I
Actuar desde una exterioridad impuesta invisible, avanzar sin haber cuestionado y metabolizado la propia acción, son los vectores fundamentales de la inercia. A través de ellos, el sujeto inercial clausura su lucidez, entregándose a una vida que transcurre sin preguntarse desde dónde brota ni hacia dónde está siendo dirigida.
La tragedia del sujeto inercial es que hace lo que se hace y desea lo que se desea. Obedece a una atmósfera. De ahí que se sienta libre mientras repite un guion recibido.
La atmósfera inercial obedece a la voz impersonal de la esfera. Es aquello que parece evidente antes incluso de ser pensado, que simplemente se hace. Se persigue una existencia preconfigurada debido a la presión invisible de la esfera, que en su diseño ideológico establece los únicos horizontes habitables. La esfera sugiere en lugar de mandar, instaurando un orden inercial donde lo aceptado sin crítica se ve como necesario.
Lo determinante radica en el origen interior del acto, con total independencia de su contenido exterior. La misma forma deriva en prisión o afirmación según haya sido atravesada o simplemente heredada. La familia puede ser una decisión luminosa o una consecuencia no pensada. La riqueza llega como consecuencia de la intensificación del hacer o como compensación de vacío. Incluso aquel que se retira lo hace ya sea por lucidez o por miedo al mundo. Nada queda purificado por su apariencia: dos vidas idénticas en su forma esconden raíces opuestas, y solo el sujeto sabe —si se atreve a saberlo— desde dónde habita la suya.
II
La primera máscara de la vida inercial se esconde en el talento: hay sujetos cuyo avance es pura facilidad. Ya sea por el favor del carisma natural, la belleza conveniente, la rapidez de la inteligencia, la destreza física o una posición heredada, estas facilidades iniciales abren un cauce tan fluido que eximen al sujeto de atravesar el abismo y decidir. Después de todo, la vida no se mueve en virtud de una decisión; su avance es el deslizamiento continuo por la pendiente de una ventaja.
Si bien el talento empuja, la decisión pertenece a un orden completamente distinto. Capaz de fundar reconocimiento y producir recursos materiales, ese impulso genera una sensación de éxito heredada que termina por estructurar la identidad de una vida entera sin que el sujeto haya atravesado todavía la pregunta por su propio hacer. Sin haber atravesado el abismo ni haberse elegido como un hacer propio y sostenido, todo ello queda integrado en una narración retrospectiva que fija la facilidad como inercia.
La belleza confunde el deseo recibido con una forma de vida. Esa ventaja no elegida abre las puertas del mundo y prodiga reconocimiento y poder, y le permite habitar la superficie sin haber rozado siquiera la pregunta por el propio hacer. La belleza, lo mismo que el talento, erige su propia esfera: al tiempo que abre puertas, su propia dinámica aplaza indefinidamente la intemperie. Mientras la ventaja dura, se confunde con una vocación; al caer, revela si había decisión o solo conveniencia.
Sin ese tránsito, incluso lo que se considera éxito termina siendo una forma de vida no decidida: una formulación preconcebida, genérica, de lo que una vida deseable debería parecer. Obtenerlo a través de una facilidad no elegida encierra al sujeto en aquello que los demás esperan de él, haciendo del reconocimiento la jaula de la mirada ajena. Traicionarlo implicaría dejar caer esa imposición ideológica del éxito; aun así, el tránsito por la inercia de la belleza o del talento nubla la conciencia de que ese éxito nunca fue una decisión. Era apenas la posición favorable de una esfera que continuó por inercia.
III
Hay que distinguir la inercia de la supervivencia. No todo acto condicionado por una exterioridad le pertenece. Existen necesidades inmediatas que no admiten demora. La supervivencia no puede ser condenada como inercia, porque responde a una necesidad primaria antes que a un mandato simbólico. Sería injusto exigirle libertad abstracta a quien usa toda su energía para no caer. Bajo la inercia o fuera de ella, habrá que comer primero.
Aquel que no vive en esa precariedad primaria suele utilizar la supervivencia como justificación para vivir en la inercia; la supervivencia como principio organizador de la vida. Una vida que justifica sus movimientos en nombre de la supervivencia, que la convierte en ideología. El sujeto acciona bajo la convicción de que necesita más recursos para vivir mejor. Pero ese vivir mejor nunca termina de llegar. Siempre falta algo; hay que asegurar un poco más. El sujeto inercial-superviviente no está sobreviviendo por precariedad: la supervivencia es su cosmovisión.
Una forma de inercia que no ve el dinero como condición material de su hacer. Lo ve como sustituto del ser. Toda decisión queda subordinada a la promesa de una seguridad futura que jamás termina de realizarse. Estudia lo que promete ingresos, se relaciona donde hay conveniencia. Más allá de la naturaleza intrínseca de esas cosas, de si abren o capturan, el conflicto surge al instituirse como criterio de orientación. Establecido el medio como criterio, el fin desaparece sin que nadie note su ausencia.
De ahí que no llegue la abundancia.
La abundancia comienza en la decisión. Ocurre como consecuencia de un sujeto que, en contraste con la inercia, se encuentra en auturgia: el hacer elegido como dirección propia sostenido en intensificación. Los recursos llegan como consecuencia de una dirección interior, no como sustituto de ella; lo hacen en la medida necesaria para intensificar ese hacer; llegan como suficiencia. La esfera neoliberal invierte esta relación. Hace creer que primero debe llegar la abundancia material para que después aparezca la vida. Ocurre lo contrario, puesto que mientras más se organiza la existencia alrededor de la supervivencia ampliada, más se aleja el horizonte de la abundancia. La supervivencia convertida en fundamento no debe desaparecer. Si desapareciera, el sujeto perdería el motivo que sostiene su movimiento.
Paradójicamente, se dice perseguir la libertad mientras se evitan todas las condiciones que podrían acercarlo a ella. Oportunidades aparecen y no las toma. Se sabotea, posterga, regresa una y otra vez a los mismos límites. Eso revela la falsedad de lo material como el problema rector. El sujeto inercial-superviviente tiene un problema existencial al colocar la supervivencia como motivo, dado que, si la supervivencia deja de serlo, la pregunta que le aterra responder es inevitable: ¿qué hacer después?
Esa pregunta solo encuentra respuesta desde la auturgía. Sin un hacer elegido que otorgue dirección a la libertad, la libertad se vuelve insoportable. El sujeto necesita seguir corriendo, pues detenerse significaría enfrentar la ausencia de dirección. La carrera de la rata, más que una simple explicación económico-estructural, en este caso, se explica como defensa ontológica. Mantiene al sujeto ocupado para que no tenga que decidir, para no advertir que lo que llamaba mundo era apenas el cobijo esférico de su propia captura.
IV
Otra característica de la inercia aunque disfrazada de apertura es vivir bajo la creencia de que toda oportunidad debe ser aprovechada, que el sujeto debe permanecer atento a tomar cualquier posibilidad. Rechazar una oportunidad se considera una forma de torpeza. Esta lógica sigue perteneciendo a la inercia. El valor de una oportunidad depende de la relación que mantiene con el hacer elegido. Una vida decidida se pregunta antes si esa oportunidad intensifica su hacer o lo aleja de él.
De ahí que quien vive desde una decisión rechace aquello que otros considerarían extraordinario. El dinero y el reconocimiento —imperativos irrechazables bajo la lógica esférica neoliberal— carecen de valor para quien ha decidido su hacer si piden a cambio abandonar la dirección elegida. La inercia del rendimiento opera a la inversa: como carece de rumbo interior, necesita apropiarse de toda posibilidad que aparezca, acumulando oportunidades como quien acumula recursos, para terminar dispersándose en ellas. La obsesión por aprovechar todo revela, paradójicamente, la ausencia de una decisión previa: solo quien no sabe qué busca necesita perseguir todo lo que encuentra.
La decisión es selectiva. La inercia es acumulativa.
Una vida decidida suele parecer más limitada desde fuera en la medida en que renuncia a innumerables caminos posibles; precisamente gracias a esas renuncias, esa existencia logra condensarse. La inercia, en cambio, se dispersa en una multiplicidad de posibilidades que jamás fulguran y, por consiguiente, tampoco transforman; se mantienen inertes. No toda oportunidad debe aprovecharse. La cuestión radica en identificar cuáles pertenecen verdaderamente a la dirección que el sujeto ha decidido habitar.
V
Otra máscara difícil de reconocer, por ser la que mejor imita al sujeto en auturgia, es la pasión falsa. Estamos ante un hacer que reproduce los signos de la pasión, una simulación que usurpa el lugar de una dirección propia durante sus momentos de flaqueza. Quien se encuentra en auturgia no necesita ser comprendido para sostener su hacer. Quien ha dedicado años a representar una pasión sin metabolizarla como dirección propia permanece todavía en la inercia.
Lo falso radica menos en el origen cronológico del deseo —pues casi toda pasión recibe materiales de la exterioridad— que en el principio que termina sosteniéndolo. La pasión adquiere carácter propio cuando el sujeto la metaboliza y la sostiene con testigos o en soledad. La pasión falsa, en cambio, requiere la mirada de la exterioridad: el acto busca justificarse ante los otros, ante un colectivo o incluso ante una imagen mental. El reconocimiento se convierte en condición, en lugar de permanecer como una posible consecuencia. Despojado de esa mirada, el hacer se vacía al carecer de una raíz interior que lo sostenga.
A menudo esa falsedad encubre el miedo a la pasión verdadera, pues entregarse de veras a un hacer propio exige atravesar el abismo y arriesgarse sin garantía de reconocimiento. La pasión falsa permanece en la superficie segura de aquello que otorga identidad ante los otros: concede pertenencia y cubre el hueco de una vida que por dentro no termina de sentirse como propia. El apego a dicha pasión se sostiene por su función de escudo, pues soltarla implicaría quedar desprotegido ante la pregunta por el propio deseo y ante el pánico de la parálisis.
La pasión falsa ocupa a menudo la casilla contigua: quien monta los escenarios deseando ser quien canta sobre ellos o quien elige y cuelga pinturas ajenas en la galería deseando ser quien pinta. No hay falsedad inherente en producir un escenario o curar una exposición; ambos haceres pueden constituir auturgias verdaderas. La falsedad comienza cuando la posición adyacente se utiliza como sustituto del hacer que realmente atrae al sujeto. Al habitar la misma industria y tocar el mismo arte, la máscara alcanza su máxima eficacia, tanto para los demás como para uno mismo. La cercanía se convierte en la coartada perfecta: permite habitar el mundo del propio deseo sin pagar el precio de exponerse intentándolo, obteniendo pertenencia sin asumir el riesgo.
La elección de ese lugar suele responder a motivaciones materiales. El sujeto comenzó buscando sobrevivir y su hacer propio lo atemorizó precisamente por su ambigüedad económica. La decisión autúrgica no garantiza seguridad material, pero tampoco es verdadera por carecer de ella: la incertidumbre no certifica la auturgia, constituye apenas una de las contingencias que ésta deberá metabolizar. Atreverse al hacer elegido significa aceptar su falta de garantías. Refugiarse permanentemente en el puesto estable situado junto al hacer atrayente —tocarlo sin exponerse a él— se convierte así en una de las formas más limpias de no decidir: posee toda la apariencia de la entrega y nada de su abismo.
No confundamos esto con la pausa legítima. Se habita lo secundario cuando la necesidad es real y no admite espera. Ese espacio, como cualquier forma de generar recursos, no constituye por sí mismo el problema, siempre que la dirección del hacer autúrgico permanezca clara. Quien la conserva no convierte la supervivencia en dirección: resuelta la urgencia, devuelve al hacer elegido su centralidad. Ante las interrupciones materiales, la auturgia persiste y avanza en el repliegue, resguardándose hasta recuperar su intensidad una vez disipada la urgencia. Ahí radica la diferencia. La inercia se consolida cuando la pausa se transforma en un estado permanente por pura deriva.
VI
Desde fuera, la pasión falsa imita la intensidad autúrgica con idéntico fervor. Mientras llega la recompensa externa, ambas parecen lo mismo; solo se distinguen en la caída. Cuando el hacer queda privado de la mirada ajena, aquello que permanece conserva densidad autúrgica, en contraste con el simulacro que se apaga al perder su función de refugio.
La pasión falsa, sin embargo, tiene un recurso más, que se despliega justo cuando la caída ya ha ocurrido: la transformación del fracaso en prueba de valor.
Hay que aclarar el fracaso del que se habla, porque no es el que se ve desde fuera. No es pasar desapercibido, ni siquiera el fracaso material: quien estuviera en la supervivencia primaria no estaría en la inercia, de modo que este sujeto no carece de lo necesario. Su fracaso es interno. Es una falta de plenitud que se irradia y que los demás, a lo sumo, suponen, pero que solo es verdadera desde dentro. Nadie lo dictamina desde afuera; no hay tribunal externo que lo establezca. El sujeto es el único que sabe que eso que hace no lo intensifica, que no está en auturgia por más que se diga estarlo.
Por eso es, en sentido estricto, un autoengaño. Mientras se vive en inercia desde la ignorancia, el sujeto no sufre lo que no ve. Este sabe —de algún modo siempre sabe— y permanece igual. Saber y no moverse convierte la inercia en autotortura. Entonces la intensificación del fracaso cumple la función de flagelarse. Da la falsa sensación de intensidad auturgica, cuando en realidad es castigo. El sujeto se castiga por su propia cobardía, por no atreverse, por la culpa de saber y postergar indefinidamente la aceptación. Hace de su encierro una penitencia y confunde la penitencia con entrega.
La forma más común de ese castigo es la del incomprendido: el mundo no lo entiende, su hacer resulta excesivo para los demás. El error se profundiza mediante un mayor enclaustramiento que intensifica el artificio, convirtiendo cada rechazo en el combustible que convalida la narración interna; el fracaso muta así en su medalla. Se consolida una intensidad sin dirección, nacida de una herida que urge de justificaciones para evitar el encuentro con el miedo a la aceptación.
La otra forma es más blanda y más difícil de ver, ya que se sustenta en una aparente compañía: el sujeto apoya su fracaso en el aplauso de un grupo pequeño que le otorga pertenencia. Vive inmerso en un espacio de mera simpatía, un reducto donde le ríen las ocurrencias, le reservan un sitio y lo quieren; pero ese afecto permanece atado a que siga siendo el mismo, a que no incomode. Queda así preso de la complacencia, inhabilitado para arriesgarse a la confrontación que lo transformaría, pues ello haría temblar el único escenario donde funciona. El grupo opera como anestesia, amortiguando el fracaso en lugar de revelarlo.
Lo único capaz de movilizar a esta otra forma blanda es el contraste, aquello que precisamente el grupo difumina, pues las transformaciones exigen el encuentro con algo que resista: una mirada que señale la distancia entre lo que se representa y lo que se es. La mirada ajena no reúne la autoridad para determinar la verdad interior del sujeto, si bien llega a aportar la resistencia que su representación evita. La sensibilidad contemporánea, sin embargo, ha vuelto sospechoso todo contraste: en nombre de no herir, suspende la confrontación y tolera lo falso en lugar de ponerlo a prueba. La compasión que elimina cualquier resistencia cree proteger, pero deja al sujeto intacto en su evasión, privado del roce que habría podido templarlo. La posibilidad del ridículo forma parte de toda exposición autúrgica; sin ese riesgo, la máscara jamás necesita demostrar que es algo más que una máscara.
El grupo complaciente, además, nivela. Repele lo que sobresale: tanto el talento como la auturgia incomodan a quien encuentra su lugar en el cobijo común. Los integrantes de un grupo complaciente no aceptan de buen grado a quien sigue un camino más allá de ese amparo compartido, a quien se sostiene desde su propio hacer y extrae de él una dirección. Ante esa presión, el sujeto inercial se disminuye para encajar; se recorta, se atenúa, paga con su estatura el precio de pertenecer. Carece de defensa, dado que nada lo sostiene desde dentro. Quien está en auturgia, en cambio, no se disminuye para complacer: la metabolización de su hacer lo sostiene y le permite marcharse sin quedar destruido por la pérdida de pertenencia. La diferencia entre disminuirse y marcharse es la diferencia entre quien necesita al grupo para conservar su representación y quien ha encontrado dirección en su hacer. Esto no significa que deba caminar en soledad. Quien se encuentra en auturgia encuentra a menudo otros que lo retan y se dejan retar por él. De ese encuentro nace un grupo que, a diferencia del complaciente, incomoda e intensifica, aunque casi siempre reúna a pocos.
Al no caer, se cobra en lo único que no se recupera. Sucede a menudo que el sujeto habita ese estado durante años, alcanzando una claridad total sobre su situación y, aun así, permaneciendo inmóvil; la inversión ha sido demasiada. Cambiar significaría declarar perdida toda una trayectoria, y la trayectoria pesa más que la verdad. Lo sostiene, además, una promesa: la ilusión de que si insiste, lo logrará. La esperanza llega como el consuelo que justifica seguir gastando una continuidad que se paga con años, y los años tienen un límite que no negocia.
Al final, la promesa nunca termina de cumplirse y cada año que pasa la desmiente un poco más. El autoengaño cede paulatinamente, vencido por el desgaste del tiempo antes que por un despertar de la consciencia. Al ceder, el sujeto descubre que cierto horizonte autúrgico se ha cerrado. El acto permanece disponible mientras permanece la vida; no toda trayectoria, sin embargo, conserva las condiciones necesarias para su condensación. Cada auturgia exige una duración, un cuerpo y una ocasión. La auturgia jamás garantiza la fulguración, toda fulguración, sin embargo, necesita tiempo, y el tiempo llega a ser insuficiente. Fingir que todas las direcciones permanecen intactas constituye la última versión del mismo escondite.
La trayectoria estancada no es una vida en marcha: es una deuda que se paga continuando, hasta que no queda con qué pagarla.
VII
Hay un reverso de todo esto, y es la máscara que se sostiene en el éxito material. Este sujeto aparentemente sí lo logró. Le va bien. Tiene los objetos y las comodidades, y en la esfera neoliberal eso le granjea el reconocimiento de los otros. Una mirada lúcida, sin embargo, se niega a inferir la existencia de una decisión a partir de la abundancia material: detrás del resultado se encuentra la auturgia o se esconde la inercia. A este sujeto no lo inmoviliza el fracaso. Lo inmoviliza precisamente que el dinero sigue llegando.
El éxito material funciona como sedante. Las comodidades amortiguan justo lo suficiente para que el vacío no apriete del todo, aunque nunca lo bastante para llenarlo. El sujeto permanece hueco bajo una superficie que, ante la mirada de la esfera, simula plenitud. Mientras al fracasado lo empuja la falta, a éste lo retiene la abundancia: no tiene por qué moverse, nada parece faltarle salvo lo único que importa. De ahí que sea la inercia más difícil de romper: no hay caída que la delate ni carencia que la denuncie. Sólo el vacío sostenido, sedado por aquello mismo que lo perpetúa.
Llegados aquí, es necesario deshacer un malentendido. Ninguna de estas máscaras condena lo que la sostiene. La belleza, el talento, los recursos, el reconocimiento y el grupo: nada de eso constituye inercia por sí mismo. Es posible reunir varios o incluso todos esos elementos y estar en auturgia. Lo determinante es la función que cumplen: si intensifican el hacer o si actuan como mecanismos de ceguera que excusan la ausencia de decisión. La misma ventaja puede ser cauce o refugio.
VIII
Queda la máscara que no se refugia en nada exterior. No utiliza el talento, el dinero ni el grupo: utiliza el propio yo. Es el sujeto cuya auturgia ha sido capturada por la representación. Se entrega con intensidad genuina a un hacer, y ese hacer es la construcción de su propia imagen. La intensidad es verdadera; lo que se ha clausurado es su dirección.
Hay que distinguir aquí dos sentidos del Yo. Está el Yo vivido: la conciencia situada de la propia finitud y, por consiguiente, la tensión que abre el abismo y mantiene abierta la pregunta. Toda auturgia comienza desde ese Yo, pues es la única conciencia desde la que pensamos y decidimos. Y está el yo representado: la personalidad convertida en imagen y autoimagen, la autocomplacencia, la sublimación de sí mediante la propia inteligencia, apariencia o fuerza. El yo como proyecto de representación. La auturgia se realiza desde el primero; el narcisismo captura el hacer para construir el segundo.
La diferencia es de raíz. La auturgia parte del Yo, pero no convierte la representación del yo en su finalidad. El narcisista invierte esta relación: hace de cada acto un pedestal para su persona, de modo que toda intensidad regresa a engrandecer la imagen. No explora el abismo: se explora a sí mismo con complacencia. Como todo centro consciente, el Yo tiende a preservarse; el narcisismo convierte esa tendencia en proyecto. La exaltación de la propia imagen es el sedante perfecto contra la finitud. Cuanto más se admira el sujeto, menos siente el temblor de acabarse.
La auturgia capturada deviene así una inercia de segundo orden. Aunque su movimiento es real, orbita alrededor de una imagen que ya no permite ser modificada. Vivir el Yo con verdadera intensidad exige sostener su miedo sin recurrir a la ilusión de engrandecer su representación: implica mantener presente la finitud y crear atravesándola. Ese hacer atravesado por el abismo es la auturgia. La autocomplacencia hace lo contrario: anestesia la finitud para evitar mirarla. El narcisista decora el abismo con su propia figura. Toda su energía retorna a la imagen, y hasta aquello que logra salir de él es obligado a regresar como reconocimiento. Subsiste acaso un objeto —incluso una gran obra—, pero para el sujeto funciona como un monumento funerario erigido de antemano a ese yo: el cenotafio de su autocomplacencia.
La intensificación verdadera se distingue de la representación narcisista porque deja capacidades transferibles. Haber consolidado una presencia hasta sus últimas consecuencias impide que la caída de una forma destruya por completo al sujeto: permanecen en su sensibilidad el ritmo y el temple necesarios para encarar otro límite. Mientras esa intensidad se despliega hacia un nuevo hacer, quien dependía de su representación queda condenado a la nostalgia cuando la imagen deja de sostenerlo. La intensificación deja mundo; la inercia, al caer, deja únicamente pérdida.
IX
La inercia se delata cuando el sujeto necesita justificar lo que nunca decidió. Bajo ese estado reacciona a la defensiva y desea que cualquiera cuya vida amenace con exponerlo fracase según los criterios de su esfera cristalizada; necesita el fallo ajeno para confirmar que su renuncia era necesaria y llamar madurez a su obediencia. Pero medir al otro bajo esos criterios pertenece ya a la captura. Lo que en realidad le perturba desborda lo que entiende como éxito o fracaso: es la sospecha de que exista una vida libre de los mismos mandatos que sostienen la suya.
Basta que el otro permanezca, sostenga su hacer y resista la devolución dócil a la lógica de la captura para que la vida inercial quede expuesta como captura disfrazada de necesidad.
Una vida elegida no se defiende con tanta ansiedad. Quien ha metabolizado su forma de existencia la ve cuestionada sin derrumbarse. Una vida decidida no depende de que el mundo la valide. En cambio, el que vive desde la inercia necesita que su esfera parezca necesaria: reviste de responsabilidad lo que en el fondo es sólo el automatismo de su trabajo y su renuncia. Lo hace por temor a descubrir que su vida habría podido ocurrir de otra manera, que nadie decidirá en su lugar y que, ante el margen del que disponía, fue él quien renunció a decidir.
Así la inercia convierte la costumbre en ontología. El sujeto inercial despliega una transmutación retrospectiva al reescribir los accidentes del entorno como centros incuestionables, rebautizando el miedo como prudencia y la mera adaptación como lo correcto. El sujeto, atrapado en una forma, necesita además sacralizarla para no sentir el temblor de no haberla elegido. La sacralización es la cicatriz de la decisión ausente.
La vida, sin embargo, no se compone únicamente de decisiones. Hay acontecimientos que irrumpen desde fuera y que ningún sujeto controla. Hay accidentes, enfermedades, muerte, hay abismo. Pertenecen a la estructura misma de la existencia. El abismo es la constatación de que habitamos una realidad atravesada por contingencias que jamás terminaremos de dominar. Por ello la inercia no consiste en que nos ocurran cosas.
La inercia consiste en abdicar de la decisión frente a aquello que ocurre.
Nadie decide las circunstancias que recibe; la decisión comienza en la relación que establece con ellas: el acontecimiento deviene explicación de la propia vida o material para seguir construyéndola. La inercia toma la herida y la convierte en identidad, haciendo de la pérdida y el fracaso destino y sentencia; a partir de entonces, la existencia se justifica en lugar de decidirse, girando enteramente alrededor de una explicación. Frente a la realidad del dolor y la tragedia, la vida decidida se yergue para negarles la última palabra. El acontecimiento pertenece al mundo; la respuesta pertenece al sujeto.
La inercia comienza cuando dejamos de distinguir entre lo que nos ocurrió y lo que decidimos hacer con ello.
La intemperie incomoda, puesto que revela que ninguna esfera es total y que ninguna circunstancia agota el horizonte de una vida. Basta entonces con que el sujeto inercial conviva con una vida decidida para que sus justificaciones comiencen a resquebrajarse: la presencia de esa otra vida introduce la sospecha de que aquello que parecía estabilidad era apenas el alivio de no tener que decidir.
Se reconoce también una actividad frenética enteramente inercial: un hacer voluminoso, que construye y produce en demasía sin haber decidido nada. Bajo este impulso, el sujeto corre sin saber si esa velocidad le pertenece, agotándose en el sostenimiento de una vida que jamás pasó por el fuego de su propia conciencia.
Decidir significa llevar lo recibido al fuego de una metabolización interior: hacer pasar la forma por un proceso de intensificación que nada ni nadie manda, hasta convertirla en afirmación. La decisión exige ver la esfera para elegir con lucidez el quedarse o el irse. Una esfera elegida sigue siendo una esfera, solo que sus barrotes han dejado de ser invisibles; el sujeto ya no necesita creer que ese territorio agota lo real. La vive sin absolutizarla; la sostiene sin quedar sostenido por ella.
La cultura contemporánea parece aproximarse a un horizonte semejante. La energía del ser humano se ha organizado alrededor de una supervivencia ampliada, volcada por entero hacia el imperativo de la maximización y la erradicación de la incertidumbre; hoy, la automatización comienza a retirar ese antiguo pretexto. Si la técnica resuelve una parte creciente de las necesidades materiales, tanto el individuo como la civilización entera quedan expuestos a la pregunta que habían postergado: ¿qué hacer cuando sobrevivir deja de ser el centro?
La automatización le quita nuevamente el telón al abismo. Retira el horizonte absoluto de la supervivencia y deja expuesta la pobreza de una humanidad que confundió movimiento con sentido. Sin una dirección metabolizada, la liberación del trabajo aparece como pánico. Cesada la prisa, cuando la supervivencia deja de organizar la totalidad de la existencia, la vida queda desnuda ante un ¿para qué?
La inercia es la vida no decidida; la intemperie, la disposición que emerge al comprender que ningún orden externo reemplaza el acto de decidir. Mientras la primera se resigna a una existencia heredada o impuesta, la intemperie interroga: «¿qué harás con ella?». Esa pregunta desestabiliza más que cualquier crítica, al no discutir con la esfera ni con el acontecimiento, retirando de golpe su apariencia de necesidad.
Aunque la decisión no promete eliminar el sufrimiento, al menos se sabe por qué se sufre: quien decide continúa expuesto al miedo y al dolor, con la certeza de que ese padecimiento no procede de haber renunciado a su propio hacer. Suspendida en el mismo abismo, la vida inerte padece el terror que este le provoca y la frustración de haber organizado su existencia para evitarlo; confundidas ambas heridas en un mismo malestar, la frustración se amplifica conforme avanza la edad.