La inercia

Sobre la vida no decidida.

Actuar desde una exterioridad impuesta invisible, avanzar sin haber cuestionado y metabolizado interiormente la propia acción son los vectores fundamentales de la inercia. A través de ellos, el sujeto inercial clausura su lucidez, entregándose a una vida que transcurre sin preguntarse desde dónde brota ni hacia dónde está siendo dirigida.

La tragedia del sujeto inercial es que hace lo que se hace y desea lo que se desea. Obedece a una atmósfera. De ahí que se sienta libre mientras repite un guion recibido.

La atmósfera inercial obedece a la voz impersonal de la esfera. Es aquello que parece evidente antes incluso de ser pensado, que simplemente se hace. Se persigue una existencia preconfigurada debido a la presión invisible de la esfera, cuyo diseño ideológico establece los únicos horizontes habitables. La esfera sugiere en lugar de mandar, instaurando un orden inercial donde lo aceptado sin crítica se ve como necesario.

Lo determinante radica en el origen interior del acto, con total independencia de su contenido exterior. La misma forma deriva en prisión o afirmación según haya sido atravesada o simplemente heredada. La familia puede ser una decisión luminosa o una consecuencia no pensada. La riqueza puede ocurrir como consecuencia de la intensificación del hacer o como compensación de vacío. Incluso aquel que se retira lo hace ya sea por lucidez o por miedo al mundo. Nada queda purificado por su apariencia: dos vidas idénticas en su forma pueden ser opuestas en su raíz, y solo el sujeto sabe —si se atreve a saberlo— desde dónde habita la suya.

La inercia se delata cuando el sujeto se ve forzado a justificar lo que jamás decidió. Su reacción defensiva exige el fracaso de cualquiera que amenace esa parálisis, evaluando el intento ajeno bajo la promesa de seguridad que la propia esfera ofrece a cambio de sumisión. El otro encarna una grieta en el sistema de ficciones de la vida inercial, un quiebre que el sujeto necesita traducir en derrota: el fracaso ajeno desacredita la intemperie, buscando probar la ingenuidad de la decisión, reduciendo el riesgo a soberbia y exhibiendo la salida de la esfera como mero error. En cambio, bastará que el otro permanezca y sostenga su hacer para que la vida inercial quede expuesta en su verdad: una existencia capturada.

Una vida elegida no se defiende con tanta ansiedad. El que ha metabolizado su forma de existencia puede verla cuestionada sin derrumbarse, porque no depende de que el mundo la valide. En cambio el que vive desde la inercia necesita que su esfera parezca necesaria: reviste de responsabilidad lo que en el fondo es solo el automatismo de su trabajo y su renuncia. Lo hace por el temor a descubrir que pudo haber sido de otra manera, que nada ni nadie es responsable de cómo está ocurriendo, que él es el único que no decidió y que aún puede hacerlo.

Así la inercia convierte la costumbre en ontología. El sujeto inercial despliega una transmutación retrospectiva al reescribir los accidentes del entorno como verdades absolutas, rebautizando el miedo como prudencia, la obediencia como madurez y la mera adaptación como un destino inexorable. El sujeto, atrapado en una forma, necesita además sacralizarla para no sentir el temblor de no haberla elegido. La sacralización es la cicatriz de la decisión ausente.

Hay que distinguir, sin embargo, la inercia de la supervivencia. No todo acto condicionado por una exterioridad le pertenece. Existen necesidades inmediatas que no admiten demora. La supervivencia no puede ser condenada como inercia, porque responde a una necesidad primaria antes que a un mandato simbólico. Sería injusto exigirle libertad abstracta a quien usa toda su energía para no caer. Bajo la inercia o fuera de ella, habrá que comer primero.

Aquel que no vive en esa precariedad primaria, sin embargo, suele utilizar la supervivencia como justificación para vivir en la inercia. La supervivencia como principio organizador de la vida. Una vida que justifica sus movimientos en nombre de la supervivencia, que la convierte en ideología. El sujeto acciona bajo la convicción de que necesita más recursos para vivir mejor. Pero ese vivir mejor nunca termina de llegar. Siempre falta algo; hay que asegurar un poco más. El sujeto inercial-superviviente no está sobreviviendo por precariedad: la supervivencia es su cosmovisión.

Una forma de inercia que no ve el dinero como condición material de su hacer. Lo ve como sustituto del ser. Toda decisión queda subordinada a la promesa de una seguridad futura que jamás termina de realizarse. Estudia lo que promete ingresos, se relaciona donde hay conveniencia. Más allá de la naturaleza intrínseca de esas cosas, de si son negativas o positivas, el conflicto surge cuando se instituyen como criterio de orientación. Cuando el medio se establece como criterio, el fin desaparece sin que nadie note su ausencia.

Por eso no llega la abundancia.

La abundancia comienza en la decisión. Ocurre como consecuencia de un sujeto en su obra, eso que ha metabolizado hasta convertirlo en afirmación propia. Los recursos llegan como consecuencia de una dirección interior, no como sustituto de ella; lo hacen en la medida necesaria para intensificar ese hacer; llegan como suficiencia. La esfera del rendimiento invierte esta relación. Hace creer que primero debe llegar la abundancia material para que después aparezca la vida. Ocurre lo contrario, puesto que mientras más se organiza la existencia alrededor de la supervivencia ampliada, más se aleja el horizonte de la abundancia. La supervivencia convertida en fundamento no puede desaparecer. Si desapareciera, el sujeto perdería el motivo que sostiene su movimiento.

Paradójicamente, se dice perseguir la libertad mientras se evitan todas las condiciones que podrían acercarlo a ella. Oportunidades aparecen y no las toma. Se sabotea, posterga, regresa una y otra vez a los mismos límites. Eso revela la falsedad de lo material como problema rector. El sujeto inercial-superviviente tiene un problema existencial al colocar la supervivencia como motivo, dado que, si la supervivencia deja de ser el motivo, la pregunta que le aterra responder es inevitable: ¿qué hacer después?

Esa pregunta solo puede responderse desde la obra. Sin obra, la libertad se vuelve insoportable. El sujeto necesita seguir corriendo porque detenerse significaría enfrentar la ausencia de dirección. La carrera de la rata, más que una simple explicación económico-estructural, en este caso se explica como defensa ontológica. Mantiene al sujeto ocupado para que no tenga que decidir, para que no tenga que advertir que aquello que llamaba mundo era apenas el cobijo esférico de su propia captura.

La vida, sin embargo, no se compone únicamente de decisiones. Hay acontecimientos que irrumpen desde fuera y que ningún sujeto controla. Hay accidentes, enfermedades, muerte, hay abismo. Pertenecen a la estructura misma de la existencia. El abismo es la constatación de que habitamos una realidad atravesada por contingencias que jamás terminaremos de dominar. Por ello la inercia no consiste en que nos ocurran cosas.

La inercia consiste en abdicar de la decisión frente a aquello que ocurre.

Nadie decide las circunstancias que recibe, pero sí puede decidir la relación que establece con ellas. El acontecimiento puede convertirse en explicación absoluta de la propia vida o en material para seguir construyéndola. La inercia toma la herida y la convierte en identidad. La pérdida y el fracaso se hacen destino y sentencia. A partir de entonces, la vida no se decide, solo se justifica; abandona la fuerza de la elección consciente para refugiarse en el bucle de las autojustificaciones. El dolor y la tragedia son reales, pero la vida decidida se niega a concederles la última palabra. El acontecimiento pertenece al mundo; la respuesta pertenece al sujeto.

La inercia comienza cuando dejamos de distinguir entre lo que nos ocurrió y lo que decidimos hacer con ello.

Por eso la intemperie incomoda: revela que ninguna esfera es total y que ninguna circunstancia puede agotar el horizonte de una vida. Basta con que el sujeto inercial conviva con una vida decidida para que sus justificaciones empiecen a resquebrajarse. Una vida decidida introduce la sospecha de que aquello que parecía estabilidad era apenas el alivio de no tener que decidir.

La inercia no es el contrario de la acción. Puede haber una actividad frenética completamente inercial. Un hacer en cantidad, que construye y produce mucho, pero que no ha decidido nada. El sujeto corre, pero no sabe si esa velocidad le pertenece. Se agota sosteniendo una vida que nunca pasó por el fuego de su propia conciencia.

Decidir no significa inventarse desde la nada ni romper con todo lo recibido. Significa llevar lo recibido al fuego de una combustión lúcida, hacerlo pasar por una metabolización interior que nadie ni nada manda, para convertirse, si sobrevive, en afirmación. La decisión no exige salir de la esfera: exige verla y elegir quedarse o irse. Una esfera elegida sigue siendo una esfera, pero ya no funciona como prisión invisible. La diferencia es que el sujeto ya no necesita creer que esa esfera agota lo real. La vive sin absolutizarla. La sostiene sin quedar sostenido por ella. Al advertirla, ya no puede usarla como excusa.

La cultura contemporánea parece aproximarse a un umbral semejante. La energía se organizó alrededor de una supervivencia ampliada, volcada por entero hacia el imperativo de la maximización y la erradicación de la incertidumbre. Pero la automatización comienza a retirar ese antiguo pretexto. Si la técnica puede resolver una parte creciente de las necesidades materiales, entonces no solo el individuo, sino la civilización entera queda expuesta a la pregunta que había postergado. ¿Qué hacer cuando sobrevivir deja de ser el núcleo de la existencia?

La automatización le quita nuevamente el telón al abismo. Retira el horizonte absoluto de la supervivencia y deja expuesta la pobreza de una humanidad que confundió movimiento con sentido. Sin obra, la liberación del trabajo aparece como pánico. Cuando cesa la prisa y la supervivencia deja de organizar la totalidad de la existencia, la vida queda desnuda ante un ¿para qué?

La inercia es la vida no decidida. La intemperie es la disposición que emerge cuando comprendemos que ninguna esfera, ninguna circunstancia y ninguna necesidad pueden reemplazar el acto de decidir. La inercia se resigna a una vida heredada, impuesta ideológicamente; la intemperie pregunta: ¿qué harás con ella? Esa pregunta desestabiliza más que cualquier crítica, porque no discute con la esfera ni con el acontecimiento: les retira su apariencia de necesidad.

Ahora, aún queda otra máscara de la inercia, la más difícil de reconocer porque se disfraza de apertura. Existe la creencia de que toda oportunidad debe ser aprovechada, que el sujeto debe permanecer atento a capturar cualquier posibilidad. Rechazar una oportunidad se considera una forma de torpeza. Esta lógica sigue perteneciendo a la inercia. El valor de una oportunidad depende de la relación que mantiene con la obra. Una vida decidida se pregunta antes si esa oportunidad intensifica su hacer o lo aleja de él.

Por eso quien vive desde una decisión puede rechazar aquello que otros considerarían extraordinario. El dinero y el reconocimiento —imperativos casi irrechazables bajo la lógica esférica neoliberal— pierden valor para quien ha decidido su hacer, si exigen a cambio abandonar la dirección elegida. La inercia del rendimiento opera al revés: como carece de dirección interior, necesita apropiarse de toda posibilidad que aparezca. Acumula oportunidades como acumula recursos. Pero esa acumulación produce dispersión. La obsesión por aprovechar todo revela, paradójicamente, la ausencia de una decisión previa. Solo quien no sabe qué busca necesita perseguir todo lo que encuentra.

La decisión selecciona. La inercia acumula.

Por eso una vida decidida suele parecer más limitada desde fuera. Renuncia a innumerables caminos posibles. Pero precisamente gracias a esas renuncias puede condensarse. La inercia, en cambio, se dispersa en una multiplicidad de posibilidades que jamás terminan de convertirse en obra. No toda oportunidad debe ser aprovechada. La cuestión radica en identificar cuáles oportunidades pertenecen verdaderamente a la dirección que el sujeto ha decidido habitar.

No se promete que la decisión elimine el sufrimiento, pero al menos se sabe por qué se sufre. La vida inerte queda suspendida en el mismo abismo, pero por su terror a él no puede saber, de fondo, la causa de su sufrir; y por eso no puede más que amplificar la frustración conforme la edad avanza.

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