bordes, experimenta su potencia y regresa después sobre ella. La experiencia también proporciona algo que la observación anterior desconocía.

La captura satánica

Satanás, en nuestra mística, es una transmutación de Lucifer, que surge de esa inversión de las condenas. La lucidez cobra poder y empieza a administrar el miedo de los demás a la finitud. Institucionaliza una certeza, ofrece una promesa que dispense de soportar la pregunta; convierte la necesidad de cobijo en una exigencia de obediencia. El movimiento luciferino se desmonta por carecer de fundamento absoluto; el satánico se impone como si lo poseyera.

La inercia satánica construye formas, les impregna autoridad e impide que sus habitantes las interroguen. Su verdad debe conservarse; quienes revelan sus bordes pasan a ser ingratos o enemigos. El sujeto continúa pensando y modificando sus procedimientos al responder con inteligencia a las amenazas. Esa actividad queda organizada alrededor de una forma sustraída al examen: cada modificación debe garantizar que el fundamento permanezca.

Dentro de nuestra figuración mística, Lucifer, que no logra jugar su creación, comienza a exigir que se le adore en ella. Ahí surge Satanás: ofrece promesas exteriores para sedar la angustia de la finitud, dispone recompensas y castigos, administra satisfacciones que terminan por dispensar de la pregunta. Cabe el placer, la penitencia, cabe la promesa de pureza; todos se ponen al servicio de una misma clausura y todos exigen que la criatura entregue la posibilidad de interrogar la forma que le concede alivio.

Quienes caen en ese movimiento velan su vida de manera distinta al lúcido luciferino. El poderoso absolutiza un fundamento y lo institucionaliza; el súbdito clausura la pregunta y adopta la verdad de esa institución, de esa iglesia, de ese orden. Para uno, la forma garantiza dominio; para el otro, protección frente a una incertidumbre que teme habitar. Ambos contribuyen a conservarla y ambos quedan sujetos a su continuidad.

El poderoso, al cancelar la pregunta de los otros, retira también una posibilidad de transformación propia. Deja de recibir lo que sus interlocutores le muestran y administra lo que les concede devolverle. El poder fabrica alrededor de sí una confirmación; necesita que los demás continúen creyendo la interpretación que les impuso para evitar encontrarse con su insuficiencia. Su inercia se propaga como obediencia y vuelve contra él convertida en aislamiento. El súbdito, mientras tanto, termina subordinando su existencia a la reproducción de una forma sustraída a su propio examen. Vive dentro de ella, siente y encuentra vínculos; incluso esas experiencias llegan a ser utilizadas para impedirle advertir el mandato que las organiza.

El lúcido luciferino y el poderoso satánico se repelen y, al mismo tiempo, encuentran una proximidad que ambos desconocen. El lúcido desmonta las certezas del poderoso, intenta restarle autoridad para despertar a sus súbditos; aunque simultáneamente mire con desdén a esos súbditos que encuentran cobijo en lo que él ya consiguió descomprimir. Su crítica del dominio convive entonces con una altura desde donde juzga que los demás no alcanzan a soportar lo que él sabe.

El conocimiento proporciona medios para intervenir sobre las vidas ajenas; deja intacta la dificultad de habitar la propia. Si esa lucidez cobra poder, la distancia se convierte en autoridad. Quien no sabe jugar termina administrando lo que considera tolerable para los que sí juegan. Transmuta en Satanás cuando se concede el derecho de decidir qué deben creer esos juzgados como necios, débiles, ignorantes… Su saber justifica una excepción para sí y una obediencia para los otros. El tránsito sigue abierto y también advierte esa tentación, transformando su relación con el poder.

La divinidad y el juego intemperiante

Lucifer deshace las formas antes de concederse tiempo para habitarlas; Satanás obliga a habitarlas impidiendo que se deshagan. Entre ambos, la divinidad nombra aquí una construcción que se sabe finita y coanima intensamente, exenta de reclamar autoridad última. Su carácter intemperiante reside en esa posibilidad de entregarse: hacer que algo ocurra dejando intacto cuanto todavía queda por suceder.

El intemperiante explora mediante el pensamiento y mediante la experiencia, abierto a que ambos se alteren. Intelectualiza y se detiene a habitar lo que todavía no consigue esclarecer. Regresa después sobre lo vivido, porque la entrega también revela. Esa exploración impide que la lucidez se convierta en una prohibición de jugar; la observación impide que el juego quede sometido a una autoridad incuestionable. Mantiene el ritmo entre preguntar, decidir y experimentar, impidiendo que ninguno de esos momentos agote a los demás.

El intemperiante juega la vida dispuesto a que la experiencia transforme incluso lo que creía saber del juego.

X. Ante la vida decidida

La vida ajena como amenaza

La inercia se delata cuando el sujeto necesita justificar lo que nunca decidió. Bajo ese estado reacciona a la defensiva y desea que fracase, según los criterios de su esfera cristalizada, cualquiera que con su vida amenace con exponerlo; necesita el fallo ajeno para confirmar que su renuncia era necesaria y llamar madurez a su obediencia. Aunque la captura ya está presente desde la necesidad de medir al otro bajo esos criterios. Lo que en realidad le perturba desborda lo que entiende como éxito o fracaso: es la sospecha de que exista una vida libre de los mismos mandatos que sostienen la suya.

Basta que el otro persista, sostenga su hacer y resista la devolución dócil a la lógica de la captura para que la vida inercial quede expuesta como captura disfrazada de necesidad.

Una vida elegida no se defiende con tanta ansiedad. La metabolización propicia que la forma de existencia se vea cuestionada y perviva. Una vida decidida no depende de que el mundo la valide. En cambio, el que vive desde la inercia necesita que su esfera parezca necesaria: reviste de responsabilidad lo que en el fondo es solo el automatismo de su trabajo y su renuncia. Lo hace por temor a descubrir que su vida guardaba otras direcciones posibles, que nadie decidirá en su lugar y que, ante el margen del que disponía, fue él quien renunció a decidir.

Así la inercia convierte la costumbre en ontología. El sujeto inercial despliega una transmutación retrospectiva al reescribir los accidentes del entorno como centros incuestionables, rebautizando el miedo como prudencia y la mera adaptación como lo correcto. El sujeto, atrapado en una forma, necesita además sacralizarla para no sentir el temblor de no haberla elegido. La sacralización es la cicatriz de la decisión ausente.

La rebeldía que necesita un adversario

La inercia también se presenta como rebeldía que, por contraponerse a una esfera, termina necesitando de esa oposición para sostener su identidad. El rebelde hereda, imita, ritualiza la inconformidad tanto que deviene en otra forma de obediencia, con sus propios mandatos y figuras de reconocimiento. Su aparente emancipación continúa determinada por lo mismo de lo que pretende emanciparse; necesita conservar al adversario, pues su desaparición lo enfrentaría al vacío de no saber quién es fuera de esa oposición. Óscar, en Un poeta, rechaza la normalidad que lo excluye; se refugia en otra, la del poeta incomprendido: su excepcionalidad requiere de un mundo que supuestamente no alcanza a reconocerla. Su rebeldía ha dejado de abrir posibilidades para convertirse en una forma de estancamiento.

De lo recibido a lo decidido

La vida no se compone únicamente de decisiones. Hay acontecimientos que irrumpen desde fuera y que ningún sujeto controla. Hay accidentes, enfermedades, muerte, hay abismo. Pertenecen a la existencia. El abismo es la constatación de que habitamos una realidad atravesada por contingencias que jamás terminaremos de dominar. Por ello la inercia no consiste en que nos ocurran cosas.

La inercia consiste en abdicar de la decisión frente a lo que ocurre.

Nadie decide las circunstancias que recibe; la decisión comienza en la relación que establece con ellas: el acontecimiento deviene explicación de la propia vida o material para seguir construyéndola. La inercia toma la herida y la convierte en identidad, haciendo de la pérdida y el fracaso destino y sentencia; a partir de entonces, la existencia se justifica en lugar de decidirse, girando enteramente alrededor de una explicación. Frente a la realidad del dolor y la tragedia, la vida decidida se yergue para negarles la última palabra. El acontecimiento pertenece al mundo; la respuesta, al sujeto.

La inercia comienza cuando dejamos de distinguir entre lo que nos ocurrió y lo que decidimos hacer con ello.

La intemperie incomoda, puesto que revela que ninguna esfera es total y que ninguna circunstancia agota el horizonte de una vida. Basta entonces con que el sujeto inercial conviva con una vida decidida para que sus justificaciones se resquebrajen: la presencia de esa otra vida introduce la sospecha de que lo que parecía estabilidad era apenas el alivio de no tener que decidir.

Se reconoce también una actividad frenética enteramente inercial: un hacer voluminoso, que construye y produce en demasía, privado de toda decisión. Bajo este impulso, el sujeto corre ignorando si esa velocidad le pertenece, agotándose en el sostenimiento de una vida que jamás pasó por el fuego de su propia conciencia.

Decidir significa llevar lo recibido al fuego de una metabolización interior: hacer pasar la forma por un proceso de intensificación que nada ni nadie manda, hasta convertirla en afirmación. La decisión exige ver la esfera para elegir con lucidez el quedarse o el irse. Una esfera elegida sigue siendo una esfera, solo que sus barrotes han dejado de ser invisibles; el sujeto ya no necesita creer que ese territorio agota lo real. La vive relativizándola; la sostiene libre de quedar sostenido por ella.

Después de la supervivencia

La cultura contemporánea parece aproximarse a un horizonte semejante. La energía del ser humano se ha organizado alrededor de una supervivencia ampliada, volcada por entero hacia el imperativo de la maximización y la erradicación de la incertidumbre; hoy, la automatización comienza a retirar ese antiguo pretexto. Si la técnica resuelve una parte creciente de las necesidades materiales, tanto el individuo como la civilización entera quedan expuestos a la pregunta que habían postergado: ¿qué hacer cuando sobrevivir deja de ser el centro?

La automatización le quita nuevamente el telón al abismo. Retira el horizonte absoluto de la supervivencia y deja expuesta la pobreza de una humanidad que confundió movimiento con sentido. Sin una dirección metabolizada, la liberación del trabajo aparece como pánico. Cesada la prisa, cuando la supervivencia deja de organizar la totalidad de la existencia, la vida queda desnuda ante un ¿para qué?

La inercia es la vida no decidida; la intemperie, la disposición que emerge al comprender que ningún orden externo reemplaza el acto de decidir. Mientras la primera se resigna a una existencia heredada o impuesta, la intemperie interroga: «¿qué harás con ella?». Esa pregunta desestabiliza más que cualquier crítica, al no discutir con la esfera ni con el acontecimiento, retirando de golpe su apariencia de necesidad.

La decisión no promete eliminar el sufrimiento; al menos se sabe por qué se sufre: quien decide continúa expuesto al miedo y al dolor, con la certeza de que ese padecimiento no procede de haber renunciado a su propio hacer. Suspendida en el mismo abismo, la vida inerte padece el terror que este le provoca y la frustración de haber organizado su existencia para evitarlo; confundidas ambas heridas en un mismo malestar, la frustración se amplifica conforme la edad avanza.

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