I
En el apartado III de La intemperie II, «El segundo polo«, contemplábamos al astronauta como figura del posible segundo polo ausente: un sujeto obligado a transportar consigo, capa sobre capa, la reconstrucción técnica de las condiciones terrestres que su cuerpo necesita para seguir existiendo. Ahí quedaban al descubierto las condiciones materiales indispensables para que la criatura siga refractando mundo; se hacía visible así una dimensión que en la Tierra suele permanecer inadvertida.
Ahora, si llevamos ese ejemplo hasta la articulación de una colonia planetaria, el traje individual pasaría a albergar un interior mínimo, cada módulo erigiría una atmósfera compartida y los distintos hábitats articularían una espuma técnica sostenida por su infraestructura. Una avería tornaría ostensible la pared que, mientras funcionaba, se olvidaba con facilidad; la intemperie extraterrestre entablaría un asedio ininterrumpido sobre sus membranas.
La infraestructura, sin embargo, pronto abandonaría su condición de objeto exterior en contemplación constante por sus habitantes. El astronauta experimentado dejaría de advertir cada operación del traje como una instrucción separada; aprendería a desplazarse mediante él y este comenzaría a presentarse como posibilidad inmediata en su orientación.
En los términos de La intemperie II, el hábitat técnico reconfiguraría el Umwelt singular de sus habitantes. La tecno-naturaleza rodearía sus cuerpos e intervendría, más profundamente, en lo que logran hacer. Mientras funcione, la producción artificial de la atmósfera se replegaría hacia el fondo de la experiencia, como en la Tierra se retiran el oxígeno o la presión atmosférica. La avería devolvería de pronto a la percepción lo que el hábito había habituado a ser mundo.
La membrana alcanza su mayor eficacia cuando deja de aparecer como membrana.
II
Esto abre otra pregunta: en una condición extraplanetaria como la aquí planteada, ¿cabe la posibilidad de que la intemperie ontológica quede relegada por la intemperie física del planeta extraño? La amenaza exterior ofrecería una evasión eficaz del conflicto existencial que produce esferas: la incertidumbre informe cobraría forma en las diversas amenazas posibles; la carencia de oxígeno, la presión, las oscilaciones térmicas extremas, la radiación, etc. Ante la posibilidad inmediata de morir, la pregunta por la orientación de la vida perdería momentáneamente su urgencia.
Toda acción hallaría su justificación en la conservación del interior; la jornada cotidiana albergaría tareas cuya necesidad resultaría indiscutible. La supervivencia entregaría una dirección que el sujeto no tendría que decidir. La criatura alcanzaría a experimentar una vida de intensidad extrema y permanecer, pese a ello, dentro de una vida no decidida. El planeta habría decidido por ella.
La intemperie física se convertiría entonces en esfera existencial.
III
La hostilidad exterior legitimaría las reglas del cobijo y exigiría cohesión entre quienes dependieran de la misma atmósfera. En la Tierra, el poder presentaría el disenso como una amenaza contra el relato que mantiene unido al globo; dentro de un hábitat extraterrestre, ciertas acciones amenazarían efectivamente la supervivencia biológica. El mantenimiento de la colonia y la continuidad de la misión erigirían un horizonte capaz de abarcar toda acción —en lugar de eliminar los globos humanos, el planeta extraño albergaría la potencia de inflar uno particularmente rígido.
Allí justamente germinarían las condiciones para instaurar el frecuente visionado régimen totalitario futurista, que sus múltiples facetas ha auscultado la ciencia ficción. A diferencia de las autocracias históricas, articuladas tras la irrupción violenta del poder, este orden emergería de una sucesión de medidas técnicamente justificadas. Bastaría administrar el consumo de insumos vitales —agua u oxígeno—, regular la energía y la temperatura y vedar el acceso libre a zonas donde una alteración comprometa el hábitat. Ciertas reglas responderían a límites materiales ineludibles; el colapso irrumpe cuando la necesidad biológica pretende erigirse en fundamento suficiente de un orden político completo.
Para Canguilhem, el organismo instaura normas vitales al discernir entre lo que potencia su actividad y cuanto la compromete. Las normas sociales, por contraposición, rigen la convivencia y exigen decisión. Que el cuerpo requiera oxígeno constituye una condición vital; de ella se desprenden diversos modos posibles de distribuirlo, cada uno sujeto a decisión política.
La colonia capturada exhibiría sus determinaciones sociales como prolongaciones mecánicas de la exigencia orgánica, transmutando una modalidad contingente de gestión en el equivalente político de la respiración; intentaría borrar la separación entre ambos tipos de norma. Si bien contaminar el aire compromete fácticamente la supervivencia, impugnar a su administrador amenaza tan solo una distribución del poder. El régimen traduciría ambas conductas como interferencia contra la misión.
La salvaguarda de la vida suministraría el léxico para transfigurar la opción política en imperativo biológico. La dominación alcanzaría su mayor eficacia cuando consiguiera parecer una función del organismo.
IV
En la Tierra, incluso las emergencias más prolongadas conservan la promesa de alguna normalidad posterior, mientras en un planeta incapaz de sostener el cuerpo humano la amenaza exterior persistiría sin límite temporal. Las paredes seguirían separando la atmósfera común de la muerte, la excepción perdería entonces su temporalidad, el régimen renovaría indefinidamente sus restricciones apelando a una intemperie física que permanecería materialmente cierta, la infraestructura adquiriría soberanía y la pertenencia política y la supervivencia coincidirían. Ser expulsado de la esfera equivaldría a ser expulsado de la vida.
Bajo ese orden, la tecno-naturaleza alcanzaría una justificación evidente. El poder dejaría de mostrarse como voluntad para articularse mediante parámetros. Ningún dictador tendría que ordenar la obediencia si el contenedor mismo lograse tornarla ineludible; la autoridad terminaría por adscribirse la impostura de una voz neutra: la del sistema que mantiene respirables sus interiores.
En la colonia extraterrestre la reproducción afectaría la distribución futura de recursos; el movimiento, el gasto energético; la alimentación, la continuidad del circuito. El globo de la colonia abarcaría las regiones más íntimas. La profesión obendría su valor en su función asignada dentro del hábitat. La necesidad de conservar la atmósfera ofrecería una justificación para administrar cuerpos, vínculos, nacimientos, deseos y haceres. Toda singularidad tendría que demostrar su compatibilidad con la misión.
La vida entera se convertiría en mantenimiento.
V
¿Es entonces inevitable el totalitarismo? Difícilmente en un estado maduro de la civilización humana; muy probablemente, sí, en su adolescencia actual —la segunda rebelión: la técnica. Una civilización madura asimilaría esa dependencia para impulsar formas rigurosas de responsabilidad compartida; distribuiría el control; crearía sistemas de transparencia técnica mediante los cuales los habitantes lograran vigilar constantemente a quienes administren la infraestructura. La transparencia recaería sobre el poder encargado del cobijo, preservando la opacidad de la intimidad que este protege.
La cooperación se distingue de la obediencia, y aceptar un límite material implica, cuando mucho, ceder a quien promete gestionarlo la administración técnica de ese límite, conservando el resto de las decisiones. La diferencia residiría en conservar visible la frontera entre eso que protege la membrana y lo que protege únicamente al régimen. Una colonia madura impondría solo las reglas necesarias para sostener la vida y mantendría abierta la discusión sobre todas las demás, mientras una colonia capturada invocaría la vida para hacer pasar sus reglas por necesarias.
VI
Esta disyuntiva ya existe dentro de nuestro sistema planetario, mientras la posibilidad de responder a ella mediante cierta madurez civilizatoria apenas comienza a asomarse ante el segundo arrojo dilucidado en La rebelión contra la naturaleza. Esa madurez surgiría de la instauración de la voluntad del abismo —la fijación cultural de la no fijación—, alcanzada cuando una cantidad suficiente de singulares sea capaz de impedir que la administración de la vida se absolutice como mundo.
La fundación de una colonia extraterrestre y la llegada del segundo arrojo plantean, bajo condiciones distintas, una tensión semejante. En ambos casos, la potencia técnica obliga a decidir qué hacer una vez que la supervivencia ha sido delegada parcialmente a sistemas capaces de sostenerla. La humanidad podría prolongar fuera de la Tierra sus antiguas pretensiones intraplanetarias, ampliadas ahora por la potencia técnica contemporánea; también podría aprender a administrar las condiciones indispensables sin permitir que estas agoten el campo de lo vivible. La primera vía instauraría una nueva coartada de supervivencia para conservar las dinámicas pasadas dentro de interiores más sofisticados. La segunda exigiría una madurez capaz de resguardar la vida sin encerrarla en lo que la resguarda.
VII
La salud en Canguilhem consiste en la capacidad de franquear variaciones e instituir nuevas normas al haberse modificado las condiciones. Una existencia perdura y se halla, con todo, confinada a un medio tan estrecho que cualquier desviación amenace con desorganizarla.
Sin asimilar la colonia a un organismo, cabe trasladar analógicamente esta distinción hacia sus formas de habitabilidad. Una colonia madura buscaría preservar la amplitud requerida para que sus habitantes desplieguen diversas formas de vida y articulen la revisión crítica de las normas sociales bajo las cuales comparten el interior, más allá de conservar cuerpos biológicamente funcionales; la seguridad sostiene, así, la posibilidad de variación.
Una colonia capturada resguardaría la continuidad biológica al precio de constreñir progresivamente tal amplitud. Únicamente una pauta de conducta y orientación resultaría declarada compatible con el hábitat. El régimen denominaría salud a la exacta adaptación de la criatura a un medio políticamente estrechado, aunque sobrevivir dentro de una sola norma no equivale todavía a estar salvo.
La pregunta política fundamental del hábitat extraterrestre sería, entonces, la misma que atraviesa la intemperie: ¿cuánto cobijo es posible construir antes de que la protección se apropie de lo que protege?
Aunque el contenedor técnico salve a la criatura del planeta. El peligro es que termine salvándose de la criatura.
VIII
Si el deterioro climático llegase a presentarse como irreversible. La excepción suspendería la promesa de un retorno a la normalidad, por cuanto esta habría quedado postergada definitivamente en el pasado. Cada generación nacería dentro de una emergencia heredada y recibiría sus restricciones bajo la figura de condiciones naturales de habitabilidad.
Las restricciones heredadas se sedimentarían en los hábitos y expectativas de quienes solo conocieron esta organización del mundo. Una puerta inaccesible se integraría al paisaje mismo de un cuerpo que aprendió, desde siempre, a dirigirse hacia otro lado; la vigilancia constante dejaría de experimentarse como intrusión cuando toda orientación se ha desarrollado bajo su escrutinio.
Los contenedores adquirirían la apariencia fenomenológica de una especie de esfera recibida. Lo históricamente instituido se despliegaría con la inmediatez de una condición corporal, como contorno espontáneo de lo posible más que como regla acatada. El régimen prescindiría de convencer de continuo a sus habitantes sobre la necesidad de esta organización, pues habría sedimentado su lógica en los cuerpos capaces de habitarlo.
La captura más profunda acontece cuando la historia se disuelve en la percepción.
Si el régimen consigue reclamar el monopolio de la interpretación del peligro, no necesitaría inventar ninguna justificante más para consumar su instalación.
IX
Así, algunas alteraciones podrían ser materialmente irreversibles mientras otras conservarían márgenes de transformación. La captura comenzaría al borrar esa diferencia y presentar el conjunto de la vida bajo una sola necesidad. Toda medida política adquiriría la apariencia de una respuesta técnica. La ciencia describiría condiciones y probabilidades, mientras el régimen convertiría una interpretación de ellas en necesidad urgente.
Administrar los recursos y vigilar ciertas zonas respondería a necesidades reales. Sin embargo, derivaría en totalitarismo si la gestión de esas urgencias colonizara regiones incapaces de alterar el equilibrio ecosistémico, instrumentalizando la supervivencia para regir la intimidad de los súbditos e inclusive sus pensamientos. El régimen, más allá de preguntarse las medidas necesarias para la crisis real, superpondría la interrogante sobre cuánto poder cabe escenificar bajo la figura de emergencia ambiental.
No sería la primera vez que el poder creciera dentro de una crisis, en tanto las emergencias habilitan prerrogativas que la normalidad habría rechazado. Ciertas facultades decaen al cesar la urgencia; otras perviven, migran hacia regiones distintas o transmutan la normalidad hasta tornarla indistinguible de la excepción. La amenaza ni siquiera necesita ser ficticia. Su facticidad potencia la expansión del poder, dado que permite calificar cualquier resistencia como una negación del peligro.
El régimen comenzaría examinando cuáles medidas exige la crisis; terminaría interrogándose cuánto poder resiste desplegar bajo su figura. Vigilaría primero lo que afecta materialmente la supervivencia; después, todo comportamiento susceptible de ser interpretado como una interferencia en su administración. La necesidad de conservar la atmósfera otorgaría al orden político una legitimación capaz de introducirse en cada región de la vida.
Mientras una guerra alcanza un fin, un atentado se desvanece conforme cesa lo reciente del evento, una epidemia remite y una catástrofe natural agota su sacudida. Un planeta declarado irreversiblemente hostil ofrecería una excepción carente de término visible; el poder se eximiría de prolongar provisionalmente la emergencia: lograría erigirla en la condición perenne de toda existencia.
X
Tijuana y San Diego se erigen sobre una región árida y apenas unos kilómetros las distancian; el agua, sin embargo, no fluye de igual forma dentro de sus respectivos mundos. En Tijuana, una avería en el acueducto suele interrumpir durante días el suministro de numerosas colonias. En San Diego, la inversión sostenida absorben una parte considerable de esas contingencias antes de que alcancen la vida doméstica. Estas ciudades ofrecen un ejemplo tangible de como la Tierra profundizaría su fragmentación en interiores de habitabilidad diferenciada.
La naturaleza no entrega agua a una ciudad mientras se la niega a la otra. La diferencia reside en la capacidad económica y técnica de cada globo para mantener la escasez fuera de la percepción de sus habitantes. De un lado, abrir la llave conserva la seguridad de suministro inmediato; del otro, alberga el miedo de una interrupción. La riqueza construye una continuidad tan eficaz que termina por confundirse con naturaleza.
Disponer de los recursos indispensables aseguraría el acceso a zonas refrigeradas, aire filtrado, agua constante y sistemas capaces de anticipar las alteraciones del entorno; carecer de ellos relegaría al resto a la exposición continua y a la reconstrucción perpetua. El deterioro climático profundizaría la desigualdad. Las fronteras rebasarían la mera separación entre territorios políticos: atravesarían países, ciudades, edificios e inclusive viviendas para deslindar grados de mundo. De un lado, la intemperie física sería amortiguada por capas técnicas hasta resultar inaudible; del otro, traspasaría las membranas y organizaría cada jornada alrededor de la supervivencia.
XI
En una colonia extraterrestre, esta disparidad cobraría una patencia todavía más violenta por cuanto los interiores privilegiados alcanzarían una continuidad capaz de hacer que la atmósfera figurase como propiedad espontánea; quienes permanecieran al margen vivirían la avería permanente, donde cada respiración revelaría el sistema del cual depende. La desigualdad distribuiría entonces algo anterior a la comodidad: la posibilidad de olvidar la intemperie.
Dentro de las burbujas protegidas, la tecno-naturaleza sedaría la consciencia de finitud mediante la abundancia y la predicción. Fuera de ellas, la intemperie física ocuparía toda la duración disponible. Unos perderían el Yo bajo una esfera que responde antes de la pregunta; los otros conservarían la herida del abismo sin disponer del tiempo necesario para metabolizarla.
A diferencia de la pretensión de homogeneizar a sus súbditos bajo una experiencia idéntica, el régimen totalitario futuro se abocaría a gestionar asimetrías funcionales. Protegería a los garantes de sus interiores y relegaría a la supervivencia a la fuerza que los abastece. Excluría sin más a los estamentos prescindibles. La desigualdad, más allá de la mera riqueza económica, se ponderaría en el acceso a las condiciones materiales que permiten que un Umwelt continúe refractando mundo.
XII
La desigualdad distribuiría asimismo grados asimétricos de amplitud normativa. Los pobladores de los interiores protegidos tolerarían oscilaciones que les permitirían circular entre climas, recuperarse de una interrupción o articular otra forma de existencia, pues las capas técnicas absorberían la contingencia antes de que esta afecte su Umwelt singular. Para quienes permanecen expuestos, en cambio, cada alteración estrecharía el margen de lo posible. Bastaría con que irrumpa la enfermedad o colapse un equipo para despeñar la jornada entera hacia la pura supervivencia.
La riqueza compraría, más allá de la comodidad, la capacidad de atravesar alteraciones sin que el mundo se desmorone con ellas. La pobreza designaría, en su extremo, la obligación de habitar dentro de una norma vital cada vez más estrecha.
El privilegio sería la amplitud del mundo que una criatura pierde sin perder todavía su mundo.
XIII
Si la emergencia carece de término, las facultades extraordinarias tampoco necesitan devolverse. La irreversibilidad climática ofrecería a ese orden una temporalidad idónea. La vigilancia y el racionamiento renovarían de forma perenne su vigencia bajo la premisa de que aún resulta inviable abrir el contenedor. Faltaría estabilizar alguna variable; siempre sería demasiado pronto para devolver la decisión.
El hábitat extraterrestre representaría el modelo político de una Tierra convertida progresivamente en exterior para sus propias criaturas.
XIV
Preservar la vida resuelve su continuidad, mas no su orientación: la intemperie física solo aplazaría la intemperie ontológica. Una vez estabilizado el hábitat y cuando la supervivencia adquiriera la monotonía del hábito, la interrogante retornará indemne: ¿para qué conservar lo que ya sabemos conservar?
La intemperie física presionaría desde fuera; el abismo, desde la criatura. Entre ambos, la esfera técnica podría protegerla del primero y sedarla frente al segundo. Nunca abolirlo.
Perseverando las condiciones climáticas en su alteración, la Tierra exigirá interiores análogos. Las dinámicas de la subsistencia dejarían de integrar el trasfondo inadvertido del cuerpo para convertirse en funciones sostenidas mediante infraestructuras técnicas.
La tecno-naturaleza, que legitíma la optimización ininterrumpida de nuestro hábitat bajo la promesa de confort y longevidad, hallaría una fundamentación material irrefutable, pues pasaría a sostener las condiciones biológicas que permiten al organismo continuar produciendo mundo. En ese punto, rechazarla equivaldría a rechazar la vida.
Ciertamente, algunas intervenciones serían indispensables ante los daños ya ocasionados, pero la técnica en sí misma no es el problema. Si cada solución busca preservar la misma forma de habitar que gestó el deterioro, tales soluciones degenerarían en evasión: la modificación del planeta acontecería para soslayar la reorientación de la criatura, reconstruyendo artificialmente las condiciones perdidas antes que interrogar los sistemas que las destruyeron. La naturaleza habitable por el humano ya no podría separarse de las máquinas que la sostienen; la tecno-naturaleza alcanzaría su punto culmen.
XV
Ahora bien, la relación contemporánea con el deterioro climático guarda cierta semejanza con la de quien comienza a percibir síntomas en su cuerpo y, temiendo que anuncien una enfermedad grave, aplaza indefinidamente la consulta. Mientras el organismo continúe funcionando y el dolor deje libre la mayor parte de la jornada, aún conseguirá persuadirse de que sus sospechas responden a una exageración; invocará el costo de los estudios, las obligaciones pendientes, un malestar parecido que remitió por sí solo en el pasado o la posibilidad de que nada ocurra. Registra, siquiera parcialmente, la alteración. Evita que esta adquiera la fuerza de un diagnóstico.
Mientras la sospecha permite conservar la organización precedente de la vida, el diagnóstico obliga a reordenarla. Una vez nombrada la enfermedad, persistir en los mismos hábitos deja de figurar como mera continuidad y se convierte en una decisión tomada contra lo sabido. Habrá que distribuir recursos, modificar prácticas, orientar la atención hacia el cuerpo y aceptar que ciertas posibilidades han quedado clausuradas. Quien rehúye la consulta teme, más que descubrir que está enfermo, la obligación de vivir de otro modo que comenzaría con ese descubrimiento.
XVI
Algo semejante acontece con la civilización ante el deterioro climático. Le basta con conservar los indicios y el conocimiento científico bajo el estatuto de una controversia interminable, sin necesidad de ignorarlos ni de impugnarlos por entero. Cada margen de incertidumbre se magnifica hasta convertirse en autorización para la demora, mientras los costos inmediatos de la transformación se presentan con mayor patencia que los daños futuros de la continuidad. Se exige una certeza que excede lo que cualquier prognosis logra ofrecer, para aplazar una intervención que los indicios acumulados ya justifican de sobra.
La catástrofe adviene sin que voluntad colectiva alguna se la proponga: basta con que cada sistema prefiera transferir hacia otras generaciones el costo de reconocerla. La convergencia de esas evasiones produce una especie de inconsciente civilizatorio sin sujeto central; la preferencia reiterada por una enfermedad futura antes que por una transformación presente, alejada del deseo explícito de destruir las condiciones de habitabilidad.
La paradoja es que la demora defendida en nombre de la libertad terminaría por estrechar el campo mismo de la decisión. Los límites que hoy se instituirían políticamente, se distribuirían con justicia y se someterían a revisión, regresarían mañana como restricciones materiales incapaces de negociación. La civilización adolescente rehúsa autolimitarse y, al hacerlo, prepara un planeta que habrá de limitarla desde fuera. Rechaza el tratamiento mientras todavía tiene la opción de elegirlo y aguarda, sin confesárselo, a que la emergencia decida por ella.
XVII
La humanidad podría estar creando otra intemperie física para evitar su maduración frente a la intemperie ontológica.