La única opción

La profesión como anestesia.

La única opción no trata, en el fondo, sobre inteligencia artificial ni sobre desempleo. Trata sobre la identidad cuando esta ha sido convertida en prótesis inmunológica: una forma de protegerse del vacío mediante el reconocimiento laboral, la ilusión de necesidad que esto provoca y la peligrosa fragilidad en la que queda el individuo cuando convierte una profesión y un estatus en valor absoluto de su existencia.

La automatización es solo el detonante. El verdadero colapso ocurre cuando el protagonista pierde aquello que le daba un nombre en el mundo, o al menos el nombre con el que se identificaba en el mundo: el ingeniero, el hombre del año, el experto. Todo esto, en el fondo, le dotaba de seguridad porque se piensa como alguien necesario. Ese reconocimiento es lo que le permite seguir existiendo sin temor; es su fuente de estabilidad. La industria del papel era su entorno, su esfera. Al desaparecer, no queda un sujeto desempleado; queda un sujeto sin relato. La automatización no destruye simplemente empleos; destruye el relato que permitía al sujeto reconocerse como necesario. Ese vacío es lo que Park Chan-wook observa con crudeza.

La violencia que emerge no es, necesariamente, por una estabilidad económica. La estabilidad a la que se apunta aquí es existencial. El protagonista no mata necesariamente por dinero; más bien, mata para intentar recuperar un lugar, ese lugar que ha cristalizado como identidad fija y, por consiguiente, como su única razón para seguir existiendo. La única opción nos deja ver que no todos los seres humanos están preparados para vivir sin una identidad fija y que, cuando se derrumba, algunos prefieren destruir antes que aceptar el vacío.

Sin embargo, lo interesante es que las salidas estaban ahí desde el principio, solo que nunca las vio. El arte, los hobbies, lo no productivo —eso que nunca fue considerado «serio» en la modernidad industrial— aparece como una posibilidad real de supervivencia.

La película deja estas salidas dispersas, aunque suficientemente claras. La más destacada es el encuentro musical expresado en una niña virtuosa, una niña que no fue vista como merecía en ningún momento de la película, aun cuando dormía en la misma casa. El extremo de esta ceguera aparece cuando la niña escucha música clásica en la casa del perro: los adultos no perciben la posible extrañeza genial de la escena; la reducen a una proyección personal —»qué raro que una niña de su edad escuche esa música»— y continúan viviendo dentro de su propia proyección. La salida estaba en la misma casa, pero él no podía verla. La niña, con su música, con su extrañeza, representa una forma de vida no organizada por la utilidad inmediata.

La colección de vinilos es una obsesión relevante porque no se queda en la escucha íntima: abre la posibilidad de compartir esa historia. Una cafetería hi-fi, por ejemplo, como espacio de encuentro, sería probablemente un mejor negocio que seguir siendo empleado del papel. En el caso del protagonista, el arte en el cuidado y crecimiento de las plantas es un hacer que necesita tiempo, que no puede realizarse de manera instantánea. Ese tiempo requiere una historia: no es la planta per se lo que vale, sino el tiempo detrás de su crecimiento, el camino que siguió hasta llegar a ser.

La productividad tiende a ser absorbida por sistemas automatizados, pero lo humano no compite en eficiencia —la premisa de la automatización—. Lo humano aquí es la experiencia compartida de especie. Un humano no solo ejecuta; mira, recuerda, espera, acompaña…

Podemos aceptar que un algoritmo recomiende música; incluso puede hacerlo con eficacia. Pero una lista de próximos temas no equivale a una curaduría. Curar implica una presencia que escucha y comparte desde una historia. Tampoco queremos solamente que una máquina cuide el crecimiento de un árbol o administre un espacio social. En todos los casos buscamos algo más que eficiencia: buscamos una sensibilidad, una presencia. Lo humano se vuelve un lujo precisamente porque no sirve para optimizar nada; aunque también puede ser convertido en mercancía premium, experiencia vendible, es decir, en autenticidad empaquetada.

Hay algo que se repite en todas estas salidas: son obsesiones, gustos que van más allá de una superficialidad estética porque crean significado. Sí, crean otras esferas, pero precisamente la capacidad de amplificar la propia esfera, absorbiendo las observadas, es lo que se necesita cuando la rigidez identitaria se torna peligrosa por no aceptar el vacío.

La película sugiere, de manera indirecta, que aquello que antes era un simple hobby —lo que no generaba dinero, lo que se hacía por gusto— puede convertirse en el núcleo de la vida futura. La intención no es que se haga industria —toda industria termina automatizándose—. Queremos que conserve su dimensión humana, que no pierda su esencia en el proceso de producción. Queremos que siga siendo humano. Sin embargo, incluso lo no productivo puede ser inmediatamente capturado como nueva productividad.

Las redes sociales suelen mostrar esta dinámica. Es frecuente observar cómo alguien comienza haciendo algo por gusto para después convertir esa práctica en contenido y, simultáneamente, convertirse a sí mismo en marca; el hobby como vitrina. El sujeto ya no usa su sensibilidad para abrir mundo; en cambio, la usa para abrir un nicho de mercado. En los casos más extremos, incluso se vuelve culto a la personalidad: no importa la práctica, importa el rostro que la vende.

El final es irónico y brutalmente honesto. El protagonista termina supervisando la tecnología que le quitó su identidad. No hay redención ni aprendizaje luminoso. Solo una adaptación mínima. Sobrevive, pero no se transforma. La advertencia es que adaptarse no siempre significa aprender a habitar.

Sin embargo, también se nos revela que su esposa, aunque presentada como más lúcida, decide preservar la forma de vida que consiguió, incluso al precio de callar. Ella también decide quedarse con la identidad que le cambió la vida, ese matrimonio que le dio una nueva posición, una reorganización de su vida. Se nos muestra que la violencia no solo pertenece al que ejecuta el acto; también pertenece al que administra su ocultamiento para que la identidad no colapse.

Su esposa terminó siendo otra forma de adaptación, aunque más refinada; adaptación al fin. Ella representa la adaptación estética, socialmente aceptable, incluso racionalizada. Aquí también podemos ver cómo la mentira aparece por miedo a perder lo que se tiene; cómo el ser humano puede vivir engañándose a sí mismo, conscientemente, justificando el engaño por lo que cree que puede perder y que ha decidido como su forma de existir: la identidad como sedación. La esfera familiar se preserva mediante una mentira compartida. La casa sigue en pie porque todos aceptan no mirar sus cimientos.

Familia. Respeto. Pertenencia. Estabilidad. Conceptos comunes que, al cristalizarse, se convierten en formas de anestesia, pues la cristalización sucede cuando ya no se mira de frente aquello que los sostiene. El problema es convertir la identidad en la única forma tolerable de existir. Si en Sloterdijk las esferas son condiciones de cobijo, aquí aparece su reverso: la antiesfera. Es decir, la esfera vista desde la amenaza del vacío y del frío cósmico. Cuando el cobijo del invernadero esférico se absolutiza, ya no protege: anestesia.

La única opción sugiere que el verdadero peligro del avance tecnológico es ontológico. El miedo común tiende a ser económico, pero la pobreza podría reducirse drásticamente derivado de la revolución AI; el problema entonces es de sentido. El trabajo estuvo organizando la vida humana desde prácticamente el inicio de la civilización. Al desaparecer como centro, lo que queda es el abismo. La pregunta es si sabremos cómo habitarlo sin intentar absolutizar una forma nuevamente.

La única opción deja claro que, si no aprendemos a vivir despojados de identidades fijas, huérfanos de verdades finales y exentos de la necesidad de ser «alguien» para justificar nuestra existencia, el vacío no nos hará libres: nos hará peligrosos.

El futuro no necesitará nuevas religiones, ni nuevas ideologías, ni nuevas promesas de sentido. La única paz que no miente está en aprender a habitar el no-saber. A seguir preguntando sin exigir respuestas finales. A crear, explorar y profundizar sin un interés redentor, simplemente como mera expresión de presencia. Porque estamos aquí. Juntos. Viéndonos a los ojos. Bailando, escuchando música, compartiendo la experiencia.

No sabemos qué es el universo; buscamos significado aunque la pregunta esté condicionada desde su formulación. Ignoramos por qué estamos aquí. Pero estamos.

Y aunque eso no baste, es lo único que no empieza mintiendo.

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